Archive for the ‘Del arco iris’ Category

¿Se llamaría Guardián, Barbucho, Pinta, Sorpresa, Bravo, Gaucho, Capitán…?

Sunday, November 7th, 2010

• Por José Larralde

Mi padre depositó el haz en el portal; y entre las flores y el olor a esparceta recién segada, un cachorro de perro. “¿Cómo quieres que lo llamemos?”, le preguntó a mi hermano C., que por entonces tenía unos dos años.

Con el nombre que mi hermano pronunció, sin pensárselo dos veces, se quedó. Andando el tiempo, como suele suceder, resultó que nunca hubiera podido llamarse de otra manera.

Era un chucho callejero, de mediano tamaño, negro y tostado, paciente, bueno. Compañero inseparable años más tarde de mi hermano Miguel, y de Jesús y Toñín, los tres mosqueteros del barrio de la Canaleja expertos en construir casetas que duraban justo el tiempo en que mi hermano Antonio tardaba en evitar que les cayera un ladrillo o una tabla en la cabeza.

Vivió unos diez años. Primero, en la casa donde yo nací, luego en la del campillo, al lado de la fuente; ambas en el barrio de la calle de Arriba. Más tarde, cerca del camino de tierra que sube al monte, en la Canaleja.

Aún pudo cumplir más, pero el destino lo atrapó entre ruedas. El camionero ni siquiera se detuvo. ¿A quién le importa un perro muerto? Este que yo recuerdo ahora se llamaba Camuñas. El cachorro que cuando llegó a casa olía a esparceta.

¿Quieres que te lo cuente otra vez?

Saturday, October 30th, 2010

Desde la ventana se divisaba toda la plaza. La fuente y el pilón, las mariposas azules, la cuesta que sube al castillo, la frontera entre la calle de Arriba y la calle de Abajo, el soportal de arriba, la Casa Consistorial, las dos acacias (¿o era una?), el pretil, las escaleras que suben a la iglesia, el ‘esbaradijo’ (tobogán por casualidad, sin barandilla o arambol), la casa de Doña Herminia… Las calles aún eran de tierra y mi abuela me contaba un cuento.

—Mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—Sí.
—Pues que mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—No.
—Ni que me digas que sí ni que me digas que no, que mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—… ¡No!

Maldito gato. Nunca le pasaban cosas.

Los almeces madrileños, alcarreños, burgaleses

Thursday, July 8th, 2010

Armstrong

“¡Eso da para un post!” es una de las frases más socorridas en casa, donde, de siete internautas, cuatro somos bloggers. La historia de los almeces daba para un post. Pero alguien se me adelantó…;-) Es lo que tiene cuando uno se lo piensa tanto.

Yo tuve dos almeces… (y no los trajo el viento): estos dos tan aparentes plantados hoy sobre estas líneas. Su lugar de origen es Madrid, el Jardín Botánico. Pero nacieron en Cañizar (Guadalajara), no se sabe muy bien cuándo. Desde el 16 de febrero de 2004 residen en Quintana del Pidio (Burgos), tan campantes.

Son unos críos. Un almez puede llegar a vivir… 600 años, y esta pareja ni siquiera ha cumplido quince. Aunque ya ven, ya tienen frutos: almárcigas (primera foto).

La historia que me arrebató Juanjo (él sí sabe de árboles y lo cuenta muy bien en su blog) aún va más allá. Y es ésta.

“No quiero que te vayas, dolor”

Monday, May 3rd, 2010

Después de Hernández, Machado. Después de Machado, Neruda. Después de Neruda, Salinas. Después de Salinas, hay muchos después…

Lo primero que leí de Salinas fue en primero de BUP. ¿“El defensor”? Bien pudiera ser. Sólo recuerdo que era un ensayo y que llegó el examen y no lo había leído. Tuvo delito, porque sabía que caería una pregunta. El comentario sobre la obra, lo recuerdo perfectamente, me lo inventé. No coló. El profesor me comunicó más tarde que todo lo demás muy bien, pero que a la obra de Salinas no le había echado ni un ojo. No tuve valor ni argumentos para defender lo contrario. No fue sólo que no me atrajo su lectura, es que lo dejé para después, y para después… y el después llegó cuando ya era demasiado tarde.

