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Eugenio Vélez Troya: “Averigua el móvil y tendrás al criminal”

Eugenio Vélez Troya, 85 años, decano de los detectives privados españoles:

—Una joven criada que sufría frecuentes desmayos acudió a la consulta del médico. El galeno la examinó con detenimiento y me la remitió.

—¿Por qué?
—Sospechaba que alguien le extraía sangre.

¿Vampirismo?

Lluís Amiguet
La Vanguardia

—El de la ignorancia, querido amigo. La enferma servía en una casa de postín de la zona alta. Cada noche el ama de la casa le daba un vaso de leche; yo le pedí a la criada que cogiera una muestra de aquel tazón: era narcótico.

—¿?
—Me hice pasar por vendedor de enciclopedias y me presenté en la casa por sorpresa. Les sorprendí con una jeringa en la mano…

—¡¡¡! !!
—El rico matrimonio tenía un hijo adolescente tuberculoso. Una vidente les había asegurado que sólo la ingesta de la sangre de una doncella podría sanarlo. Y se la extraían.

—Esto es de posguerra, oiga.
—Le habló del año 1944. España y Barcelona eran así. Detuvimos a los sangradores y la pobre doncella dejó de desmayarse. La tuberculosis arrasaba. Recuerdo otro caso de tisis…

—Cuente, cuente.
—Una enferma me contrató porque recibía unas esquelas que decían: “Pronto morirás”.

—Glubs.
—La pobre convaleciente se pegaba unos sustos… Tomé nota de todas sus circunstancias y concurrían dos muy sospechosas.

—A saber.
—La señora tenía un piso en propiedad y a toda su familia en un pueblecito cordobés.

—¿Familia que tenía prisa por heredar?
—Por ahí va la cosa. Fui al pueblecito y allí vivía una cuñada que esperaba heredar el pisito y escribía los anónimos para acelerar el proceso. Por eso se interesaba tanto por ella.

—Mobbing inmobiliario familiar.
—Las herencias me han dado mucho trabajo.

Ya en 1951, una señora viuda de posibles se acercó por mi despacho para pedirme informes sobre otro viudo, al parecer bien situado y de buen ver, que la requería.

—Hacía bien la señora en desconfiar.
—¡Y tanto! Pude averiguar que el dichoso viudo había heredado su fortuna de su anterior esposa enferma, cuyo final aceleró el susodicho colocando un ataúd en la cama donde la enfermedad la tenía postrada. Al despertarse y encontrarse con tan desagradable compañía, la impresión le costó la vida.

—¡Jolín con el taimado viudo!
—Mi informe salvó a la viuda de desposar a aquel indeseable. El susto es crucial en nuestra salud, y si no me cree lea esto, joven.

—”Una mujer resucita a las 19 horas de haber fallecido y el marido muere de la impresión” (Diario Madrid; mayo de 1951).

—Sucedió en Callosa de Segura. Un susto puede matar. Lo que vengo a decirle es que el cliente puede perder la cabeza, pero si su detective no la mantiene fría, fracasará.

—Y si fracasa, no cobra.
—En 1957, resolví en la calle Marià Cubí un célebre caso de secuestro infantil.

—Crimen vil donde los haya.
—Había que solucionarlo en 24 horas. Recogí toda la información sobre la familia: busca el móvil y tendrás al criminal. Lo encontré: era una mujer. Seguimos a los tipos que fueron a cobrar el rescate. Se dirigieron a la casa de ella, la amante del padre del niño.

—¿?
—El secuestro había sido tramado por el padre del niño para chantajear al abuelo del chaval, su suegro, y huir con aquella amante.

—¿Intervino en algún caso de alta política?
—Participé en el de Carmen Broto, cuyas claves estaban en el espionaje, pero también me las tuve que ver con todo un señor gobernador civil de Franco en ejercicio.

—Aquellos tipos mandaban mucho.
—Pues éste, enamorado de una jovencita, ya había intentado asesinar a su esposa, una rica heredera, en dos ocasiones: averiándole los frenos del coche en la primera y fingiendo un escape de gas en la segunda.

—Encima de asesino, el tipo era un inútil.
—La señora, asustadísima, fue a ver a Franco y un ayudante del Caudillo le ofreció dinero para que callara. Luego vino a verme a mí.

—Usted era más de fiar que el Generalísimo.
—Convenimos en fijar un sistema por el que ella registraría su firma y me iría llamando regularmente para asegurarme de que su marido no conseguía internarla en un manicomio ni la asesinaría. Seis años después, la señora falleció de un ataque al corazón.

—Esperemos que fuera natural.
—Mi intuición, mi mejor herramienta, me dice que entonces sí, pero en otra ocasión me dijo que no. Una señora se presentó en la agencia para pactar un precio especial por pedir informes sobre varias personas cada mes.

—¿Para qué los quería?
—La seguimos. Y la señora tenía un despacho impresionante. Era vidente. Ahora, sea usted mismo el detective y ligue cabos.

—Hummmmm… Creo que… ¡Caso resuelto!
—Ya en 1981 una señora vendió su piso de 37 millones a un matrimonio amigo. El marido le dijo que le pagaría en talones de medio millón. Después la convenció de que él mismo le colocaría el dinero en un banco de confianza que daba más interés que el mercado.

—¡Qué peligro!
—Cuando la señora dejó de cobrar los intereses y reclamó, el comprador dijo que jamás había recibido dinero alguno. Y el tipo lo había planeado: era imposible probar nada.

—¿Solución?
—La convencí de que fingiera un suicidio y escribiera una carta al juez denunciando la estafa. El juez, un buen amigo, citó al desaprensivo, quien, entre dos policías, y ante el juez se derrumbó y cantó. Otro caso resuelto.

Caso resuelto
Los 84.432 casos en los que intervino la agencia Vélez Troya en casi medio siglo y que don Eugenio ha archivado con esmero constituyen un detalladísimo fresco de los agujeros negros de nuestra historia reciente: videntes, criadas celosas, estraperlistas, espías, contables desaprensivos que Vélez pillaba por desfalco en una empresa y, perdonados, volvían a desfalcar en otra, que volvía a llamar al propio Vélez; maridos y esposas infieles que hoy solucionarían su problema en cinco minutos y entonces acaban de criminales… De todo. Espigo casi al azar cuatro casos que el detective me refiere con el mismo entusiamo que si acabara de obtener la placa, y luego seguimos hablando, pero me exige el ‘off the record’ para lo mejor. Y me susurra: “No quiero jugarme el tipo”.

En: C'est la vie, Entrevistas — Agosto 31, 2006

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Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.

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