Eric Villalón: “Queremos demostrar la capacidad de los discapacitados”
Eric Villalón, vendedor de la ONCE; cruzará la Antártida junto a Jesús Noriega y Xavier Vallbuena, también discapacitados.
“Tengo 35 años, soy un bollycao. Nací en Barcelona, pero soy ‘gironí’. Tengo un cinco por ciento de visión: sólo veo sombras, pero nunca me sobreprotegieron y ahora sé buscarme la vida. Mi pareja sufre más con la aventura que yo. En política hay muchos ‘mío’ y pocos ‘nuestro’”.
• Lluís Amiguet
Ya le hago yo el chiste fácil: un ciego, un cojo y un manco quieren llegar al Polo Sur…
—¿Qué piensan hacer?
—Jesús Noriega tiene una mano y otra supermano: nació con un muñón que utiliza con sorprendente habilidad. Nos ha repetido en los entrenamientos: “La única discapacidad real es la que nos imponemos nosotros mismos por miedo”.
—No le falta razón.
—Y Xavier Vallbuena es un competente biólogo y amputado femoral que perdió la pierna derecha a los 8 años, pero ha conseguido una velocidad envidiable con su prótesis. Los tres saldremos el próximo día 30 con el objetivo de llegar al Polo Sur geográfico.
—¿Cómo llegarán?
—¡Andando! Recorreremos 250 km sin ayuda externa durante tres semanas: desde el paralelo 88 hasta el Polo Sur.
—Al menos, no sudarán.
—Nos acompañan dos guías antárticos: Ignacio Oficialdegui y Ramón Larramendi, encargado de la logística. Arrastraremos un trineo de 60 kilos que transportará todo el equipo bajo temperaturas de -38 º C arrostrando vientos de 200 km/ h en jornadas de siete horas de marcha con paradas técnicas de cuatro minutos por hora.
—¿No llevan perritos, tan simpáticos?
—En la Antártida no hay perros… Para preservarla, no se permiten. Ni osos. No hay osos.
—Es un alivio, pero todo esto ¿para qué?
—Hay dos grandes motivos: porque el Polo Sur está ahí y ¿por qué no?
—Seguro que encuentra alguno más.
—Demostrar la capacidad de los discapacitados. No tendremos recursos ilimitados…
—Hombre, tienen a La Caixa detrás.
—Eso son sólo los recursos económicos; los recursos físicos no se pueden comprar: tienes que crearlos con tu esfuerzo, por eso llevamos un año y medio de preparación física.
—A usted se le ve cachas, sí señor.
—Soy esquiador. Me encanta el deporte.
—¿Cómo se paga usted los forfaits?
—Yo vendo cupones de la ONCE en el paseo Sant Joan en Barcelona.
—¿Para qué sirve el vendedor del cupón?
—Estos días he tenido que cerrar mi puestecito para entrenarme en la recta final de la preparación de la expedición… Y, mire, la verdad: la calle estaba más vacía con mi puesto cerrado. Nosotros creamos relaciones entre los vecinos: saludamos a unos, reconocemos a otros, tenemos una palabra amable para todos cada mañana…
—Dos personas saludándose crean valor.
—Nosotros los vendedores del cupón somos como las nutrias en un río: si las nutrias están allí, es que el agua está limpia, y si nosotros estamos vendiendo el cupón, es que ese barrio está sano, seguro, bien relacionado…
—Ustedes inspiran confianza.
—”¡Hola!, ¿cómo te va, Toni?”. Y Toni me contesta: “Jodido, Eric, ¿no me oyes el resfriado?”. Y yo le replico: “Eso no es nada, que tú estás fuerte…”. O viene Amalia y le pregunto por los críos y me cuenta alguna travesura.
—¿Cuántos clientes tiene de los fijos?
—Unos treinta me compran cada día el cupón y, desde que corrió la voz, han estado animándome para que llegara al Polo… ¡Y yo a ellos para que lleguen a casa de buen rollo!
—¿Les ha vendido algún cuponazo?
—Uno de 70.000 euros: era un final 19. Los del nueve son los mejores: me gustan mucho los 19 y los 29 y los 69.
—¿Cuánto gana usted?
—Vendo cupones ocho horas al día por 1.300 euros al mes. Y me gusta. Me siento bien hablando con los amigos del cupón y sé que a ellos les sienta bien hablar conmigo.
—Seguro que siguen su aventura.
—La simpatía y el apoyo que tenemos Xavier, Jesús y yo y nuestro plan también es una muestra de la calidad de nuestra sociedad. Si aquí somos capaces de ser los primeros en la historia y en todo el mundo de enviar una expedición como la nuestra a la Antártida, es que no estamos tan mal.
—¿Tienen buena sintonía?
—Hemos comprobado al entrenarnos que nos complementamos: donde no llega uno solo, llegamos juntos; y si Xavier es más lento con su prótesis de metal, yo voy a necesitarle para recoger las muestras científicas, y Jesús, con su muñón supermanizado, no dejará nada importante por hacer.
—¿Cuánto ve usted?
—Tengo un cinco por ciento de visión ya de nacimiento; pero mis padres jamás me dieron un trato especial por ello. Había que ir a comprar el pan y si no veía más que sombras por las calles, pues preguntaba. Y ahora les estoy muy agradecido por haberme dejado luchar por mí mismo y así crecer.
—¿Ver menos le permite descubrir más?
—Mi cerebro completa con proyecciones la información que no me facilitan mis ojos.
—La imaginación es el mejor ojo.
—Estoy acostumbrado a realizar continuamente una apuesta mental: no veo algo, pero mi cerebro supone que es de una determinada manera: completa lo que no veo.
—Supongo que no siempre acierta.
—Me equivoco mucho. Pues bueno, si he calculado que la silla no estaba ahí y resulta que sí está y tropiezo, pues pido perdón y ya está. Me siento como el equilibrista que intenta un número y cae: ¿se retira de la pista por eso? ¡No! Se levanta de un salto, se sacude el polvo y a intentarlo de nuevo.
—¿No teme su pareja por usted?
—Es todo lo contrario que yo: sufre mucho con mi aventura desde antes de empezarla, pero tampoco tiene otro remedio.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
Es cierto. Las limitaciones nos las imponemos nosotros mismos.
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