Archive for the ‘Se busca’ Category

Se busca en Gijón (Asturias) a una perrita llamada ‘Mora’

Tuesday, February 5th, 2008

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Ayer, lunes 4 de febrero, se extravió Mora (en la foto), en una zona abierta de Gijón (Asturias). Fue adoptada hace un mes. Lleva microchip.

“La última vez que la vieron iba dirección a La Providencia. […] A Mora le asustan los coches, el tráfico, el bullicio de la ciudad. Pero es bien cierto que no es una perra tímida, si está en el campo, es sociable y cariñosa”.

(Gracias, Francisco)

¿Alguien sabe dónde está mi dueño?

Saturday, January 26th, 2008

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Este gato tan guapo y tan listo ha perdido a su dueño. Por perder, ha perdido hasta el nombre. Pero eso tiene fácil arreglo. Le llamaremos Ícaro, que no está bien llamarle siempre ‘gato’, aunque sea madrileño:-)

Lo ha encontrado María Antonia, en la Avda. de Europa de Pozuelo de Alarcón (Madrid), a la altura del número 12.

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“Tiene los ojos azules. Es muy manso, se deja acariciar y coger. No huye de las personas; ni siquiera saca las uñas, por eso el veterinario al que lo llevé, para ver si llevaba microchip, piensa que es un gato doméstico”.

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Si los dueños de Ícaro no aparecen, necesitará una casa donde lo quieran para siempre. Quienes estén interesados en que Ícaro forme parte de su familia, pueden ponerse en contacto a través del blog o de migatocalcetines[arroba]yahoo.es

En nombre de Ícaro, gracias mil.

El caso del gato Miko que fue rescatado por un pastor belga, la perrita Samba

Monday, August 27th, 2007

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La historia de Miko ya la conocen, que anda por ahí mismito. Lo que quizás aún no saben es que Miko fue rescatado por un perro. Como lo oyen, por la perrita Samba, un pastor belga.

Lo cuenta Aura, su dueña, en los comentarios, y es de esos relatos que deben ser rescatados sin pérdida de tiempo. Historias tan bonitas como ésta no pasan todos los días… Calcetines está impresionado, oigan:-)

Aura, gracias mil (copio y pego):

«Aquí estoy, soy la dueña de Miko y sí, como comentaba anteriormente:
Me ha tocado la lotería!!, qué alegría!!!

Miko está en casa de nuevo.

Ayer por la noche, cuando ya te entra en el corazón esa terrible angustia porque ya no sabes si el pequeño aparecerá o si estará bien o no, cuando anochece y de repente todo el mundo se te cae encima y tras 15 horas de búsqueda ininterrumpida, pega de carteles por la zona, llamadas a todo el personal posible: clínicas veterinarias, policía municipal, protección animal, los del chip del gato…

De repente… Suena el teléfono. Una vecina con la que había estado hablando esa mañana cuando sacaba a su perra a pasear me llama diciéndome que bajase, que había conseguido su perra Samba (una campeona) acorralar a Miko y traerlo a la urbanización.

Bajé y !!Síiii!!, era él, que me maulló y aunque muerto de miedo, me dejó cogerlo y se quedó tranquilito en mis brazos mientras nosotros a Alicia, la dueña de Samba (ambas nuestras salvadoras), le dábamos las gracias.

Samba es una preciosa perra con un corazón enorme, como su dueña, Alicia.

Encontró a Miko, porque es un pastor belga, con un olfato y una ternura tremenda… Lo conocía de verlo en nuestro portal (porque como casi todo gato, Miko es un cotilla y nos pide que le abramos la puerta de casa a maullido limpio, para bajar y sin salir a la calle tras el cristal del portal ver a los vecinos (Samba y él se habían visto ya las caras varias veces)) Como veis el olfato de Samba no tiene precio.

Fue moviendo a Miko hacia nuestra urbanización sin asustarle demasiado.

Y cuando yo lo tenía ya en brazos, quería jugar con él, acercarse, olerle, ayudarnos aún mas.

Un cielo de perra y dueña.

Y por supuesto para terminar mi feliz historia, qué puedo decir de nuestra amiga Montse y de el casi hermano de Miko, Calcetines…

No puedo mas que agradecer su ayuda y darles un enorme beso, con gente así de verdad sí merece la pena Todo.

GRACIAS A TODOS POR SER ASÍ, POR AYUDAR, POR AMAR A LOS ANIMALES Y PORQUE SOIS UNAS PERSONAS ESTUPENDAS.
GRACIAS».

Se busca al gato Miko, desaparecido en Pozuelo de Alarcón (Madrid)

Saturday, August 25th, 2007

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Éste es Miko, como pueden apreciar, primo hermano de Calcetines. Callejero en los genes, aunque también él de callejero tiene bien poco.

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“Es muy juguetón —nos cuenta su dueña—. Si le tiro la pelota, me la trae”.

