Mi gato Calcetines


‘Los papeles hambrientos’

Mi amiga Ana dice que soy muy ordenada, que me paso. Yo creo que soy ordenada para poder ser desordenada después, cuando vas a toda pastilla. Es decir, casi siempre.

Y mejor que no les cuente cómo está ahora mismo mi mesa de trabajo. Más o menos, como la niña del cuento de ‘Los papeles hambrientos’.

Cuando lo escribí, Calcetines ya estaba en casa, Figo llegó poco después y Menorca, con seguridad, ni siquiera había nacido.

Esta aclaración va por Calcetines, que, desde que le ha dado por cotillear en mi ordenador, no pierde ni coma de cuanto se escribe en su blog. Y se le están subiendo un poco los bigotes.

Swing

‘Los papeles hambrientos’

—Ordena tus papeles, niña, o te comerán —le decía una madre a su hija todos los días—. Cuando vayas a buscar algo, no lo encontrarás: ¡te comerán los papeles y no te enterarás!

Y así un día y otro día. Y el otro y el de más allá.

Pasó el tiempo y, cuando la niña se ponía a hacer los deberes en su mesa, ya no se la veía.

Sólo se veía una montaña enorme de papeles: hojas nuevecitas, hojas con sumas y restas, y hojas de otoño de las de verdad; carpetas con problemas, carpetas de cuando iba a parvulitos y carpetas con no se sabe qué; libros del cole, libretas de solfeo y cuadernillos de pintarrajear; tebeos requeteleídos, recortables de muñecas y sopas de letras sin resolver; cuentos devorados, cuentos a medio leer y cuentos sin tropezar; dibujos chipiritifláuticos, dibujos inventados y dibujos aún sin empezar…

La regla y las tijeras no quisieron ser menos y, sin que nadie las invitara, se sumaron a la montaña de sus colegas del gremio papelero:

—¡Hay que medir bien esos cimientos y recortar un pelín la ladera si hace falta!

La goma y el pegamento, que hasta entonces habían permanecido en su sitio, a la chita callando, se colaron en las faldas de rondón:

—¡Nunca lo admitirán, cuchichearon, pero sin nosotros no van a ningún lado!

Y los lapiceros, los rotuladores y los bolis dieron un paso al frente y se colocaron arrogantes en la cima:

—¡Apartaos, mocosos, sin nosotros aquí nadie pinta nada!

Tantos eran y tan bien se acomodaron en la mesa de la niña que la montaña de papeles y bártulos del cole llegó casi hasta el techo. Tan hermosa y chupitimangui era que no envidiaba en nada a un estercolero.

Y la niña seguía sin ordenar sus papeles. Y así un día y otro día. Y el otro y el de más allá. Y la niña seguía haciendo sus deberes detrás de la montaña papelcolera.

Hasta que un buen día, los papeles empezaron a comérsela poco a poco.

—¡Hum!, un mordisquito de uña sin pintar, exclamó el rotulador verde pistacho: ¡qué deliciosa está! A lo mejor, hasta pinto ahora verde fosforito.
—¡Hum!, un espagueti de rizo recién lavado y bien pasadito por el secador: ¡qué rico!, exclamó un dibu del Monstruo de las Galletas abriendo su bocaza de luna llena.
—¡Hum!, un botoncito fresa de pijama de franela. Si lo pongo a remojo, germinará como un garbanzo, se relamía ya de gusto el libro de Cono.
—¡Hum!, ¡una naricita respingona! ¿Cómo se pondrá “naricita”?, ¿con “c” o con “z”?, se preguntaba la libreta de Lengua mientras se pasaba la lengua por sus dientes de espiral. Se lo preguntaré a Dicci: si se escribe con “c”, me la como; si se escribe con “z”, no me la como. ¿Me la comeré o no me la comeré?
—¡No, la nariz, no! ¡Socorro, mami, que me comen la nariz!
La madre acudió presurosa a la llamada de su hija. Clicqueó sin querer en “enviar” y mandó un mensaje electrónico sin asunto y a medio terminar, batió su récord de 300 metros lisos pasilleros, entró en la habitación y dio con la puerta en los morros a su gato Calcetines.

