Mi gato Calcetines


Luc Steels: “Integrista es quien fosiliza los símbolos”

Entrevista en La Vanguardia con Luc Steels, creador de robots, filósofo del lenguaje:

Lluís Amiguet

—No se asuste. Digamos que Chomsky, Pinker y otros avalan el innatismo del lenguaje: llevamos, dicen, la capacidad de hablar en los genes después de millones de años de evolución y ya nacemos con ella.
—¿Y usted cree que no es así?
—Yo creo que el inteligente es el lenguaje mismo no nuestros genes y eso me demuestran mis robots cada día.
—¿?
Pongo a mis robots a hablar y es el lenguaje mismo quien les hace ponerse de acuerdo.


Tengo 54 años: con la edad aumentas tu inteligencia relacional, por eso hubo gerontocracias. Soy director del Laboratorio de Robótica de Sony y del Laboratorio de Inteligencia Artificial de Bruselas y creador del perrito robot Aibo. Hago que los robots hablen entre sí para saber qué es el lenguaje.

—Es usted el primer científico que me dice que ve algo bueno en la vejez.
—Con los años consigues una inteligencia relacional: has aprendido mucho y puedes empezar a relacionarlo todo. Por eso las culturas tradicionales daban el poder a sus mayores.

—La edad te hace sabio… dicen los viejos.
—Yo no soy tan viejo y lo digo. Cuando era joven, mi inteligencia era de especialización: podía ser el mejor pianista o el mejor matemático, pero no tenía la capacidad de relacionar esos dos campos con perspectiva.

—¿Y ahora sí que puede?
—Ahora gozo del inmenso placer del conocimiento: el único que vale la pena cultivar porque los demás cesan con la edad. Ese placer consiste en saber relacionar todo aquello que he aprendido con los años. Y es más intenso cuanto más has vivido y aprendido.

—Deme un ejemplo.
—De joven me gustaba el teatro y después me especialicé en inteligencia artificial. Hoy he estrenado en el Festival de Aviñón… ¡y con una crítica excelente!, una obra sobre el caos y la complejidad. Ha sido un placer.

—¿Y de joven no podía sentirlo?
—De joven tu tendencia es a especializarte, porque te falta capacidad relacional, por eso los premios Nobel de ciencias exactas acostumbran a ser muy jóvenes, pero las grandes ideas del humanismo y las ciencias sociales suelen alumbrarse ya en la madurez.

—¿Y eso le sirve para crear sus robots?
—Trato de que lo relacionen todo como yo mismo.

—¿Cómo?
—Les enseño a hablar. Y para lograrlo tengo que saber cómo se generó el lenguaje humano. Esa es la gran cuestión.

—No sé si tenemos espacio aquí para eso.
—No se asuste. Digamos que Chomsky, Pinker y otros avalan el innatismo del lenguaje: llevamos, dicen, la capacidad de hablar en los genes después de millones de años de evolución y ya nacemos con ella.

—¿Y usted cree que no es así?
—Yo creo que el inteligente es el lenguaje mismo no nuestros genes y eso me demuestran mis robots cada día.

—¿?
—Pongo a mis robots a hablar y es el lenguaje mismo quien les hace ponerse de acuerdo.

—¿. ..?
—¿Cómo nos ponemos de acuerdo en llamar a un objeto verde o azul si cada uno tiene una percepción diferente del color?

—Porque hay un lenguaje: unas reglas.
—Pero sin jefes. Yo las he encontrado con mis robots. Cada uno le dice al otro “¿Es esto rojo?” y el otro va contestando. Y, poco a poco, todos los robots se ponen de acuerdo en qué es y qué no es rojo, verde o azul.

—¿Y eso qué demuestra?
—Que el lenguaje, como cualquier sistema complejo, en su uso genera y cumple unas leyes mudables sin una autoridad central.

—¿Las academias no sirven ni el inglés estándar de la BBC o el catalán de TV3?
—El lenguaje lo creamos entre todos, después los señores de la Academia o los correctores de la tele se pueden poner las medallas que quieran diciendo que ellos regulan el idioma con su autoridad, pero no es cierto. El lenguaje es una invención de todos y lo regulamos entre todos… Sin que seamos conscientes de cómo se produce esa mágica autorregulación. Eso es lo que investigo.

