Alexei Leonov: “Se nos escapó la cosmoperrita y la cambiamos por un chucho”
Entrevista en La Vanguardia con Alexei Leonov, primer ser humano que se paseó por el espacio.
• Luís Amiguet:
—Ah, la historia! ¡Cómo se cuenta la historia! Los años diluyen los recuerdos y al final quien los explica tiene la tentación de embellecerlos para darse importancia… ¡La aventura espacial fue muy terrestre! ¿Recuerda a las perritas del espacio?
—¡Cómo no! ¡Los pioneros del espacio fueron unos simpáticos chuchos soviéticos!
—Chuchas. Eran perritas: mucho más listas que los perros; no nos engañemos. Estuvimos meses entrenando a las tres perritas astronautas, seleccionadas de entre decenas de canes por su salud e inteligencia: como la famosa Laika, Zvezdochka (Estrellita) y Chernushka (Negrita).
—¿Entrenaban cosmoperras?
—Las preparamos para la ingravidez en la centrifugadora; les enseñábamos a comer y a descomer en la nave y a seguir la disciplina de a bordo ellas solitas.
—Unas perritas muy apañadas.
—La base de lanzamiento estaba en plena taiga, así que el día que las íbamos a lanzar, con los nervios Negrita se lanzó tras un conejo y desapareció ante nuestros ojos…
—¡Qué apuro! ¡Todos al gulag!
—¡Schisssss! ¡No! Dimos el cambiazo por un chucho callejero. Sin decir nada, cogimos con todo el disimulo posible una perrita cualquiera de las que corrían por la base y la pusimos en lugar de Negrita.
—Pero no estaba entrenada.
Ningún problema. Negrita II volvió del espacio, que le aseguro que era una experiencia mareante, fresca como una rosa; en cambio, Estrellita, que había sido entrenada en la centrifugadora, estuvo mareada y hecha polvo toda una semana.
—¡Muy bien Negrita II!
—… Demasiado bien. Negrita II también escapó hacia la taiga cuando la llevábamos a hacer las pruebas físicas: en ese momento era imposible llevarla atada. Pusimos a todo un batallón de soldados a rastrear el bosque para hacerla regresar. ¡Buf! Volvió, pero… ¡qué apuro!
—La URSS lideraba la carrera espacial…
—Vivíamos una época dorada. Éramos el país más poderoso de la Tierra en el sistema más justo. Mi padre había sido minero en Siberia y yo, sólo por mis méritos, era héroe de la Unión Soviética: me adoraban. Nos parecía que el comunismo iba a durar para siempre y luchábamos por extender ese progreso a todos los demás países.
—Era la guerra fría.
—No sólo éramos los primeros en el espacio. También éramos una superpotencia: prestábamos ayuda militar y económica a medio planeta: Argelia, Egipto, Iraq, Cuba, casi todos los países africanos y muchos asiáticos… ¡Ay! Todo aquel dinero que entonces regalamos jamás nos será devuelto a los rusos.
—Usted vivía como un príncipe.
—Cuando volví del espacio tras el primer paseo, la prensa nos rendía culto… Incluso demasiado: los titulares decían que los cosmonautas éramos científicos y artistas con una capacidad intelectual superior, y sólo éramos militares: tipos muy sanos, eso sí, pero con cerebros normales. Bueno, yo pinto cositas en mis ratos libres, pero nada excepcional.
—Usted pintó los planetas desde la nave: un cuadro inmortalizado en 2001: una odisea en el espacio.
—Lo más importante es la maravillosa libertad de flotar y la paz que experimenté en aquel paseo espacial.
—No era fácil ser el elegido.
—Sólo los pilotos militares de cazas Mig éramos elegibles: a la primera selección espacial nos presentamos 3.200 y nos seleccionaron veinte; doce fuimos al espacio y cinco aún vivimos. Todos éramos hijos de la guerra y habíamos vivido la escasez de posguerra: sabíamos lo que era buscar y encontrar un pedazo de pan para comer.
—Imagino que aquellas naves espaciales de hace 43 años hoy resultarían risibles.
—Sólo le diré que en mi vuelo con el Voskhod II, al regresar del primer paseo espacial de la historia, aterrizamos en plena taiga de los Urales. Tuve que telegrafiar con morse -aún no teníamos radio- dos letras V. N. (todo bien en ruso) y tardaron dos días en llegar a rescatarnos.
—Pero estaba usted contento.
—Calculábamos nuestra posición con un sextante, como los barcos.
—¿Después de volver qué hizo?
—Viví durante 41 años en un régimen estricto en la Ciudad de las Estrellas de Moscú: cientos de horas de vuelo, gimnasio, estudio, comidas estrictamente regladas…
—Por lo menos, no engordaba.
—Si te saltabas una comida, te metían una sanción, porque se suponía que no podíamos comer nada que no estuviera supervisado por los médicos. Tuvieron que expulsar a muchos cosmonautas porque no seguían las normas.
—¿No estaba usted endiosado?
—Lo intentaba, pero éramos 20 héroes astronautas para 260 millones de soviéticos. Cuando fui nombrado director del programa de entrenamiento les dije a mis hombres: “Sólo tenéis que intentar ser como nuestros ciudadanos creen que somos”.
—Y llegó el fin de la URSS…
—Entramos en decadencia y después en degradación total. El peor momento, lo que acabó con el comunismo, fue la prohibición del alcohol.
—¡Hombre! No sería sólo eso.
—Fui diputado y sé de qué hablo: Ligachov en 1984 logró prohibir el alcohol, así surgieron las mafias y el mercado negro y así se gestó el golpe a Gorbachov.
—¿Votará usted a Putin?
—¡Ojalá vuelva a presentarse!
Regreso a las estrellas
Releo 2001: una odisea en el espacio: Arthur C. Clarke se la dedicó al astronauta que tengo ante mí, cargado de chapitas, como les gusta a los héroes ex soviéticos, y jurándome que nos pondremos morados de vodka con pimienta si voy a verle a Moscú. Leonov sigue siendo comunista, y no me extraña: el comunismo le dio el cielo y el capitalismo sólo le ha dado disgustos. Me llega afónico de dar vivas a Putin en el congreso de Rusia Unida, partido que promete recuperar la gloria soviética. Y presiento a Putin comandando el regreso soviético a las estrellas: ¡agárrense!


Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
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