Años después, cuando descubrí la poseía de Salinas, y en especial ‘La voz a ti debida’ pensé: ¿y esto?, ¡cómo no nos mandó leer esto!…
No faltaron razones. José, Pepe —así le llamábamos todos—, nos daba Lengua, aunque en sus clases siempre se asomara, como un aire fresco, la Literatura. Todavía hoy, cuando me identifico y me recreo en algunos poemas de Salinas, recuerdo aquel libro que se me atragantó y a Pepe echándome la bronca. Sólo le faltó decir que no se esperaba eso de mí, aunque lo leí en sus ojos.

Pepe…, andaluz, espontáneo, simpático, grandote. Su entusiasmo, su entrega. Vivía lo que explicaba. Cuando se escribe, nos decía, hay que poner el alma. Es lo que mejor recuerdo, pero seguro que calaron muchas otras cosas. Que ahora no sepa nombrarlas no quiere decir que se hayan ido.

‘El pajarillo’

Sunday, April 25th, 2010

Me sorprendió verle leer el diccionario mientras comía. Siempre más tarde que sus hermanos, cuando llegaba la hora de los cafés y la partida, y su padre o su hermano mayor la sustituían en la barra del bar. No le pregunté, pero ella debió de adivinar lo que estaba pensando. “Siempre se aprenden palabras nuevas”.

Yo debía de tener 12 años, y ella 14. Fue la primera persona que me enseñó a amar el diccionario. Poco imaginaba yo entonces cuántos viajes de ida y vuelta, cuántas reflexiones saldrían a la luz a su vereda.

• Por Atahualpa Yupanqui

Oh pajarillo que cantas
por las mañanas serenas,
por qué a unos les das la dicha
y a mí me aumentas las penas.

¿Por qué con tanto rigor
has castigado mi amor?
Mi sombra te ha de hacer falta
cuando te fatigue el sol.

Si hasta mi guitarra, llora,
con ser madero, vacío,
¿Cómo no he de llorar yo
si me quitan lo que es mío?

¿De qué le sirve al cautivo
tener los grillos de plata
y el enrejado de oro,
si la libertad le falta?

No es fácil encontrar esta grabación. Gracias, Ocean.

La sonrisa en tus ojos

Tuesday, April 20th, 2010

Hacía daño el sol en los ojos, allá arriba. Dolía la primavera. Mari Carmen, Mari, la sonrisa en tus ojos… Nunca nos la arrebatará el sol.

‘La prueba’

Wednesday, March 31st, 2010

Ignacio (13 años)

Era casi perfecto; destrozaba, despedazaba y arrollaba todo lo que encontraba a su paso. Y sus motores: ¡una maravilla! En sólo treinta minutos podía dar la vuelta al mundo, y con su sistema de detección no había blanco que se le escapase. En su cabeza había una potente computadora de muchísima memoria. Era, en resumen, el mejor misil jamás construido.

Para el prototipo sólo quedaba una última prueba, una simulación de guerra y bombazo en una isla del Pacífico. Todo parecía estar en orden y se efectuaban las últimas comprobaciones. Unos minutos después, el primer misil salía hacia una isla.

En su cabeza de computadora empezó a pensar… ¿Qué pasará? Tengo que ir a esa isla y destrozarlo todo, ¿por qué? No he recibido datos. Tal vez no deba saberlo nunca, pero ¿para qué esta enorme cabezota sin no me dejan pensar? No lo entiendo. ¿Tal vez sea por motivos políticos? No, en mi banco de datos no hay nada. ¿Qué pasará por la cabeza de los que me mandan a esta misión? Tal vez sea una prueba, pero ¿de qué?, ¿qué desean probar?, ¿qué desean saber? No lo sé. No estoy programado. Tal vez desean saber mi fuerza, pero ¿para qué desean saberlo y para qué les puede servir? Puede que sea eso que ellos llaman guerra. Tonta manía esa de resolver los problemas por la fuerza.

