Clara Valverde: “Si un indio cri te mira, te ve el alma”
Clara Valverde, vivió cuatro años enteros con los indios cri:
“Tengo 49 años. Nací en Barcelona, y a los diez años nos fuimos a vivir a Canadá, de donde volví hace doce años, por amor. Estoy casada con Ángel, y no tenemos hijos. Soy subversiva, rebelde, no acepto más pautas que las del corazón. No tengo religión…, pero con los indios cri vi cosas que no tienen explicación racional: ¡vivir con ellos me cambió!”.
—¿Salió de España con sólo 10 añitos?
—Mi padre, José María Valverde, catedrático de Literatura, se solidarizó con el profesor Aranguren, expulsado por el régimen franquista. Y nos fuimos. Acabamos en Canadá.—¿Qué le pareció aquello?
—Me alegró descubrir que se podía ser mujer de otra manera…—¿Qué quiere decir?
—En España, de niña, yo tenía claro que no sería como las mujeres que veía: encerradas, resignadas… ¡Yo quería ser libre! Y vi que allí podría serlo.—¿Y lo ha conseguido?
—A los 18 años ya dejé la casa paterna, como todos los jóvenes allí. Poco después mis padres regresaron a España: ¡Franco había muerto! Pero yo me quedé allí: en la sociedad española me encontraba fuera de sitio…—¿Se considera canadiense?
—No: mi país es otro.—¿Cuál?
—Es un país interno, un país del corazón: siento que lo tengo, y que es mi sitio. Descubrí ese país viviendo con los indios cri…
• Víctor-M. Amela
La Vanguardia
—¿Quiénes son los indios cri?
—Viven desde hace seis mil años en un territorio limítrofe con la bahía de Hudson, en el actual Quebec, a unos 1.500 kilómetros al norte de Montreal, tan aislado que sólo se puede llegar en avioneta…
—¿Cómo viven esos indios?
—Son unos 13.000 en una extensión similar a España, y son seminómadas: su calendario se rige por la caza del caribú y del pato. Y tienen una historia trágica.
—La de tantos pueblos amerindios, ¿no?
—Verá: en 1950, el gobierno arrancó a los niños de sus familias y los envió a lejanos internados. Desgarraron la vida de los padres y traumatizaron a toda una generación: a esos niños les prohibieron hablar cri bajo castigos físicos, lloraban todas las noches…
—¿Por qué se hizo tamaña salvajada?
—Para aculturarlos, que perdiesen su identidad cri, para “civilizarlos”… Cuando volvieron a sus poblados, afloró todo ese trauma… Ha habido suicidios, alcoholismo, violencia doméstica… Son gente de mi edad.
—¿Y qué hacía usted entre los cri?
—Como experta en sanidad pública y especializada en el trato clínico con el paciente, llegué en 1990 como asesora sanitaria. Allí, el Gran Consejo Cri me pidió que les ayudase en esos traumas psíquicos.
—¿Pudo ayudarles?
—Me asusté. ¡Yo no entendía nada de eso! Quise irme. Además, llegué con 40º bajo cero: casi no podía respirar del frío, la piel expuesta al aire se quemaba a los 20 segundos, si escupes se congela la saliva… Era horrible… Y todo blanco… ¡Pero acabé quedándome cuatro años! No sé si yo les ayudé, pero sí sé que a mí ellos me cambiaron.
—¿Qué le hizo quedarse?
—Algo misterioso… Lo llamo “la mirada cri”, su intuición. Me decían unas cosas…
—¿A qué se refiere?
—Los cri te miran y lo saben todo de ti: te ven el alma. Ytú notas en seguida que te han visto por dentro, que es ya superfluo fingir.
—¿Qué vieron en usted?
—Bajo esa mujer blanca racionalista, disciplinada, tan segura de todo…, me vieron insegura, frágil, vulnerable, perdida.
—¿Sí? ¿Ésa era usted?
