Archive for the ‘A ras del viento’ Category

El ruiseñor y el piano

Thursday, March 17th, 2011

—Me gusta cómo cantas, ruiseñor.
—Mi canto no es para ti. Canto porque me sería imposible dejar de cantar. ¡Tú no sabes cantar!
—¡Soy el rey de los instrumentos!
—No te ofendas, piano. Hueles a árbol, pero no eres árbol. Creas sonidos, pero no cantas. Ni siquiera tienes una ruiseñor al lado que inspire tu canto…
—Ejem… Según cómo se mire, todo depende…
—¿No me saldrás ahora con La flaca?…
—Descuida. Soy un piano muy informado… Leo sobre el teclado. A veces pongo la radio que ves ahí al lado.
—Y yo soy un ruiseñor ruso… ¡Los pianos no leen, no prenden la radio!
—Eso es lo que todo el mundo piensa. ¡Incautos!… ¿Tú sabes qué es la SGAE, el canon digital y los derechos de autor?
—Ni idea. Ya te dije que soy ruso.

El ruiseñor levantó el vuelo. De lo que sucedió después no existe grabación. Dicen que el ruiseñor regresó cada atardecer del mes de abril. Lo cierto es que un buen día del piano nunca más se supo y que junto a la ventana donde asentaba sus raíces nació un árbol.

¿Se llamaría Guardián, Barbucho, Pinta, Sorpresa, Bravo, Gaucho, Capitán…?

Sunday, November 7th, 2010

• Por José Larralde

Mi padre depositó el haz en el portal; y entre las flores y el olor a esparceta recién segada, un cachorro de perro. “¿Cómo quieres que lo llamemos?”, le preguntó a mi hermano C., que por entonces tenía unos dos años.

Con el nombre que mi hermano pronunció, sin pensárselo dos veces, se quedó. Andando el tiempo, como suele suceder, resultó que nunca hubiera podido llamarse de otra manera.

Era un chucho callejero, de mediano tamaño, negro y tostado, paciente, bueno. Compañero inseparable años más tarde de mi hermano Miguel, y de Jesús y Toñín, los tres mosqueteros del barrio de la Canaleja expertos en construir casetas que duraban justo el tiempo en que mi hermano Antonio tardaba en evitar que les cayera un ladrillo o una tabla en la cabeza.

Vivió unos diez años. Primero, en la casa donde yo nací, luego en la del campillo, al lado de la fuente; ambas en el barrio de la calle de Arriba. Más tarde, cerca del camino de tierra que sube al monte, en la Canaleja.

Aún pudo cumplir más, pero el destino lo atrapó entre ruedas. El camionero ni siquiera se detuvo. ¿A quién le importa un perro muerto? Este que yo recuerdo ahora se llamaba Camuñas. El cachorro que cuando llegó a casa olía a esparceta.

¿Quieres que te lo cuente otra vez?

Saturday, October 30th, 2010

Desde la ventana se divisaba toda la plaza. La fuente y el pilón, las mariposas azules, la cuesta que sube al castillo, la frontera entre la calle de Arriba y la calle de Abajo, el soportal de arriba, la Casa Consistorial, las dos acacias (¿o era una?), el pretil, las escaleras que suben a la iglesia, el ‘esbaradijo’ (tobogán por casualidad, sin barandilla o arambol), la casa de Doña Herminia… Las calles aún eran de tierra y mi abuela me contaba un cuento.

—Mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—Sí.
—Pues que mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—No.
—Ni que me digas que sí ni que me digas que no, que mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—… ¡No!

Maldito gato. Nunca le pasaban cosas.

‘Conjugaciones’

Monday, October 4th, 2010

5 (después)
El futuro no es
una página en blanco
es una fe
de erratas.

8 (previsión)
De vez en cuando es bueno
ser consciente
de que hoy
de que ahora
estamos fabricando
las nostalgias
que descongelarán
algún futuro.

9 (plurales)
Hay
ayeres
y mañanas
pero no hay
hoyes.

Benedetti

El rompeolas

Tuesday, September 21st, 2010

Todo sucedió tan de improviso que muchos años después aún a ella entre los dedos le tiemblan los pensamientos. Él era del norte, de allá donde la luz del sol se asoma entre celosías, como si temiera que el mundo la admirase en su esplendor. Ella le preguntaba ¿me quieres?, y él respondía invariablemente claro que te quiero. Te quiero tanto como la luz al sol.

Ella era del sur, del ímpetu en los rayos verdes que quiebran la noche, de las montañas que tienen nombre. Sus caminos se cruzaron en la difusa línea del horizonte donde las palabras rompen las olas. Ella paseaba en bicicleta y casi lo atropella. —¿Estás loca? ¡Dónde te piensas que vas! Pero también le dijo ¿sabes?, es magia que tú y yo nos hayamos encontrado. —¿Magia? —Sí. —Pero si la magia no existe…

Y desde aquel día, como un juego, se empeñaron en atrapar la magia. Ella, para destruirla. Él, para desmostrarle que la magia existía.

La hallaron muchas veces. O quizás lo imaginaron. Sólo ellos lo saben. Hasta que un día, sin proponérselo, ella descubrió sus pensamientos. Cuando revoloteaban entre sus manos; él jamás se hubiera atrevido a pronunciarlos. Las feministas son mujeres que desearían haber nacido hombres. Las mujeres… siempre van de víctimas. Las mujeres, en casa y con la pata quebrada. La magia huyó despavorida. Ella le dio las gracias y pedaleó sin rencor hacia el mar.

La buganvilla

Wednesday, August 25th, 2010

Sabía que las flores siempre son flor de un día. Respiró hondo, aspiró la brisa del mar que le llegaba a bocanadas desde la playa de Níjar. Carpe diem… Y entonces alguien pasó e hizo una foto. La inmortalidad existe pensó la buganvilla.