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Muy mimoso, “asustadizo con los extraños; pero no araña”. Nunca ha vivido en la calle. Está esterilizado y tiene chip.

Falta de su casa, en una urbanización de Pozuelo de Alarcón (Madrid), desde ayer, 24 de agosto de 2007.

Al parecer, se cayó por la ventana. Otro que tal baila.

Si tienen alguna pista sobre su paradero, por favor, escriban a info[arroba]alfaeventos.com

¡Gracias! Quieren tenemos gatos ya sabemos lo mal que lo pasan en estos casos. Y nosotros, ni les cuento. ¡Toda la suerte para Miko!:-)

26/08/07

¡Miko ha aparecido sano y salvo! (copio y pego):

MONTSE…

LO TENEMOS!!!

UNA VECINA QUE TIENE UN PERRO DE CAZA LO HA ENCONTRADO EN EL CERRO Y LO HA TRAÍDO HASTA LA URBANIZACIÓN…

[…]

ESTOY COMO SI ME HUBIERA TOCADO EL GORDO DE LA LOTERÍA…

Se busca gato perdido (II)

Wednesday, December 28th, 2005

El día en que desapareció Calcetines, amaneció lloviendo. Lo echamos en falta poco antes de mediodía.

Lo buscamos por toda la casa.

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Por entre los tiestos y al pie de las rosas.

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Entre las muñecas y entre las mantas, por debajo de las camas.

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En la panera, dentro de la lavadora, entre la ropa de los armarios, por entre las botas y los zapatos.

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En las cestas que utilizamos como revisteros o papeleras.

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Dentro de las maletas de mis padres y de mi hermano Álvaro, que por aquellos días estaban en casa… ¡Ni rastro!

Hacia la una, tuvimos que admitir que no sabíamos cuándo, pero que definitivamente se había escapado el gato.

Se había largado Calcetines. Quizás en un descuido había bajado por las escaleras y salido a la calle en cuanto alguien abrió la puerta del portal.

Pregunté a todos los vecinos. Era la víspera de Nochevieja y no todos estaban en casa. Ninguno sabía nada de ningún gato.

Fue entonces cuando a mi hija se le ocurrió la idea de poner el cartel en el portal: “Se busca gato perdido”. Era evidente que, si se le buscaba, era porque se había perdido, pero no estábamos nosotros entonces para tales semánticas minucias.

A Ignacio, que por entonces tenía una novia que sabía mucho de gatos, se le ocurrió decir que seguro que estaba debajo de un coche; que los gatos, cuando no saben dónde ir, permanecen muertos de miedo por entre las ruedas de los coches.

Dimos una batida por el barrio, inspeccionando los bajos de todos y cada uno de los vehículos aparcados por la zona. Mi hija le llevó sus juguetes preferidos: una pelota roja atada a una cuerda y otra más pequeña que tenía dentro un cascabel.

La gente nos miraba raro: seis locos por los suelos con pelota y cascabel, y gritando “¡Calcetines!”.

¡Ni rastro! Caía una lluvia menuda de las que amenazan nieve. “Pero no llores, que seguro que aparece”, le decíamos a la niña. “Si no lloro —respondía—, es que está lloviendo”.

Regresamos a casa. Comimos todos sin ganas. No sé cuántos ángeles o gatos perdidos pasaron, porque ninguno nos atrevimos a contarlos.

Organizamos una segunda expedición. Yo decidí quedarme, no fuera que algún vecino que hubiera visto el cartel y a Calcetines llamara por teléfono con alguna buena o mala nueva.

Así fue. Hacía las once de la mañana, el vecino del primero había visto cómo un gato caía desde el cielo al suelo del patio: “Se metió como un rayo por la primera ventana que vio abierta”.

Pregunté al vecino de aquella ventana. “No, aquí no hay ningún gato”. Insistí: “Seguramente está escondido”. El vecino del primero, sus hijos, sus nietos, un auténtico tropel, insistían conmigo: “Se metió por la ventana, tiene que estar ahí”.

Tanto insistimos todos que al final entré yo misma a comprobarlo: “¡Calcetines!”. Al instante, un maullido salió por debajo de la cama. Otra llamada, y abandonó Calcetines su escondrijo. Un poco magullado, pero enterito.

Un rasguño en el morro era la única señal de que se había lanzado desde un cuarto piso sin paracaídas ni ascensor, sin avisar y sin decir, aunque esto es mucho suponer, “este maullido es mío”.

Recordé entonces que Calcetines tenía ya la costumbre de saltar desde la ventana de la cocina a la ventana del baño. Él es un gato callejero. Los genes son los genes, aunque hasta ese momento, no hubiera ejercido nunca de trapecista en el tejado.

La noche anterior habíamos puesto en el poyo de la ventana de la cocina media cántara de vino de la Ribera del Duero; no en garrafón, sino en tetrabrik. Fue idea mía. Pensé que allí el vino estaría fresquito, como el tiempo. Otra genial idea como las de virutas del belén que se zampó un año después Figo.