—Sí. Uno me dijo: “No tienes círculo”. Me conmocionó. Era un chamán cri. Ellos están muy ligados unos a otros y sus tipi son circulares. Los tipi son las tiendas para ceremonias, o para cuando van de caza a los bosques… Los chamanes se encierran ahí para consultar a los mistapaau,los espíritus.
—Oiga…, ¿de veras cree usted en todo eso?
—Soy la persona más escéptica del mundo, pero he visto cosas que… Nunca olvidaré nuestra primera reunión de trabajo…
—Cuéntemela.
—En plena charla, uno se queda callado, levanta la cabeza, se pone de pie y sale de la sala. Luego, otro hace lo mismo. Y otro… ¡Y todos! Salgo afuera: miran al cielo. “¿Qué pasa?”, pregunto. “Llega el pato”, musitaron.
—¿El pato?
—Cuando llegan los patos, los hombres cri lo dejan todo y se van a la caza del pato… Yo sentencié: “¡No veo ningún pato, vamos adentro!”. “Vienen, vienen”, insistieron…
—¿Y?
—Veinte minutos después, ¡los patos volaban sobre mi cabeza! Los cri reciben información de un modo para ellos tan natural como para usted hablar por teléfono o por e-mail…
—¿Sentidos sutiles que los conectan entre sí y con la naturaleza?
—Sí. Son muy sensibles: invité a Montreal a un amigo cri y tuvo que salir del metro ¡porque le afectaban todas las emociones que captaba de la gente que viajaba en su vagón!
—¿Se adaptó usted bien a la vida de los cri?
—Toda mi vida me había preguntado si existiría una sociedad de gente digna, respetuosa, delicada, desinteresada… ¡y la encontré!: los cri. “Tienes reloj pero no tienes tiempo: lo que importa está aquí y ahora”, me enseñaron, y de ellos aprendí a burlarme de mi cabeza y a escuchar a mi corazón y seguirlo.
—¿No lo escuchaba usted?
—No. ¿Y usted? Veo que aquí la gente se queja, pero no escucha a su corazón: ¡les da miedo! ¿Es eso vivir? No. Yo aprendí. Y supe que me quedaría siempre con los cri…
—Entonces, ¿qué hace aquí, Clara?
—En un viaje a Catalunya me enamoré de Ángel… Volví con la cabeza hirviendo de dudas: ¿qué haría? ¿Me quedaría en mi mundo cri? ¿Me iría a Barcelona? Mi amigo chamán me vio, entendió, señaló su corazón y me dijo: “Sólo puedes saber lo que tu corazón siente ahora. ¿Qué siente?”. Y… aquí estoy.
Sueños
Clara escribe casi cada día su diario, y de esas notas y de sus maravillosas vivencias entre los cri brota un libro espléndido, ´En tránsito de sueño en sueño´ (El Cobre). Cuenta que los indios cri atienden a sus sueños para guiarse en el día a día, y cómo ella aprendió a asumir esa cosmovisión. Ella, la escéptica, la rebelde, la hija del catedrático rojo…: “De mi padre me queda el carácter firme para ser coherente con lo que creo justo”. Ahora está muy enferma: una disfunción neuroinmunológica le provoca un síndrome de fatiga crónica, infecciones, dolores… “Gozo con gran intensidad los minutos en que estoy bien, porque son pocos”, dice, y lucha para que la sanidad se ocupe de esta enfermedad. No sabe si volverá con los cri: “Vivo el aquí y ahora…”. Lo aprendió de ellos.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
Debe ser maravilloso convivir con gente así. Qué dariamos todos por tener amigos así. Creo que se ha de ser muy valiente para intentar entrar en una sociedad tan distinta y que ademas te dejen incorporarte a ella. Sí, tu eres capaz de dar todo lo que puedes y más pero ellos lo saben? Te dejan hacerlo?
mili:me conmovio leer su historia con los indios cri ya que tengo desendencia india y entiendo en carne propia lo que usted vivio
esther: a mi me ha gustado mucho la valentia que tiene ahora para afrontar la enfermedad y saberla llevar cada dia y lo mas importante transmitir ese mensaje para muchos porque nosotros somos auxiliares de un socio sanitaro
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