El ruiseñor y el piano

—Me gusta cómo cantas, ruiseñor.
—Mi canto no es para ti. Canto porque me sería imposible dejar de cantar. ¡Tú no sabes cantar!
—¡Soy el rey de los instrumentos!
—No te ofendas, piano. Hueles a árbol, pero no eres árbol. Creas sonidos, pero no cantas. Ni siquiera tienes una ruiseñor al lado que inspire tu canto…
—Ejem… Según cómo se mire, todo depende…
—¿No me saldrás ahora con La flaca?…
—Descuida. Soy un piano muy informado… Leo sobre el teclado. A veces pongo la radio que ves ahí al lado.
—Y yo soy un ruiseñor ruso… ¡Los pianos no leen, no prenden la radio!
—Eso es lo que todo el mundo piensa. ¡Incautos!… ¿Tú sabes qué es la SGAE, el canon digital y los derechos de autor?
—Ni idea. Ya te dije que soy ruso.

El ruiseñor levantó el vuelo. De lo que sucedió después no existe grabación. Dicen que el ruiseñor regresó cada atardecer del mes de abril. Lo cierto es que un buen día del piano nunca más se supo y que junto a la ventana donde asentaba sus raíces nació un árbol.

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