‘Los que se quedan’, “una nostalgia permanente”
Ayer, en La Vanguardia, con Juan Carlos Rulfo
“Tengo 45 años. Nací en Ciudad de México y vivo en un pueblito con Valentina y nuestros dos hijos. Me licencié en Ciencias de la Información y Dirección Cinematográfica. Siento una decepción profunda de la política, y de la mexicana en particular. Creo en una fuerza espiritual”.
•Ima Sanchís
—¿Cuál ha sido el mayor impacto de su vida?
—La muerte de mi padre.
—¿Qué edad tenía usted cuando murió Juan Rulfo?
—Veintidós años. Aprendí a dar valor a las cosas, entendí que la vida no es para siempre, que la gente se va y tienes que valerte por ti mismo.
—Y cuando murió su padre, usted fue a buscarlo en sus raíces…
—Yo estaba estudiando, pero no sabía muy bien qué iba a hacer con mi vida. Fue entonces cuando mi madre me dijo: “¿Por qué no te vas al sur de Jalisco a ver qué te cuentan de tu padre antes de que se mueran todos?”.
—”Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.
—Así empieza el libro que hizo famoso a mi padre, Pedro Páramo, y así empezó mi propia historia. En Comala no encontré nada de él, halle abuelos que me contaron su propia historia; pero al final uno se conoce a través de las historias de los otros.
—Somos como espejos.
—En aquellos abuelos descubrí una manera de contar que tenía mucho que ver con mi padre, sus palabras describían cuentos que no estaban escritos. Empecé a dar valor a la tierra, a la palabra, al tiempo, a la espera, al escuchar. Ellos hacían eso, sabían esperar a que el recuerdo viniera, a que las palabras llegaran; pero todo eso lo comprendí diez años más tarde.
—¿Después de estudiar cine?
—Sí, porque entonces yo andaba buscando historias importantes, cosas trascendentales sobre la vida de mi padre. Grabé diez horas de entrevistas y las dejé dormir hasta que entendí que escuchar a aquellas personas era como escuchar a mi padre, todos ellos eran mis padres. Y a través de ellos también descubrí a mi abuelo, un personaje del que nunca nadie me había hablado.
—¿Qué tenían que ver esos abuelos con su abuelo?
—Eran sus peones. A mi abuelo lo mataron de un tiro por la espalda cuando mi padre tenía 5 años. Y mi padre vivió veinte años en un orfanato. Eso le hizo muy silencioso, callado, tímido. Eso le hizo ser quien fue. Un día, el arriero que cuidaba el ganado de mi abuelo lo dejó entrar en la siembra y mi abuelo se enfadó. El hombre bebió, se envalentonó y lo mató.
♣ ♣ ♣
—¿Y su abuela?
—Murió diez años después de tristeza, cayó en una gran depresión y prefirió alejar de ella a sus hijos. Jalisco fue una zona de mucha revolución y muerte, y estaba plagada de fantasmas e historias de desaparecidos y tesoros enterrados.
—Esa es la historia de Pedro Páramo.
—Él venía de ahí, de una zona de cuenteros, y a mí esos cuenteros me llenaron de lenguaje y de magia. Pedro Páramo cuenta la historia de México, bastante fatalista, muy actual, es como una radiografía muy profunda del alma mexicana.
—Cuénteme.
—Como México, Pedro Páramo es un personaje lleno de pasión, amor, seducción, sensualidad, de mucha energía, pero que cae impotente, desgastado.
—Después de El abuelo Cheno y otras historias vino Del olvido al no me acuerdo.
—Después del abuelo vino la película sobre el padre, pero nadie me contó nada; lo divertido era asistir al proceso de contar y conocer a la gente que lo conoció y ya se olvidó. Se trataba del valor de la gente en sí misma, más allá de su relación con mi padre.
—Su padre es un hombre muy famoso, ¿le pesa su sombra?
—No, pero lo tengo presente, mi cine es un homenaje al saber escuchar, una actitud que el tenía. Mi padre sabía escuchar, y ese es un gran don. La historia pública no es lo que yo conocí: a mí me marcó sobre todo ver cómo era con la gente, cómo se detenía en cada persona.
—¿Cuánto tiempo se pasó en el hoyo?
—En mi ciudad quisieron construir un segundo piso de la vía rápida y llegaron miles de obreros de origen campesino frente a mi casa para levantar columnas. Era como recuperar del olvido al abuelo Cheno con sus hijos y verlos en la esquina de mi casa.
—Y se le ocurrió rodar la historia de una columna.
—Pasé más de nueve meses en uno de esos hoyos, en el que se levantó una columna. Vi pasar a los personajes que hicieron los cimientos, los que trajeron los hierros, los del cemento… Con todos creé lazos de amistad, que todavía duran, y conté la vida cotidiana de esa gente, sus inquietudes.
—¿Alguna conclusión?
—La gente vale por lo que son como personas, no por el hecho de que les ocurra algo. Indagar una vida y comprender que esa vida es universal, que a todos nos comunica cosas, es el fondo de mi trabajo.
—¿Y de su ciudad a su país?
—Sí, con Los que se quedan recorrí el país para explicar los sentimientos de los que no han emigrado. En todo el país, todas las familias tienen alguien que se fue, y por lo tanto extrañan a alguien; es una nostalgia permanente. Mi mirada se posa en la vida cotidiana, en esas cosas que nos pasan a todos. ¿Sabe lo que decía mi padre?
—¿Qué decía?
—A la gente le pasan cinco o seis cosas importantes en la vida, si no menos; el resto es vida cotidiana, a veces aburrida, pero ahí se guarda el gran secreto que nos honra como personas.
Del padre al hijo
El padre, Juan Rulfo, escribió una única novela, Pedro Páramo, cuya fuerza y misterio lo hizo famoso en el mundo entero. A la muerte del padre, el hijo quiso saber y volvió a los orígenes, y así supo de la fuerza de un lugar y sus gentes. Y se dejó seducir por el misterio de lo sencillo y comenzó su carrera como director contando en unos cuantos documentales la fuerza de las historias cotidianas. Hoy se presenta en el marco de Docúpolis Los que se quedan, que compite en la selección oficial y que refleja el sentimiento de los mexicanos que no han emigrado. En la cumbre del G-8 la primera dama mexicana entregó una copia a Michelle Obama: “…Otra mirada sobre el problema de la inmigración”.
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‘Los que se quedan’, de Juan Carlos Rulfo (entrevista)

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
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