Carta para la hija de Fernando
Cuando yo era pequeña, en todas las aulas, al lado del encerado, había dos cosas: una foto de Franco y un crucifijo. Cuando yo era pequeña, nos obligaban a cantar el Cara al sol a la puerta del colegio (de la escuela, se decía en mi pueblo), todos los días.
Seguro que no sabes lo que es el Cara al sol. Yo tampoco lo sabía entonces, cuando tenía tu edad y me obligaban a cantarlo. Pero no me gustaba. No me gustaba que lo primero que hiciéramos antes de entrar en clase fuera ponernos en fila frente a la puerta del colegio, aunque estuviera nevando, aunque lloviera a cántaros, aunque hiciera un calor de mil demonios.
No me gustaba, y fíjate que ni sabía lo que estaba malcantando. No me gustaba porque, aunque no entendía nada, sí lo percibía como una humillación: la obligación de cantar cuándo y dónde alguien (¿quién?) nos lo imponía.
Y no es que no me gustara cantar. A mis tres hijos les he cantado muchas veces, a modo de nana, El Conde Olinos, un romance que aprendí con doña Herminia, también en la escuela, mientras nos enseñaba a hacer vainica.
Doña Herminia, que cantaba muy bien y nos regalaba un estuche de pinturas de cremallera cuando sacábamos un 10, nunca nos obligó a cantar, ni esa canción ni ninguna otra. El Conde Olinos es el mejor recuerdo de aquellas calurosas tardes castellanas en las que aprendíamos a bordar. Menudo rollo. Menos mal que El Conde Olinos nos salvaba.
Por aquellos años, en mi pueblo y su comarca, la Ribera del Duero (ya ves, no estamos tan lejos), a las niñas se nos condenaba a aprender corte y confección, y… a los buñuelos de viento. A los niños se les animaba a estudiar una carrera. A las chicas, a veces, ni eso: “Total, si cuando se casen, para qué quieren estudios”.
Con el tiempo aprendí que la imagen de Franco era el símbolo de la dictadura que por entonces sufrimos en España. ‘Dictadura’ viene de ‘dictar’. El dictador dicta lo que debes hacer, cómo debes vivir, en qué debes creer. Para hacerse obedecer asesina, arrebata muchas de las libertades a las que como seres humanos tenemos derecho.
Descubrí también que la religión que simboliza el crucifijo, en pocas palabras, estaba de su parte. Del dictador. Y tampoco me gustaba. Una religión que considera a las mujeres propiedad de los hombres. Esa religión que predica y predica, y no siempre con el ejemplo. Amarás a los otros como a ti mismo. No levantarás falsos testimonios (no insultarás). Y bajo ninguna excusa, a un niño.
Pobres. Como diría mi abuela, en el pecado llevan la penitencia. Cuando te miran mal o te insultan, tiran cantos a su tejado, dejan por los suelos aquello en lo que dicen creer. Cuando insultan a un niño, todos los argumentos sobran. No insultan, ladran (con perdón de los animalicos).
Respeto lo que simboliza el crucifijo. Pero su lugar hace mucho que, por fortuna, ya no es la escuela. La religión es asunto de cada cual. La que sea. O ninguna.
Yo también suscribo la carta de Servidora y también te mando un beso muy grande.
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Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
Me ha gustado el articulo,
saludos.
Perder privilegios escuece.
En el colegio: educación en valores y en conocimientos. En casa: educación en valores y religiosa (cada uno la suya).
Justamente eso.
Al loro, se ha desatado los pelos de los trolls
Cuentan los chistes malos de siempre, nada nuevo
Bicos, reina
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