—Pero hay gramáticas…
—Que van a remolque de la comunidad de hablantes sancionando lo que éstos ya han decidido que es correcto o incorrecto, porque lo entienden o no lo entienden. Y mis robots hacen lo mismo: el lenguaje de mis robots lo están creando ellos mismos al hablar entre ellos. Yo no he introducido antes ninguna gramática en sus inteligencias artificiales.

—¿Nos inventamos las palabras?
—Cada minuto. Si son buenas y necesarias pasan al acervo común y el innovador o el que repite la innovación obtiene el prestigio de haberlas pronunciado el primero. Si no aportan nada, se pierden y el innovador queda ante el grupo como un transgresor inútil.

—¿Tiene su trabajo aplicación comercial?
—Los grandes de internet: Google, MySpace, Wikipedia, Opensource, están muy interesados, porque saben que ese proceso de creación del lenguaje es el mismo que guía las comunidades de internet. Es la búsqueda de coherencia comunicativa en el grupo. Tiene sus leyes, pero son fluidas. Y ese hallazgo le aseguro que ahora mismo cotiza en bolsa.

—Entonces, ¿por qué los monos no hablan?
—No es porque les falte cerebro, como dicen los innatistas, sino porque son individualistas y, como demuestran los primatólogos, no quieren mostrar sus intenciones al grupo. Desconfían de los otros monos y las ocultan.

—Tal vez con razón.
—Por eso mis robots ya hablan mejor que los primates: no tienen miedo del otro. Y por eso tendrán algún día capacidad simbólica: la de crear, intercambiar, modificar y negar símbolos. Es ella la que nos hace humanos.

—Pese a esa capacidad, nos asesinamos.
—Porque el peligro de los símbolos es que a veces convierten en sus rehenes a quienes los usan. Si no fluyen y se transforman: si no son puentes móviles entre comunidades, los sistemas de símbolos se fosilizan y te aprisionan.

—Es cuando la cruz se une a la espada.
—O el islam que unía pueblos deviene fósil sagrado para la guerra santa. Los radicales de cualquier causa son prisioneros de sus símbolos; los utilizan de modo rígido inmovilista, restrictivo y excluyente. En lugar de abrirles a nuevas comunidades y campos semánticos, los símbolos les encierran y se convierten en sus cárceles de sentido. Ese es el gran peligro de las religiones.

Aibo… ¡Guau!
Los robots de Steels me han enseñado que un símbolo me abre a todos los demás si lo dejo fluir y fluyo con él o me encierra en su cárcel de sentido si me enroco en uno solo de sus significados. Así sucede con estructuras de símbolos como las religiones o las lenguas: cuando los integristas las fosilizan se convierten en prisiones mentales y luego en banderas de enganche para choques de civilizaciones. Steels, que participa en el Simposium sobre Inteligencia Colectiva de la Fundació Caixa Catalunya, es un filósofo del lenguaje que prepara una teoría sobre el origen del simbolismo humano. Es creador del perrito más famoso de Japón, Aibo, un robot perruno que tiene seis emociones, camina, reconoce formas, colores y sonidos, tiene tacto y equilibrio, y aprende.

En: Entrevistas — Septiembre 30, 2006

Trackbacks

Para hacer un trackback a este post usa esta URL


Comentarios

Los comentarios de este post en RSS
  1. Interesantísimo artículo. Muchas gracias.

    Gonzalo - Febrero 13, 2007 @2:12 pm
  2. Por cierto:

    La satisfacción relacional, o cualquier otra clase de cultura, tiene valor en sí misma como enriquecimiento. No es necesario que sea inmediatamente útil.

    Un saludo.

    Gonzalo - Febrero 13, 2007 @2:16 pm

Añade tu opinión


(obligatorio)
¿Añadir la URL de tu blog?

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.

migatocalcetines[arroba]yahoo.es

Secciones

Buscador

Pulsa ENTER al terminar de escribir

Archivo


Enlaces


Sindicar

Puedes Sindicar el contenido de este blog en tu lector de noticias usando alguna de las siguientes formas:



WordPress & Dalarnas

Mi gato Calcetines © 2012 — Algunos derechos reservados