Los almeces madrileños, alcarreños, burgaleses

Thursday, July 8th, 2010

Armstrong

“¡Eso da para un post!” es una de las frases más socorridas en casa, donde, de siete internautas, cuatro somos bloggers. La historia de los almeces daba para un post. Pero alguien se me adelantó…;-) Es lo que tiene cuando uno se lo piensa tanto.

Yo tuve dos almeces… (y no los trajo el viento): estos dos tan aparentes plantados hoy sobre estas líneas. Su lugar de origen es Madrid, el Jardín Botánico. Pero nacieron en Cañizar (Guadalajara), no se sabe muy bien cuándo. Desde el 16 de febrero de 2004 residen en Quintana del Pidio (Burgos), tan campantes.

Son unos críos. Un almez puede llegar a vivir… 600 años, y esta pareja ni siquiera ha cumplido quince. Aunque ya ven, ya tienen frutos: almárcigas (primera foto).

La historia que me arrebató Juanjo (él sí sabe de árboles y lo cuenta muy bien en su blog) aún va más allá. Y es ésta.

Preguntas…

Wednesday, June 9th, 2010

Cuando veo de nuevo el mar,
¿el mar me ha visto o no me ha visto?

¿Por qué me preguntan las olas
lo mismo que yo les pregunto?

¿Y por qué golpean la roca
con tanto entusiasmo perdido?

¿No se cansan de repetir
su declaración a la arena?

Neruda. Libro de las preguntas

La chincheta

Wednesday, May 5th, 2010

Llevaba tres meses con una chincheta en el zapato. Tres meses y un día. Cada mañana se probaba otros zapatos, pero a los pocos segundos claudicaba. Desgastados, los tacones formaban hacia dentro una media luna. No importaba. Dos medias lunas hacen una luna llena.

Se detuvo a esperar al autobús. Afinó el oído. No la oyó. El caucho de las escaleras amortiguaba el clic clic de la chincheta. Algún día se iría… Algún día se desprendiera sola… Algún día dejaría de bailar claqué en sus sueños… Puntera_tacón, puntera_tacón, tintero_tirititero, tintero_tintero… Hasta que de pronto sentía la chincheta en la planta del pie y se detenía en seco. Entonces, se despertaba. ¡Tengo que arrancar de una puta vez esa chincheta!

El resto de la jornada estuvo ahí, cli clic, como una cigarra impertinente y ociosa. En cuanto llegara a casa… Abrió el buzón antes de subir las escaleras. Sin ningún sentimiento de culpa, abandonó los folletos de publicidad en el buzón contiguo al suyo, el del primero izquierda. Se arrepintió. Los rescató de un manotazo. De esta noche no pasa. Sí, no; sí, no… Un sí cuando sonaba la chincheta, el pie derecho. Un no cuando permanecía callada, el izquierdo. En el último peldaño escuchó el sí de la chincheta. Se acomodó en el sofá y se soltó los zapatos. Ella odiaba que anduviera descalzo por la casa. ¡Cualquier día te clavarás algo! Te clavarás algo, te clavarás algo… ¡Chorradas!

Fue hasta la cocina y tiró los zapatos al cubo de la basura. Reparó entonces en las cartas, en la parva de papelajos que había abandonado y rescatado casi al unísono. ¡Cuántos árboles muertos! El insomnio engorda las acciones de Unión Fenosa… Las llamadas que no suenan también pasan cuenta… Fulanito de tal, primero izquierda. Un barquito de papel. Lo lanzó al suelo. Lo rescató. Lo desarmó. Descubrió la nota.

¿Recuerdas, amor, aquellos zapatos que te regalé y que tanto te gustaban? Hoy encontré otros exactamente iguales. Del 41. ¿Te los quieres probar?
Tu chincheta

Regresó a la cocina y rescató los zapatos. Él calzaba un 43.

“No quiero que te vayas, dolor”

Monday, May 3rd, 2010

Después de Hernández, Machado. Después de Machado, Neruda. Después de Neruda, Salinas. Después de Salinas, hay muchos después…

Lo primero que leí de Salinas fue en primero de BUP. ¿“El defensor”? Bien pudiera ser. Sólo recuerdo que era un ensayo y que llegó el examen y no lo había leído. Tuvo delito, porque sabía que caería una pregunta. El comentario sobre la obra, lo recuerdo perfectamente, me lo inventé. No coló. El profesor me comunicó más tarde que todo lo demás muy bien, pero que a la obra de Salinas no le había echado ni un ojo. No tuve valor ni argumentos para defender lo contrario. No fue sólo que no me atrajo su lectura, es que lo dejé para después, y para después… y el después llegó cuando ya era demasiado tarde.

Años después, cuando descubrí la poseía de Salinas, y en especial ‘La voz a ti debida’ pensé: ¿y esto?, ¡cómo no nos mandó leer esto!…
No faltaron razones. José, Pepe —así le llamábamos todos—, nos daba Lengua, aunque en sus clases siempre se asomara, como un aire fresco, la Literatura. Todavía hoy, cuando me identifico y me recreo en algunos poemas de Salinas, recuerdo aquel libro que se me atragantó y a Pepe echándome la bronca. Sólo le faltó decir que no se esperaba eso de mí, aunque lo leí en sus ojos.

Pepe…, andaluz, espontáneo, simpático, grandote. Su entusiasmo, su entrega. Vivía lo que explicaba. Cuando se escribe, nos decía, hay que poner el alma. Es lo que mejor recuerdo, pero seguro que calaron muchas otras cosas. Que ahora no sepa nombrarlas no quiere decir que se hayan ido.