Y el misil se desvió de su rumbo y se hundió en el mar.

En la sala de control todo era un caos. No lo comprenden. El más perfecto y sofisticado de los misiles se había hundido en el océano.

* *
De Ignacio se rescató en aquella mudanza algún otro escrito. Uno de ellos, una obra de teatro. Aún andan por casa (a saber dónde). ‘La prueba’, a la par que ‘El tesoro’, vio las letras de imprenta en enero de 1989, en la misma revista.

Una ‘Calcetines’ acosada

Friday, March 26th, 2010

[* Vídeo desaparecido en combate;-)]

Cuando nacieron los cachorros de Menorca, Figo, muy en su papel de gato señorito ofendido, no volvió a pisar la cocina, ilegalmente ocupada por los intrusos. Se hubiera dejado morir de hambre si no hubiéramos trasladado su plato de comida a la otra punta de la casa.

Calcetines andaba ido. Siempre le tocaba salir por patas o ejercer, aun sin árboles, de barón rampante. Más o menos como esta ‘Calcetines’ (los tricolores son chicas, decía Servidora). Igualico.

(Gracias, Dinora)

‘El tesoro’

Tuesday, March 23rd, 2010

Héctor (11 años)

Un gigantesco rayo cayó sobre la cubierta del barco rompiendo el palo mayor. Varios hombres achicaban agua mientras la terrible tormenta inundaba la cubierta. De repente, el capitán ordenó cortar el trinquete. Pasaron muchas horas sin que cesara la tormenta y la noche llegó con su manto negro.

A la mañana siguiente se veía un sol espléndido y un cielo azul. El mar estaba en calma. El barco había chocado contra unos arrecifes y el casquete de proa había cedido. Estaba lleno de arena. El capitán llamó a toda la tripulación y les mandó ir a una isla desierta que estaba próxima al barco. Botaron una chalupa con quince hombres armados que volvieron con varios kilos de madera y fruta; mientras, repararon el barco. Una expedición partió a la isla que llamaron “La Isla del Naufragio”.

Amaneció un nuevo día. Regresó el grupo de exploradores. Contaron que la isla en realidad era un gran continente y que tras la selva se hallaba un viejo monasterio de monjas. Decidieron atacar el convento cuando fuera de noche.

Cayó la noche, diez hombres guardaban el barco mientras otros diez se dirigían hacia el convento armados hasta los dientes. De improviso, se oyó un grito y el timonel cayó muerto, con el cuello atravesado por una flecha envenenada. Enterraron su cuerpo e hicieron una cruz con dos maderas atadas con una cuerda.

Llegaron los diez hombres al convento y sacaron las armas. Se dispersaron y retuvieron al capellán y a las monjas. El capitán se sentó a la mesa y dijo: “¡Comida!”. Inmediatamente le fueron servidas ricas viandas en vistosos platos de porcelana y diversos vinos en grandes y adornadas copas.

Cuando terminó, se levantó tirando bruscamente la silla y con unos cuantos de sus hombres saqueó las habitaciones y se apoderó de todo lo que pudiera tener algún valor.

De pronto, un hombre dijo: “¡Eh, capitán, un mapa!”. El jefe lo inspeccionó; era un apolillado pergamino que hablaba de un antiguo templo en mitad de la selva en el que se guardaba un magnífico tesoro. El capitán se recostó en la silla poniendo las piernas sobre la mesa; bebió un último trago de cerveza y se durmió.

Al amanecer del día siguiente partieron hacia la selva. La vegetación era enormemente espesa. Dejando un pequeño sendero avanzaban los hombres, cuando uno de ellos descubrió el templo. Forzaron la puerta y penetraron en su interior. Telarañas como redes adornaban el lugar. Atravesaron una puerta que rechinaba estrepitosamente. El pasillo estaba iluminado temblorosamente.

Al entrar, el suelo cedió bajo sus pies y cayeron a una sala presidida por unas estatuillas de bronce. Al pisar una baldosa, las estatuillas dispararon por sus ojos unas flechas de oro que se clavaron en el cuerpo de los marineros. Habían encontrado su tesoro.

