Lucien Badjoko: “Cuando veía un hombre, le disparaba”
Lucien Badjoko, niño soldado en las selvas de Congo.
—¿A cuántos ha matado?
—No sé, no los he contado.—¿Qué sentía con un arma entre las manos?
—Mucho poder. Superioridad sobre los demás. Y placer.—¿Cuál era su arma favorita?
—La ametralladora MiniMag portátil era fantástica, te sentías seguro. Pero mi favorita era la M16, el arma más pesada y poderosa que he usado: ¡me chiflaba aquel sonido!—¿Recuerda a su primer muerto?
—A los 12 años: en la guerra en plena selva, o tú matas o te matan. Caminaba y me topé con aquel tío alto… Le di en un ojo, creo…—¿Y luego?
—Seguí matando. Cuando veía un hombre, disparaba. Incluso a los de mis filas que caían heridos: para que el enemigo no los capturase y los torturase.
• Víctor M-Amela
La Vanguardia
—¿Qué le llevó a la guerra?
—Yo soñaba con ir a la guerra. Sin saber bien lo que sería eso de la guerra, claro…
—¿Por qué quería ir a la guerra?
—Me gustaban las películas de Schwarzenegger, Norris, Van Damme… Me aburría yendo de casa a la escuela, de la escuela a casa. Y, sobre todo, estaba harto de los militares del dictador, que nos humillaban en la calle, que abusaban de nosotros…
—Se refiere al dictador Mobutu.
—Salías de una tienda ¡y sus soldados te quitaban lo que acababas de comprar! Robaban, violaban, mataban a su antojo. Mi madre tenía una tienda y se la saquearon: ¡no dejaron ni los picaportes!
—Una situación insoportable, desde luego…
—Un día una patrulla me dio el alto en la calle y quiso robarme las botas. ¡Unas botas militares que acababa de regalarme mi madre, que a mí me encantaban! Discutí, y empezaron a apalearme, pero logré escapar…
—¿Ayudó eso a que se enrolase en la guerra?
—También. Y no sólo yo: muchos amigos de mi edad. Queríamos la aventura de combatir, y también darle fuerte al dictador.
—¿Qué formación militar recibió?
—A llegar al campamento, a 2.000 kilómetros de casa, los jefes nos juntaron a todos los niños en un claro de la selva y empezaron a darnos palizas. Durante días. Vi morir a tres niños, reventados.
—¿Por qué hacían eso?
—Para convertirte en buen soldado. También nos ordenaban hacer un hoyito en la tierra y copular con ella, desnudos: para que enterrásemos todo pudor, para despojarnos de vergüenzas, para igualarnos a todos.
—Buf…
—Y nos hacían correr, hacer flexiones, dormir al raso, y todo entre palizas. Yo lloraba a escondidas, pensando en mi madre…
—¿Por qué no se largó de allí?
—Pensé en huir…, pero vi cómo mataban a golpes a dos niños que lo intentaron: lo descarté. A los once días así vi que me dolía pensar en mi familia, así que dejé de hacerlo: y decidí que sería soldado, ¡el mejor soldado!
—Era la única salida para sobrevivir…
—Ese día abandoné mi infancia para siempre. Era soldado. Y me nombraron instructor. Y les hice a los niños nuevos todo lo que a mí acababan de hacerme. Y lo hice a conciencia. Hasta que un día entré en batalla…
—¿Qué sentido le daba a su lucha?
—Queríamos derrocar al dictador y edificar la nación, construir Congo. Y avanzábamos y avanzábamos por la selva…
—Matando.
—Y muriendo. No puedo olvidar a mi amigo Christian, al que una mina le voló las piernas y al que abracé hasta que murió. Y a mi amigo Anisée, al que vi cómo le saltaba la cara de un balazo por la nuca…
—¿Por qué está usted vivo y ellos muertos?
—Cada uno tiene un destino. Unos mueren en la barriga de su madre, otros mueren al nacer, otros mueren a los doce años, otros…
¡Cada uno tiene su tiempo, tiene su hora!
—¿Cuántas veces pensó: “Es mi hora”?
—Las dos veces que me hirieron de bala. Las dos en el mismo lado, en el mismo costado. Disparábamos de perfil, para ofrecer la mínima superficie a los tiradores enemigos.
—Las balas no pudieron con usted…
—Dios me quiere mucho. Lo sé, lo sé.
—¿Qué hace usted para que Dios le quiera?
—Eso no depende de lo que uno haga o deje de hacer. Sólo sé que Dios me protege. Lo sé.
—¿Les ayudó Dios a vencer?
—¡El caso es que unos niños derrotamos al ejército regular de Mobutu, un ejército formado, preparado! ¡Un ejército de niños acabó con 32 años de dictadura! Cuando entramos en Kinshasa, la gente no se creía que esos niños hubiesen derrocado a Mobutu.
—¿Qué sintió entonces?
—Un gran placer. Mi corazón saltaba. ¡Había cruzado 2.000 kilómetros de selva, matado, sufrido tanto…! ¡Y éramos tan pequeños…! Y habíamos ganado. ¡Éramos luchadores del pueblo, libertadores! Éramos héroes.
—¿Siguió en el ejército?
—Sí, ahora luchando contra los tutsis… De nuevo matanzas, torturas… Y como en el fondo nos sentíamos niños, frágiles, éramos más crueles que nadie en las torturas de prisioneros. Para crecernos, para sentir el poder.
—¿Recuerda alguna de esas torturas?
—El placer de sentir mi bayoneta hundiéndose en la rodilla de aquel prisionero…
—¿Qué le hizo abandonar todo eso?
—Un día pensé que la disciplina militar me impedía ser dueño de mi futuro. No me compensaba. Pero del ejército no podías irte…
—¿Y cómo lo hizo?
—Me hice pasar por herido y así logré subir a un helicóptero de evacuación. Y, al aterrizar en Kinshasa, me despojé del uniforme para poder mezclarme entre los cientos de niños que venden baratijas en el aeropuerto…

Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.
Comentarios
joder, lo que ha passado el chico…Y nosotros quejandonos de que no nos quieran comprar la play
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