Archive for the ‘Inventos míos’ Category

El ruiseñor y el piano

Thursday, March 17th, 2011

—Me gusta cómo cantas, ruiseñor.
—Mi canto no es para ti. Canto porque me sería imposible dejar de cantar. ¡Tú no sabes cantar!
—¡Soy el rey de los instrumentos!
—No te ofendas, piano. Hueles a árbol, pero no eres árbol. Creas sonidos, pero no cantas. Ni siquiera tienes una ruiseñor al lado que inspire tu canto…
—Ejem… Según cómo se mire, todo depende…
—¿No me saldrás ahora con La flaca?…
—Descuida. Soy un piano muy informado… Leo sobre el teclado. A veces pongo la radio que ves ahí al lado.
—Y yo soy un ruiseñor ruso… ¡Los pianos no leen, no prenden la radio!
—Eso es lo que todo el mundo piensa. ¡Incautos!… ¿Tú sabes qué es la SGAE, el canon digital y los derechos de autor?
—Ni idea. Ya te dije que soy ruso.

El ruiseñor levantó el vuelo. De lo que sucedió después no existe grabación. Dicen que el ruiseñor regresó cada atardecer del mes de abril. Lo cierto es que un buen día del piano nunca más se supo y que junto a la ventana donde asentaba sus raíces nació un árbol.

El rompeolas

Tuesday, September 21st, 2010

Todo sucedió tan de improviso que muchos años después aún a ella entre los dedos le tiemblan los pensamientos. Él era del norte, de allá donde la luz del sol se asoma entre celosías, como si temiera que el mundo la admirase en su esplendor. Ella le preguntaba ¿me quieres?, y él respondía invariablemente claro que te quiero. Te quiero tanto como la luz al sol.

Ella era del sur, del ímpetu en los rayos verdes que quiebran la noche, de las montañas que tienen nombre. Sus caminos se cruzaron en la difusa línea del horizonte donde las palabras rompen las olas. Ella paseaba en bicicleta y casi lo atropella. —¿Estás loca? ¡Dónde te piensas que vas! Pero también le dijo ¿sabes?, es magia que tú y yo nos hayamos encontrado. —¿Magia? —Sí. —Pero si la magia no existe…

Y desde aquel día, como un juego, se empeñaron en atrapar la magia. Ella, para destruirla. Él, para desmostrarle que la magia existía.

La hallaron muchas veces. O quizás lo imaginaron. Sólo ellos lo saben. Hasta que un día, sin proponérselo, ella descubrió sus pensamientos. Cuando revoloteaban entre sus manos; él jamás se hubiera atrevido a pronunciarlos. Las feministas son mujeres que desearían haber nacido hombres. Las mujeres… siempre van de víctimas. Las mujeres, en casa y con la pata quebrada. La magia huyó despavorida. Ella le dio las gracias y pedaleó sin rencor hacia el mar.

La buganvilla

Wednesday, August 25th, 2010

Sabía que las flores siempre son flor de un día. Respiró hondo, aspiró la brisa del mar que le llegaba a bocanadas desde la playa de Níjar. Carpe diem… Y entonces alguien pasó e hizo una foto. La inmortalidad existe pensó la buganvilla.

La chincheta

Wednesday, May 5th, 2010

Llevaba tres meses con una chincheta en el zapato. Tres meses y un día. Cada mañana se probaba otros zapatos, pero a los pocos segundos claudicaba. Desgastados, los tacones formaban hacia dentro una media luna. No importaba. Dos medias lunas hacen una luna llena.

Se detuvo a esperar al autobús. Afinó el oído. No la oyó. El caucho de las escaleras amortiguaba el clic clic de la chincheta. Algún día se iría… Algún día se desprendiera sola… Algún día dejaría de bailar claqué en sus sueños… Puntera_tacón, puntera_tacón, tintero_tirititero, tintero_tintero… Hasta que de pronto sentía la chincheta en la planta del pie y se detenía en seco. Entonces, se despertaba. ¡Tengo que arrancar de una puta vez esa chincheta!

El resto de la jornada estuvo ahí, cli clic, como una cigarra impertinente y ociosa. En cuanto llegara a casa… Abrió el buzón antes de subir las escaleras. Sin ningún sentimiento de culpa, abandonó los folletos de publicidad en el buzón contiguo al suyo, el del primero izquierda. Se arrepintió. Los rescató de un manotazo. De esta noche no pasa. Sí, no; sí, no… Un sí cuando sonaba la chincheta, el pie derecho. Un no cuando permanecía callada, el izquierdo. En el último peldaño escuchó el sí de la chincheta. Se acomodó en el sofá y se soltó los zapatos. Ella odiaba que anduviera descalzo por la casa. ¡Cualquier día te clavarás algo! Te clavarás algo, te clavarás algo… ¡Chorradas!