* * *
Este relato formaba parte de una serie que su autor, por entonces, entre 9 y 11 años, tituló ‘La moneda rusa y otros cuentos’.

El primero de ellos, ‘La moneda rusa’, trataba de una familia con dos niños que necesitaba comprar un piso y que, gracias al hallazgo de una antigua moneda rusa que encontraba el más pequeño de la casa, y que valía un potosí (la moneda, y el niño;-), se libraban de hipotecas y letras. Cosa de magia.

El manuscrito, en un cuadernillo del cole, desapareció años después, en 1991, durante el traslado de libros, papelajos y demás enseres del barrio de Lavapiés al barrio de Chamberí. Sólo se salvó de la mudanza ‘El tesoro’, que alcanzó la fortuna de ver las letras de imprenta en una revista, en enero de 1989.

Las Islas Chafarinas

Tuesday, March 2nd, 2010

Río Arlanza cerca de Peral de Arlanza

Los ojos de mi abuelo Petronilo están en los ojos de mi hermano Miguel, y en los de mi sobrino Álvaro. Era un buen mozo, como Miguel también, y como seguramente lo será Álvaro. Nació en Peral de Arlanza, un pueblecito de Burgos; por eso, cuando se casó con mi abuela, que era del Valle del Cerrato, a mi abuela empezaron a llamarle la Peralera. Cosas de los pueblos, que por entonces estaba muy mal visto echarse un novio de fuera.

No sé cómo se hicieron novios, pero sí escuché muchas veces contar a mi abuela —la mejor contadora de cuentos de la comarca; doy fe— cómo mi abuelo le rondaba la calle, cómo escuchaba el ir y venir de sus pasos frente a su ventana, y cómo se hizo de rogar hasta que le dijo que sí, que contigo pan y cebolla…

Mucho carácter el de mi abuela. Alta, esbelta, garbosa; no se la llevaba el aire. Muy mandona también. Muy diferente a mi abuelo, que nunca se hizo de notar y que era mago. Yo era tan pequeña que lo que mejor recuerdo es lo de la radio. Y a mi hermano Álvaro, insistiéndole:

—Abuelo, cuéntanos lo de las Islas Chafarinas.

A veces accedía, y a veces nos decía que no, que ya nos lo había contado muchas veces. Esas otras muchas veces se me despintan. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy es verle buscar en la radio música árabe. Se podía pasar horas escuchando esa música que a nosotros nos sonaba a chino. ¿Qué le evocaba? Nunca nos lo dijo. Pero yo siempre pensé que había algo más que el hecho de haberle tocado hacer el servicio militar en las Islas Chafarinas. A inicios del siglo XX, la mili duraba tres años. Cuántas cosas pueden pasar en tres años…

Río Esgueva en Torresandino

El domingo, mientras conducía de vuelta a Madrid, escuché una canción que me devolvió aquella imagen de mi abuelo: sus ojos aún más grandes tras las gafas, su rostro ensimismado mientras escuchaba en la radio música mora —él decía mora. En Torresandino, su pueblo prestado, le llamaban el hombre del tiempo. Y acertaba en numerosas ocasiones. Sé que las cabañuelas tenían mucho que ver, y poco más.

También sabía quitar los clavos, una especie de verruga que a veces sale en las manos, con unas hierbas con las que elaboraba un ritual; en el campo, no muy lejos del Esgueva. Cuando las hierbas se secaban, se secaban los clavos. Siempre y cuando el interesado no supiera nada y siempre y cuando a las hierbas no se las comieran las ovejas o algún otro animal. Sobre el ritual, lo sé todo —se lo escuché a mi abuelo muchas veces y mi padre me lo contó otra vez el pasado domingo—, salvo las palabras que había que pronunciar y que mi abuelo jamás reveló a nadie.

A lo mejor era imprescindible para que la magia surtiera efecto. A lo mejor ése era uno de los secretos de las Islas Chafarinas.