‘El perro de Erick’
“Pregunto por sus nombres. A la velocidad con que intercambian sus silbidos de alerta, los jóvenes cruzan miradas, sonrisas que apenas alteran la expresión de los rostros. En ese conciliábulo privado están decidiendo si deben responderme y si en el momento de hacerlo dirían la verdad.
El muchacho acuclillado contra la pared juega con su escapulario de la Santa Muerte. Me sonríe, saca la lengua adornada con una esfera metálica y enseguida la retrae con rapidez viperina. Escucho a mis espaldas las risas de sus compañeros. Los satisface verme sorprendida, sitiada en sus terrenos: la casa interminable de dos pisos donde se refugian cuando deciden huir de la calle, hacerse el propósito o las ilusiones de que no volverán a deambular sin rumbo, a dormir en alcantarillas, quicios y terminales, a entrarle al pomo, la yerba, las tachas, la mona, la piedra, el polvo… lo que sea, con tal de mitigar el hambre y el frío, los recuerdos.
El muchacho de la lengua torturada responde: “Me llamo Erick”. Los rumores y las risas prueban lo que sospecho: miente. “¿Tu padre se llamaba así?” Parpadea y sacude la cabeza: “No. Mi perro”.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
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