Fue hasta la cocina y tiró los zapatos al cubo de la basura. Reparó entonces en las cartas, en la parva de papelajos que había abandonado y rescatado casi al unísono. ¡Cuántos árboles muertos! El insomnio engorda las acciones de Unión Fenosa… Las llamadas que no suenan también pasan cuenta… Fulanito de tal, primero izquierda. Un barquito de papel. Lo lanzó al suelo. Lo rescató. Lo desarmó. Descubrió la nota.

¿Recuerdas, amor, aquellos zapatos que te regalé y que tanto te gustaban? Hoy encontré otros exactamente iguales. Del 41. ¿Te los quieres probar?
Tu chincheta

Regresó a la cocina y rescató los zapatos. Él calzaba un 43.

El elefante y el gato

Tuesday, April 21st, 2009

—Tú tendrás trompa, pero yo tengo bigotes.
—Ya. Los tendrás. Que lo que es ahora…
—¡A que te muerdo la oreja!
—Ssss… Calla, que viene nuestra mascota…

En el fondo era bueno

Tuesday, November 4th, 2008

Llegaba sobre las nueve. Luisa rezaba para que no se retrasara. Se esmeraba. Que por nada del mundo le pillara en falta. Los cristales como el aire, aunque hubiera llovido a cántaros; las camisas, impolutas, sin rastro de vomitonas. Las lavaba todas juntas para ahorrar lavadoras. Sólo tenía que tener cuidado de que al menos una de ellas estuviera siempre lista.

Él la quería. Quién lo iba a saber mejor que ella. Tenía sus manías, eso sí. Y quién no las tiene. Como la de que le comprara siempre camisas blancas o cuando se empeñó en aislar todas las habitaciones de la casa. Un gasto inútil. No les sobraba. Además, desde que se mudaron, no había vuelto a pasar.

En el fondo era bueno. “Mi Luisa. Mujer como mi Luisa, ninguna”. Sólo había que tener cuidado en no provocarle. Morderse la lengua si hiciera falta.

Cuando llegó esa noche ya eran más de las once. Pescadilla rebozada. Un cuenco de sopa.
—¿Todo el día en casa y esta mierda de cena?

Luisa cierra la puerta. Los niños duermen. Si la hubiera preparado en salsa verde con cuatro chirlas y unas pocas gambas congeladas… Casi hubiera tardado lo mismo. Pero justo empezó a jarrear y tuvo que recoger la colada a toda prisa.

—¡Mierda de cena! Odio la pescadilla. Y lo sabes, ¿verdad que lo sabes? ¿A que lo sabes? ¿Verdad que sabes muy bien que odio la pescadilla?

Luisa se muerde la lengua. Hace falta. Inconsciente, su miedo se posa por un instante en el tendedero.

—¡Todas como una sopa! ¿A que no tengo ni una limpia para mañana? ¿A que se te ha olvidado otra vez? ¡Eres una inútil! ¡Habla! ¡No te calles como una muerta!

La verdad, nunca hemos escuchado una palabra más alta que la otra. Una pareja muy unida, a mí que no me digan, esas cosas se notan. Ella, muy educada, muy calladita. Casi siempre con el mismo abrigo o el mismo chubasquero. Él, muy trabajador. A las nueve en punto, en casa. A veces… Pero quién no se echa un trago de vez en cuando.

Los vecinos callaron cuando vieron salir el ataúd de Luisa por la puerta.

‘Los papeles hambrientos’

Saturday, January 6th, 2007

Mi amiga Ana dice que soy muy ordenada, que me paso. Yo creo que soy ordenada para poder ser desordenada después, cuando vas a toda pastilla. Es decir, casi siempre.

Y mejor que no les cuente cómo está ahora mismo mi mesa de trabajo. Más o menos, como la niña del cuento de ‘Los papeles hambrientos’.

Cuando lo escribí, Calcetines ya estaba en casa, Figo llegó poco después y Menorca, con seguridad, ni siquiera había nacido.

Esta aclaración va por Calcetines, que, desde que le ha dado por cotillear en mi ordenador, no pierde ni coma de cuanto se escribe en su blog. Y se le están subiendo un poco los bigotes.

‘Los papeles hambrientos’

—Ordena tus papeles, niña, o te comerán —le decía una madre a su hija todos los días—. Cuando vayas a buscar algo, no lo encontrarás: ¡te comerán los papeles y no te enterarás!

