La Chispita
Hace casi dos años de este relato. Mucho antes de que Menorca pariera sus cachorros: Fígaro, Manila, Zeus y Zapatitos. Lo dejé pasar. Ya no tenía sentido. Ahora tampoco, o quizás lo tiene más, porque a la Chispita se ha sumado Fígaro, al que tampoco consigo aparcar en el monte del olvido.
♣ ♣ ♣
Anoche soñé que Menorca tenía tres perritos. Los tres blancos y con una mancha oscura en el lomo. Pero ¿cómo?, ¿cuándo? ¡Si no hace ni un mes que estuvo en celo! Preguntas tontas porque mientras yo me decía a ver qué hago yo ahora con dos gatos y cuatro perros, mi hija anunciaba que se llamarían Zeus, Júpiter y Madonna.
—¿Madonna? ¿Qué dices? Uno tiene que llamarse Chispita.
Cuando salí a la cocina, por allí andaba Menorca, pero ni señas de estar recién parida. Claro, como que era un sueño. Recordé entonces a Chispita, la primera perrita que tuvimos en casa, también blanca, muy parecida a Menorca, aunque quizás por eso se me despinta a veces, como si también ella hubiera sido un sueño.
La Chispita, hija de otra Chispita, nos la regaló mi tío Goyo, que cambiaba de vez en cuando los aires del valle del Cerrato por los del Esgueva y siempre llegaba acompañado de su Chispita. “Para los niños. Para que jueguen con ella cuando no esté la Chispita”.
Eran igualitas, madre e hija. Las dos, listas como el rayo. Por aquellos años, salió en el pueblo la ordenanza de que los perros no podían vagar a sus anchas por las calles sin el prescriptivo ramalillo. La pobre Chispita se murió sin entender por qué desde siempre la dejábamos a su aire y de repente no, y nunca dejó de protestar por ello. Cuanto más la atabas, más ladraba: ¡qué mierda de ordenanzas eran ésas!
Fue por entonces cuando Héctor exclamó un día en el corral que la Chispita era omnívora. “¿Lo ves, mamá? ¡Está comiendo hierba!”. Omnívora. Una palabreja que acababa de aprender en la escuela. Comía hierba, no tenía miedo al sapo que tomaba el sol de invierno en la puerta azul, se escapaba al pilón de la Fuentevieja a pescar renacuajos, sabía cómo irse de aventuras sin pedir permiso y de polizón: una auténtica heroína para un niño de cinco años.
La Chispita era experta en agazaparse a hurtadillas en mi coche, un Citroen 2CV que no pasaba de noventa y gastaba menos que un mechero. Era lista, la condenada. Se colaba por el maletero —a esa conclusión llegué, jamás lo vieron mis ojos— y justo cuando doblaba la curva del molino (¿y cómo lo sabía ella?), asomaba el hocico por la bandeja del portamaletas y aparecía como un fantasma en el asiento de atrás, que era de gomaespuma color arena atravesada por una raya anaranjada.
No me enteraba de que llevaba compañía hasta que el retrovisor me devolvía la imagen de la aparecida, además de un buen susto, cuando enfilaba ya la carretera del valle del Esgueva. Demasiado tarde para deshacer el camino y devolverla a su guarida. Nunca lo hice, siempre iba con prisas. Se lo aprendió: repitió la hazaña cuantas veces pudo. En el asiento trasero dejó señal indeleble, marca de pezuña que con la complicidad de Ignacio y Héctor terminó con el tiempo en un buen agujero.
Tuvo mala suerte, maldito rayo. Una tormenta de verano, un huerto rodeado de arboledas, y el jodido rayo va a caer en el chopo al que estaba amarrada la Chispita, al pie del que antaño fue el brocal de un pozo. Imposible bajar más deprisa las escaleras al escuchar el primer trueno, cruzar el patio, esquivar las gallinas y llegar al huerto. Iluso intento. El rayo fue infinitamente más rápido.
Al poco de rescatarla, empezó el parto. No recuerdo cuántos, pero todos blancos, con una mancha oscura en el lomo, todos muertos. La pobre Chispita malparió de un golpe toda su descendencia. Nunca más volvió a quedarse preñada.
Los recuerdos asaltan cuando menos te lo esperas. Más de 20 años de aquel rayo. Más de veinte años del abandono. Los niños querían traérsela a Madrid, y yo no los dejé. Imposible para mí en aquellos años sacar más tiempo de donde había ya tan poco. “¿Qué va a ser de ella encerrada en un piso?”. No era la Chispita animal de saber estar entre cuatro paredes, ni siquiera en un pueblo.
Dejamos a la Chispita con los abuelos. Me pareció entonces lo más sensato. Hasta la Canaleja, además, no llegaba la orden esa idiota de llevar a todos los perros del ramalillo.
Regresábamos a menudo. La primera en recibirnos era ella. Reconocía el 2CV mucho antes de que tomáramos la carretera del monte, seguro que por el ruido. Ladraba y saltaba, loca de contenta; a mí me daba miedo que en una de ésas terminara entre las ruedas.
No fue mi 2CV, pero sí un coche. Eso nos contaron. Con el tiempo, supimos la verdad. No fue un monstruo de dos ruedas sino alguno de dos patas: la envenenaron.
Lo que traen los sueños. Los tres perritos soñados de Menorca, los tres blancos, con una mancha oscura en el lomo. Los perritos de Chispita, todos blancos, con una mancha oscura en el lomo. Aquella mancha oscura. Que no, que es mentira, no he logrado nunca aparcar a Chispita en el monte del olvido.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
Besos de Panchito a mamá Menorca.
A la tía Chispi y al hermano Fígaro un lametazo cariñoso. Guau.
Ah. Y a la tía Pantera, que también se fue un día y su rincón está cada vez más solo…
Ay, la Panterita, con lo bien que sabía hacer kinasia ella (ginnasia, para que nos entiendan). Es una faena cuando se van.
De los cuatro mosqueteros hablaremos otro día: Pancho el rubio (ex Zeus), Bruno (ex Zapatitos), Manila (que ahora se llama Luna Manila) y Fígaro (siempre, Fígaro).
Besos.
Me has pillado flojita. Me he acordado de Roni, de Jacky, de Tuno, de Moncho… de mi Pepa. ¡Jodíos todos! ¿Quién les ha dado permiso para vivir menos años que nosotros?
:-*
Me acuerdo de la historia, qué bien lo contabas:
Es una faena que se vayan tan pronto. Claro que cuando se los llevan, como a Fígaro, todavía es peor. Sólo queda el consuelo de que les vaya bien. Y creértelo:-)
Cuídate, Glo:-)
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