Pero allí sólo se veía una montaña enorme de papeles y de bártulos del cole. Tan grande era que parecía un estercolero. Pero de su hija, no se veía ni el rastro.

—¿Dónde se habrá metido esta niña? Hace un momentito estaba aquí, en su mesa, con La Bella Durmiente entre las manos…

Miró encima de la alfombra, ¡y nada! Miró debajo de la mesa, ¡y tampoco! Miró dentro del armario, ¡y que si quieres! Miró detrás de las cortinas, ¡y tampoco había nada!

De repente escuchó un zzzz, zzzz, zzzz que parecía un ronroneo. Ese ronquidito le sonaba muy mucho.

—Juraría que ese runrún es de mi hija. Pero ¿dónde se habrá metido esta niña?

Miró encima de la cama, ¡y nada! Miró debajo de la almohada, ¡y tampoco! Miró dentro del juguetero, ¡y que si quieres! Miró detrás del carricoche de los gemelos, ¡y tampoco había nada!

—Mmmm… Me parece que a esta hija mía se la han comido los papeles. ¡Y mira que se lo dije!

La mamá de la niña empezó a desbaratar a toda piña la montaña papelcolera: la regla y las tijeras; el libro de Inglés y el de Matemáticas; el pegamento y la goma; el cuento de La Bella Durmiente y el de Pinocho; el rotulador verde pistacho y un dibujo del Monstruo de las Galletas; el libro de Conocimiento del Medio, la libreta de Lengua y…

—¡Aquí están los rizos de mi niña! ¡Vaya susto que me has dado! ¿Y ese trasquilón en el flequillo? Tú y tu manía de recortar todo lo que pillas… ¡Anda, a la cama, que mañana tienes control de Lengua y tienes que levantarte bien fresquita!

—Mami, es que soñaba que me comían los papeles… ¡La libreta de Lengua estaba empeñada en comerme la nariz!

—Eso te pasa por ser tan desordenada. Si no fueras tan desordenada, no soñarías esas cosas. Venga, vete a dormir, y mañana por la tarde, nada más volver del cole, recoges tus papeles.
—Adiós, mami, buenas noches.
—Adiós, cariño, duérmete prontito.
—Mami…
—¿Qué, hija?
—”Naricita”… ¿ se pone con “c” o con “z”?
—Con “c”, hija. ¿Por qué lo dices?
—Por nada, por nada.

En cuanto su madre apagó la luz, la niña se levantó como un cohete, metió la directa y en menos que canta un gallo había ordenado todos sus papeles y bártulos del cole. Y desapareció en un pis pas la montaña papelcolera. Y durmió toda la noche de un tirón. Y no soñó nada de nada.

A la mañana siguiente, en el control de Lengua, la profe, por sorpresa, les salió con un dictado.

—Atención, niños, escribid:
—Había una vez una niña que tenía una naricita preciosa, respingona. Pero era muy desordenada, y un buen día…

Montse Román

En: Inventos míos, Música — Enero 6, 2007

Trackbacks

Para hacer un trackback a este post usa esta URL


Comentarios

Los comentarios de este post en RSS
  1. Y dicen por ahí que ya no hay literatura para niños.
    Maravilloso
    México

    Victor - Octubre 8, 2007 @5:56 pm

Añade tu opinión


(obligatorio)
¿Añadir la URL de tu blog?

Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.

migatocalcetines[arroba]yahoo.es

Secciones

Buscador

Pulsa ENTER al terminar de escribir

Archivo


Enlaces


Sindicar

Puedes Sindicar el contenido de este blog en tu lector de noticias usando alguna de las siguientes formas:



WordPress & Dalarnas

Mi gato Calcetines © 2010 — Algunos derechos reservados