De cómo una plumita puede convertirse en cinco gallinas

Terminé de leer “Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes” (Cahoba Ediciones, 2005), de Javier Tomeo.
En la extensa obra deTomeo abundan las referencias al mundo animal y en más de una ocasión el propio escritor ha explicado por qué: “Lo repetiré una vez más. Dios puso a los animales en este mundo para instruir a los hombres. Lo dijo un famoso fabulista francés”.
No están ya para muchos trotes Don Heriberto y Don Servando. Y por las tardes, en el casino, en vez de discutir sobre política, deciden leerse cuentos de hadas.
El repasito, una especie de terapia, les hace reflexionar una y otra vez sobre su pasadas primaveras y sus presentes inviernos. Un carpe diem que ya no volverá. La tremenda soledad de la recta final.
Se quedan hechos polvo. Pero no desesperan. Con la última lectura de Andersen, llegan a la conclusión de que “en el reino de la esperanza no llega nunca el invierno”.
Se refieren, claro está, a la afrodisíaca pirámide azul que Don Heriberto esconde debajo de su cama, y “que hubiera tenido que ser roja, que es el color de la pasión”.
Uno de los doce cuentos de Andersen que Tomeo recrea magistralmente en su libro se titula “¡Es cierto!“. Y dice así:
«Cuando el sol se puso, las gallinas volaron a su palo. Entre ellas había una que tenía las plumas blancas y las patas cortas, ponía los huevos reglamentarios y era una gallina respetable en todos los sentidos. Al subir al palo se atusó las plumas con el pico y se le cayó al suelo una pluma pequeñita.
“¡Allá va!”, dijo antes de quedarse dormida. “Cuanto más me atuso, más guapa estoy”.
Pero lo dijo bromeando, porque, aunque, como ya hemos dicho antes, era muy respetable, era también la gallina más alegre del gallinero.
Todo estaba oscuro, las gallinas estaban posadas las unas junto a las otras, pero la que estaba a su lado no dormía. Escuchaba sin parecer que estaba escuchando, como conviene hacer en este mundo si queremos vivir en paz. No obstante, le faltó tiempo para ir a contárselo a la otra vecina.
“¿Has oído lo que dicen por ahí? No quiero señalar a nadie, pero hay una gallina que quiere desplumarse para estar más guapa. Si yo fuese gallo, la despreciaría”.
Y justamente por encima de las gallinas estaba la madre búho con su marido el padre búho y sus buhitos.
[...]
“¡No escuchéis eso!”, les pidió a sus hijos. “¿Has escuchado lo que dicen? Yo lo he escuchado con mis propios oídos y lo continuaré escuchando durante mucho tiempo, hasta que se me caigan las orejas. Hay una gallina que ha olvidado el decoro propio de las de su especie y se arranca las plumas para que la vea el gallo”.
“Prenez garde aux enfants!”, exclamó también el padre búho. “¡No son cosa que ellos deban oír!”.
[...]
De todos modos [...], la madre búho decidió contárselo a su vecina, que tenía fama de honorable, y voló hasta ella. “¡Uh,uh, uh!”, ulularon las dos, y las oyeron incluso hasta las palomas del palomar.
“¿Os habéis enterado? ¡Hay una gallina que se ha arrancado todas las plumas por culpa del gallo! ¡La pobre se está muriendo ahora de frío, suponiendo que no esté ya muerta! ¡Uh, uh, uh!”.
“¿Dónde? ¿Dónde”, arrullaron las palomas.
“En la casa de enfrente. Se podría decir que yo mismo lo he visto. Es una historia tan indecorosa que da vergüenza contarla, pero es rigurosamente cierta”.
“¡Nos la creemos, nos la creemos al pie de la letra!”, dijeron la palomas, y bajaron a decírselo a las otras palomas. “Hay una gallina, algunos dicen que dos, que se ha arrancado todas las plumas para distinguirse de sus compañeras y atraer de este modo la atención del gallo. Eso era muy arriesgado, porque podrían resfriarse y morir de fiebre, y ahora las dos han muerto”.
“¡Despertad, despertad!”, cantó el gallo, subiéndose a la empalizada. Y a pesar de que estaba muerto de sueño, no dejó de cantar. “¡Hay tres gallinas muertas de amor por un gallo y se han arrancado todas las plumas! ¡Es una fea historia que no quiero reservarme! ¡Que corra por todas partes!”.
“¡Sí, sí! ¡Que corra!”, gritaron los murciélagos.
Y las gallinas cacarearon y los gallos cantaron:
“¡Qué corra, que corra!”.
La historia corrió, pues, de gallinero en gallinero y acabó volviendo al lugar de donde había salido.
“Hay tres gallinas”, decían, “que se han arrancado todas las plumas sólo por mostrar cuál de ellas había adelgazado más por el amor que sienten hacia su gallo. Luego se picotearon entre sí hasta hacerse sangre y las tres acabaron matándose recíprocamente, para vergüenza de su familia y gran pérdida de sus dueños”.
Y, como era de suponer, la gallina que había perdido su plumita suelta no reconoció aquella historia, y al ser una gallina respetable dijo:
“Desprecio a esas gallinas. Y lo peor es que hay muchas como ellas, así que no debemos silenciar esta clase de historias. Haré todo lo que sea posible para que se publique en el diario y se conozca en todo el país. Esas gallinas se lo tienen bien merecido, y sus familias también”.
Y la noticia apareció, pues, publicada en el diario y quedó impresa para siempre, y, desde luego, es muy cierto: una plumita puede convertirse en cinco gallinas».
Por cierto, quizás les interese saber qué opinó Andersen en uno de sus relatos sobre ‘El Noticiero’. O cómo era su cuento de la plumita volandera.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
¿Y dices que es un cuento?
Un beso, reina
¿A que no lo parece?:-) La realidad supera a la ficción, ya sabes.
Un beso grande:-)
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