Archive for March, 2009

Las lavanderas blancas

Friday, March 27th, 2009

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Yo fui vigilante de pájaros. O por lo menos fui cómplice convicto y confeso. Mi hermano C. siempre se sabía algún nido, y allá que nos íbamos los dos sin dar cuenta a nadie de nuestras andanzas. La mejor época era el inicio del estío, cuando los pajarillos tenían crías y nosotros no teníamos escuela.

La teoría de mi hermano —que iba para atisbador de aves y terminó en profesor de Latín— era que si te topabas con un pájaro con cebo en el pico, había que vigilarlo de cerca, porque tarde o temprano, él solo te llevaría a su nido.

Lavandera blanca

Pasamos muchas tardes observando a una pareja de lavanderas blancas, que hacen sus nidos entre los huecos de las piedras, en parajes donde el agua y las tierras de labranza no andan lejos. Las lavanderas son inquietas, menudas, pizpiretas; se las distingue enseguida porque son muy andariegas y caminan como a saltitos. A veces se las confunde con las collalbas. De hecho, nosotros las llamábamos así.

Aquellas tardes vigilando a las lavanderas blancas, que como cada verano habían hecho su nido en la desmoronada pared de una era, no muy lejos del arroyo del Manzano donde las mujeres aún bajaban a lavar, es uno de los recuerdos más felices de mi infancia.

Nos pasábamos las horas muertas viendo entrar al macho o a la hembra con alimento para sus polluelos. Los veíamos rondar su territorio, revolotear, corretear, remolonear entre las piedras: que sí, que no, que no sé yo si no me verá nadie…, para terminar penetrando como una flecha en el nido.

Y vuelta a cazar de nuevo: salían disparados. Les llevaban saltacapas, moscas —decíamos—, lombrices… Prismáticos no teníamos, claro; pero desde nuestro escondite —un desvencijado carro sin los tentemozos puestos en el que tras varios sustos morrocotudos a las pobres lavanderas aprendimos a calcular el sitio justo donde había que ubicarse para evitar que se pusiera de varas y con un ruido de mil demonios— distinguíamos perfectamente con qué manjar sorprendían a sus crías. Lo distinguíamos o lo imaginábamos. A saber. No había mucho donde elegir en la dura estepa castellana. Eran incansables. O sus polluelos unos tragones. O tenían más polluelos de los que podían mantener. A saber también.

Tuvimos con la mosca tras la oreja a la dueña de la era del castillo, que no acertaba a explicarse qué hacían por allí esos dos chiguitos a las horas de mayor chicharrina (lo del castillo no es literatura, así se llama la zona más elevada del pueblo; aunque puede que sí, porque nunca hubo castillo).

Como siempre nos sorprendía mirando a la pared, dedujo que nuestra intención era acarrear piedras y nos amenazó con que se lo iba a decir a nuestra madre. Se lo dijo. No hubo caso. Además, el carro era nuestro. Desplazado por cosechadoras y tractores, hacía ya años que se había convertido en uno de esos aperos que no sirven para nada. Salvo para vigilar pájaros… Pero ni se nos ocurrió mencionarlo. Pocos secretos eran mejor guardados entonces por un niño como revelar dónde y desde cuándo te sabías un nido.

Hasta que un buen día, los vigilados fuimos nosotros. Nunca más volvieron a anidar lavanderas blancas en la pared de la era del castillo. También eran niños quienes robaron los polluelos. Y hoy me vino aquella tristeza al escuchar esta canción. De los años que hace, ni les cuento;-)

Lo que dice la letra (Benito Lertxundi):

Con la primera luz de la mañana
un pájaro se ha posado
sobre el alféizar de mi ventana
y ha comenzado a cantar ruidoso.

Hermoso pájaro, tan alegre,
cuando te escucho
va rápido al aire
la tristeza de mi corazón.

El más querido de mis pájaros,
¿a qué has venido a mí?
El sueño más hermoso,
cuando me has despertado.

¿Creías que viniendo tan temprano
se iría toda la pena?
No, no, anda a consolar
a quien más “malerus”

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Nido de lavanderas blancas.

La comedora de zapatos

Friday, March 20th, 2009

Menorca

Menorca tiene fijación con los zapatos. Se los come. Y a saber por qué, sólo los míos. Mordisquito a mordisquito, y a la chita callando, les da un tan otro aire que no los reconoce ni su dueña.

Los zapatos granates. Ya andaban para pocos trotes, pero a mí me gustaban. Quedaban que ni pintados con mis faldas tobilleras. Los rediseñó. Dejó en dos medias lunas los talones; las tiras de abrochar, en ti-.

Las sandalias negras, infatigables compañeras durante casi dos veranos. Le dio por las punteras. Las dejó mochas, blanquecinas.

Unas deportivas blancas, nuevecitas. Con éstas se metió a cocinera. Cuando me quise dar cuenta, con todo lo que era goma había hecho albondiguillas.

Ya he perdido la cuenta de los zapatos que han pasado por su cuenta a peor vida. Y mira que la reñí la primera vez. Fue al poco tiempo de llegar a casa. Ni caso. Se ha convertido en mi zapatera oficial, y no precisamente para las medias suelas.

Lo último que se ha metido entre lomo y lomo son los zapatos de ir a ver al rey (no me quedó otra). De puntera fina, de tacón alto. De esos que si te caes del andamio, te matas. Como quien dice, casi sin estrenar: sólo me los puse un día. A uno lo dejó chato, la puñetera.

Yo no sé por qué a Menorca le da por comer zapatos. Menos aún por qué se zampa sólo los míos. En una de esas se va a ganar un zapatazo. No digas, Menorca, que no te aviso.

Sinkin’ Soon

Tuesday, March 17th, 2009

José Orozco

Una de esas canciones que hay que escuchar por lo menos una vez. Lo malo es que no suele ser una. O lo bueno…

Vía: Ópera, siempre

Pulpo, pulpito, bicho listo

Monday, March 2nd, 2009

El rey del camuflaje. Del nada se le pone por delante. Y del sálvese quien pueda. Flexible, farsante, camaleónico, escurridizo. Un visto y no visto.


‘Octopus vulgaris’, él invertebrado más inteligente del planeta.


¿Que no?;-)

¿Gato y en botella?

Monday, March 2nd, 2009


¡Gato!:-D