Y así un día y otro día. Y el otro y el de más allá.

Pasó el tiempo y, cuando la niña se ponía a hacer los deberes en su mesa, ya no se la veía.

Sólo se veía una montaña enorme de papeles: hojas nuevecitas, hojas con sumas y restas, y hojas de otoño de las de verdad; carpetas con problemas, carpetas de cuando iba a parvulitos y carpetas con no se sabe qué; libros del cole, libretas de solfeo y cuadernillos de pintarrajear; tebeos requeteleídos, recortables de muñecas y sopas de letras sin resolver; cuentos devorados, cuentos a medio leer y cuentos sin tropezar; dibujos chipiritifláuticos, dibujos inventados y dibujos aún sin empezar…

La regla y las tijeras no quisieron ser menos y, sin que nadie las invitara, se sumaron a la montaña de sus colegas del gremio papelero:

—¡Hay que medir bien esos cimientos y recortar un pelín la ladera si hace falta!

La goma y el pegamento, que hasta entonces habían permanecido en su sitio, a la chita callando, se colaron en las faldas de rondón:

—¡Nunca lo admitirán, cuchichearon, pero sin nosotros no van a ningún lado!

Y los lapiceros, los rotuladores y los bolis dieron un paso al frente y se colocaron arrogantes en la cima:

—¡Apartaos, mocosos, sin nosotros aquí nadie pinta nada!
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‘¡Las quiero a las tres!’

Friday, December 30th, 2005

Las necesitaba para dormir. A las tres. Todas juntas y a la vez. Y si alguna le faltaba, no podía pegar ojo.

Una era blanca y negra, y a ella le parecía que olía a confites. La otra era amarilla y larguirucha, pero tan suave como su gato Calcetines. La tercera le recordaba a un caramelo de fresa y nata de los que se deshacen en la boca.

—Las quiero a las tres, pedía cada noche la niña cuando su madre la arropaba y le daba un beso, y ella se quedaba sola en su camita.

—¿Todas? ¿Y si se te pierde una? Luego despertarás hasta al gato para encontrarla. ¿No prefieres que te lea un cuento?

—Vale, mami, pero luego me las das. A las tres.

—¿No podías conformarte con una? Una sola, la que más te guste.

—¡Noooo! ¡Las quiero a las tres!

La niña sabía muy bien lo que quería. Sin ellas, sin las tres, el sueño no llegaba a posarse en su ventana. Y no le servía para nada contar ovejas ni nubes de algodón ni patitos de uno en uno.

Con “una oveja” y “dos ovejas”, le entraba un poco de sueño. Pero cuando le tocaba contar tres, escuchaba sus tres beeeees, y se asustaba ella también.

—¿Por qué estarán tan asustadas? ¿Se habrá colado en el rebaño un lobo disfrazado de cordero?

Pero ella estaba calentita y segura en su cama, y seguía contando.

—Cuatro ovejas.

Y afinaba el oído.

Algo raro pasaba. La oveja recién llegada balaba a moco tendido:
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‘La gineta Yenetta y el Gato Callejero’

Thursday, November 24th, 2005

La luna ilumina la noche de abril, y en lo alto de una encina centenaria, cerca de los chopos que señalan el caserón de El Inglés, entre Torija y Rebollosa, acecha la gineta Yenetta.

No ha logrado atrapar ni un triste roedor ni un conejillo desvalido ni un pájaro despistado ni una liebrecilla revoltosa, ni tan siquiera una escuálida lagartija con que calmar el ruido de sus tripas.

Sus crías acaban de nacer. Si Yenetta no come, de sus ubres dejará de manar leche. Si no hay leche, morirán sus cachorros.

Sus cachorros, dos hembras y un macho del color de los robles en otoño, la esperan al pie de la encina, en un hueco que hendió el rayo en una tormenta de verano.

Aún tienen plegadas sus orejas y cerrados sus ojitos. Sólo saben buscar la leche de su madre con su morro puntiagudo, el calorcito de sus cuerpos chiquitos contra el suyo.

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Si sus maullidos llegaran a oídos del Zorro del Cerro o a los de Papá Búho Real, que en las noches de primavera cazan por la zona… Prefiere no pensarlo.

Pegada al tronco de la encina, Yenetta parece una serpiente, una serpiente de casi un metro que mantiene el equilibrio con el contrapeso de su cola.

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Al menor atisbo de comida, bajará como un lince hasta su presa. “Y algún incauto tiene que pasar —se dice—. Sería la primera noche que me voy a la cama sin cenar…”.
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