A la mañana siguiente Calcetines, deduje después, tropezó con ese obstáculo que nunca estuvo allí, y cayó al vacío.

Regresó la segunda expedición. No los habían llevado a Oña ni a Ciempozuelos, y Calcetines ya estaba en casa. Ya no chispeaba, pero mi hija traía la cara como si durante todo ese tiempo hubiera llovido a cántaros.

Llevamos al veterinario al malherido. La que allí montó aquel día Calcetines es la razón de que, desde entonces, cuando hay que ponerle una vacuna, prepare Rocío esa especie de jaula en la que encierran a los gatos rebeldes para poder ponerles una inyección sin que bufen y saquen las uñas como si fueran el mismísimo demonio.

Es un decir. Ya dije que Calcetines no es que sea malo, es que no conoció a su madre.

Aparentemente, estaba bien. Realmente lo estaba. Nunca más se me ocurrió volver a utilizar el poyo de la ventana de la cocina como fresquera, pero en alguna ocasión más sí se le ocurrió a Calcetines ensayar su salto mortal de ventana a ventana.

No creo que sea porque no haya aprendido la lección, sino porque está convencido de que los gatos tienen siete vidas.

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De lo que ya no estoy tan segura es de si tiene conocimiento de que a él ya sólo le quedan seis.

Se busca gato perdido (I)

Friday, December 23rd, 2005

Cuando se acercan las Navidades, recuerdo siempre los dos hechos más graves que han acaecido hasta ahora en la vida de Calcetines y Figo.

Lo de Calcetines ocurrió cuando aún no había cumplido doce meses. Lo de Figo, justo un año después, por las mismas fechas.

Entre mi hija y yo pusimos el nacimiento: el portal, los Reyes, un par de pastores y un escuálido rebaño de ovejas.

Una servidora tuvo la genial idea de colocar las figuritas sobre una especie de virutas de plástico de las que nadie se atrevería a decir que no eran unas auténticas y enrolladas virutas.

Calcetines o Figo, o ambos dos, descabezaron en menos de lo que lo cuento a sus altezas reales los Reyes Magos. Uno detrás de otro.

Ya no montan un belén mis gatos con el nacimiento. No sé si por qué les ha entrado ya el juicio o porque ya no creen en los Reyes Magos.

La víspera de Nochebuena, Figo maullaba y maullaba. Levantaba la cola, y aún maullaba con más ganas.

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No estaba precisamente Figuiño para que le sacaran un retratito y llevarlo en la cartera, pero valga éste, que era de por aquellos aciagos días y aún se le ve con cara de preocupadiño.

Algo le sucedía, porque Figo es de los que dicen pocas veces “esta boca es mía”; pero, cuando lo hacen, es porque de verdad tienen algo que contar.

Me quedé a cuadros cuando lo miré de cerca: por entre la cola se le veía una tripa colgando.

No suelo ser exagerada, pero pensar que por ahí a mi Figuiño se le estaban escapando hasta los higadillos fue todo uno.

Les resumo porque, si no, nos van a dar las uvas: a urgencias pitando, reconocimientos varios, un par de ecografías…: ¡había que operar! Algo se había zampado Figo que le había sentado mal.

Mas hubo suerte. El veterinario, tirando, tirandito, logró sacarle a Figo esa tripa que resultó no ser tal cosa.

Para entonces, yo ya había descubierto qué era eso que Figo llevaba colgando: ¡esa especie de viruta de plástico de las que nadie se atrevería a decir que no era una auténtica y enrollada viruta!

Nadie descubrió que aquello no eran virutas de las de verdad, de las de madera. Ni siquiera Figo, que tanto se piensa las cosas antes de llevarse algo a la boca.

Aún hoy sigo preguntándome cómo es que le dio por ahí. Figo sólo come cereales. Ni las latillas para gatos, que a Calcetines le vuelven loco, le llaman la atención.

Eso no quita, porque los celos tienen estas cosas, que cada vez que le ofrezco uno de esos manjares a Calcetines, Figo exija también su platito y su ración, aunque luego se conforme con darle (a esa, para los humanos, guarrería) un par de lametones.

La aventura de las virutas acaeció, ya digo, un año antes del hecho más grave en la vida de Calcetines. De aquel aciago día en que Calcetines desapareció como por ensalmo.

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Así era por entonces mi gato Calcetines. Calcetines y su iglú.

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Y éste, el cartel que confeccionó mi hija y que colgó con el alma en vilo en el portal de nuestra casa. En lo que no se ve, figuraba la dirección y el teléfono de Calcetines. Lo escrito a boli es de mi cosecha.

¿Dónde diablos se había metido Calcetines? ¿Le había llegado la noticia de que bien pudiera ser casado con una gatita blanca sobrina de un gato pardo? ¿Se habría caído del tejado?