¿Quieres que te lo cuente otra vez?

Desde la ventana se divisaba toda la plaza. La fuente y el pilón, las mariposas azules, la cuesta que sube al castillo, la frontera entre la calle de Arriba y la calle de Abajo, el soportal de arriba, la Casa Consistorial, las dos acacias (¿o era una?), el pretil, las escaleras que suben a la iglesia, el ‘esbaradijo’ (tobogán por casualidad, sin barandilla o arambol), la casa de Doña Herminia… Las calles aún eran de tierra y mi abuela me contaba un cuento.

—Mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—Sí.
—Pues que mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—No.
—Ni que me digas que sí ni que me digas que no, que mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo y el culo de papel. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?
—… ¡No!

Maldito gato. Nunca le pasaban cosas.

3 Responses to “¿Quieres que te lo cuente otra vez?”

  1. ATODAVELA says:

    Pues a mí siguen sin gustarme los gatos

  2. PEPA says:

    La retahíla forma parte de esas largas y tristes tardes del invierno. No me gustaban ni me gustan.

  3. Montse says:

    Tú te lo pierdes…;-)

    A mí, tampoco. Ninguna de las dos;-)

    Pues resulta que este verano en una tienda de cerámica de Níjar (el día de la buganvilla), topé con ese gato (el de ahí arriba) y, no sé por qué, de inmediato recordé ese cuento que no es un cuento que me contaba mi abuela. ¡Era el gato del cuento que me contaba mi abuela!;-) Ni que decir tiene que me lo compré.

    A la vuelta (ella no fue), le dije a mi hija que había encontrado un gato para conjurar un cuento… Y le conté la historia. Ella es la autora de la foto.

    Méritos o ‘desméritos’ aparte, yo creo que no me gustaba porque no entendía cómo mi abuela (mi abuela paterna, la mejor contadora de cuentos de la comarca; y no exagero nada;-) podía contarme un cuento tan… soso. Yo debía de ser muy pequeña entonces; pero sí recuerdo que me enfadaba que no siguiera más y que siempre fuera la misma cantinela.

    La hora de la comida en casa de mis abuelos era un continuo contar y contar por parte de mi abuela. Disfrutaba relatando, y lo hacía muy bien. Mi padre ha heredado esa virtud, y gran parte de los cuentos de tradición oral que aprendió de su madre, pero creo que mi abuela era aún mejor. O yo lo recuerdo así…

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