Núria Schönberg: “Hasta de un burro se aprende”
Núria Schönberg, hija del compositor Arnold Schönberg:
«Tengo 74 años. Mi padre fue tan feliz en Barcelona que cuando nací, aquí, me puso Núria. Soy viuda del músico Luigi Nono y tengo dos hijas. Schönberg no fue un santo, gracias a Dios, pero su ética del trabajo inspira mi vida, y también su método para fregar los platos. La música de mi padre no es difícil: no trate de entenderla, siéntala».
• Lluís Amiguet
La Vanguardia
—La herencia de mi padre, reflejada también en su música, es ética.
—¿Cómo la resumiría?
—El hombre se reivindica por la excelencia en su trabajo sin importar la consideración social o la gratificación que obtenga. Mi padre sólo respetaba a quienes hicieran bien su trabajo y sólo admiraba a quienes lo hacían a la perfección.—Justo y necesario.
—A los perfectos los llamaba “maestros”. Dispensaba ese tratamiento a muy pocos. Entre ellos, un vendedor de hot dogs que logró la excelencia en sus salchichas.—¿Y quiénes eran los malos para su padre?
—Quienes en lugar de aportar valor a la sociedad con su trabajo y esfuerzo, buscaban el ventajismo con amistades o chanchullos.—¡Cuánta razón tenía!
—El día de su 70. º cumpleaños coincidió con el de mi matrícula en la facultad de Medicina de UCLA y al llegar me topé con una cola gigantesca. Para evitar perderme la fiesta de papá, busqué a un profesor y le dije de quién era yo hija. Me hizo un pase y me colé.—Su conducta fue legal, pero ¿fue ética?
—Al enterarse mi padre montó en cólera: “¡Has usado mi nombre para obtener una ventaja ilícita sobre los demás!”. Quiso obligarme a pedir perdón a todos los alumnos.
—Incluso más. Cuando escribí su biografía, encontré ejercicios de sus discípulos…
—Privilegiados: era un genio universal.
—Célebre. Se ha exagerado el escándalo que provocó la audacia formal de sus obras. En realidad, tuvo muchísimo éxito en vida. Pero, cuando tuvimos que huir de los nazis y empezar de nuevo en Los Ángeles, para sobrevivir tuvo que dar clases a principiantes.
—¿Lo hacía de buena gana?
—Cada ejercicio, incluso los de aficionados que jamás se dedicarían a la música, lo había comentado por escrito en profundidad como si fueran obras maestras con un enorme respeto hacia cada alumno tuviera talento o no.
—¿Por qué vino a Barcelona?
—Padecía asma y la Academia le concedió un permiso de seis meses en octubre de 1931. Aquí le esperaban su amigo Robert Gerhard, Pau Casals, Lluís Millet y toda una prometedora escuela musical. Aquí compuso Moisés y Aarón,en la casa que alquilaron mis padres en la Baixada de Briz, en Vallcarca.
—Hoy Baixada de Schönberg.
—Siempre me contaba que allí aprendió mucho de un burro.
—¿?
—Hasta de un burro se aprende. Siempre veía a un burro subir en zigzag las escaleras y pensaba: “¡Qué burro es el burro! Si subiera en línea recta, tardaría menos en llegar”…
—Era un hombre de método.
—Hasta que intentó subirlas él y se dio cuenta de que ese zigzag era más inteligente y menos fatigoso, porque evitaba la pendiente máxima.
—¿Qué le contó su padre de su niñez?
—Fue un niño judío que aprendió música casi de oído en el Prater de Viena, porque en su barrio vivían la música. Cuando murió su padre tenía 17 años y tuvo que trabajar en un banco que luego quebró, y él, encantado, decidió que se dedicaría sólo a la música.
—¿Fue al conservatorio?
—No se lo podía permitir. A mí me explicó que aprendió a componer gracias a una enciclopedia de la música. “Tuve que esperar —me contó— a que llegara el fascículo con la letra s para saber componer una sonata”.
—Cuando hay ganas de aprender…
—Luego, por supuesto, estudió con el gran Alexander Zemlinsky y así conoció a la también discípula del maestro, Alma Mahler.
—¿Y usted también trató a Alma?
—Claro. Alma era una gran amiga de mi familia, incluso después de morir mi padre venía a vernos a menudo.
—La calidad intelectual de los amigos y amantes de Alma llama la atención.
—Ella no era especialmente creativa, pero tenía un talento peculiar: sabía escuchar.
—Klimt, Zemlinsky, Kokoschka, Gropius, Mahler, Werfel, Hollensteiner, Freud…
—Con mi padre no tuvo relaciones íntimas, como se ha insinuado, pero sí que fueron grandes amigos de por vida, cosa entonces nada fácil entre un hombre y una mujer.
—Sigue sin serlo.
—Alma fecundaba con su personalidad a todos esos genios. Me impresionó leer la carta que le envió mi padre con su manuscrito de La escalera de Jacob, “porque, Alma, usted es la única persona que sabrá entenderlo”.
—El exilio de Los Ángeles fue notable.
—Verá usted fotos allí de mi padre con Chaplin, Mann, Brecht o Einstein, pero la verdad es que sus encuentros eran ocasionales. En California llevaba una vida concentrada en sus clases y su obra: música, pintura y literatura… Y en su familia: nos adoraba e inventaba todo tipo de utensilios domésticos.
—No es un compositor fácil.
—A Schönberg no hay que entenderlo, hay que sentirlo.
—Tomo nota.
—Tal vez sin saberlo, seguro que ya ha disfrutado usted de su influencia en las bandas sonoras de las películas de los 40 y los 50.
—¿Y si quiero empezar a sentir su obra?
—Escuche El superviviente de Varsovia y la Oda a Napoleón Bonaparte.
—Lo haré.
—Un joven director me explicó que, de todo su repertorio, el Schönberg Trio era el más emocionante para el público. Mi padre lo escribió después de haber sufrido un infarto: estuvo clínicamente muerto y logró regresar tras una inyección directa en el corazón.
—Experiencia epifánica.
—Oír su Trio es volver a vivir con él.
Friegaplatos
Además de revolucionar el lenguaje musical y ser notable pintor y ensayista —como comprobarán en la exposición ´Schönberg-Barcelona´, de la Fundació Caixa de Catalunya, en la Pedrera—, Núria Schönberg me cuenta que su padre ideó un método para fregar los platos. El músico, genio proteico, tenía en cuenta temperatura del agua y masa de vasos, platos y cucharas para regular el orden de fregado con precisión; su ajedrez para cuatro jugadores premia las alianzas en lugar del enfrentamiento y es un clásico de la lógica. Menos conocida pero no menos notable es su ´percha para falda´, que Núria aún utiliza, o su tintero siempre rebosante o su dispensador de cinta adhesiva o —y aquí Núria se enternece— el semáforo de juguete que les fabricó una Navidad sin dinero para regalos.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
Muy buenas las imágenes de los gatos entre la nieve!!
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