“Cuco del rey, rabo de escoba, ¿cuántos años quedan para mi boda?”
«Ya tenemos de nuevo en casa a prácticamente todas las aves que se fueron a África el pasado otoño. Milanos, alimoches, alcaudones, vencejos y hasta ruiseñores, cuyos primeros machos se han dejado escuchar esta semana en Sevilla.

Especies que pasan la mitad de su vida en remotos lugares, a los que llegan por instinto, pues en su primer año de vida ya tienen esa impronta que les orienta para poder llegar a esos mismos lugares en los que nunca han estado, para los que deberán sortear mil y un peligros, y hacia los que van en las mismas fechas, respondiendo a una llamada irresistible de la naturaleza.
Aves sobre las que siempre me hago la misma pregunta: ¿Son de aquí pero huyen del frío como los jubilados nórdicos vienen a España, o son africanos temporeros que acuden todas las primaveras a Europa en busca de un territorio donde sacar adelante a su prole? Si el burro es de donde pace y no de donde nace, nuestras aves migratorias tienen entonces doble nacionalidad.

De todas ellas, debo reconocer mi debilidad por el cuco (cuclillo, pecu, cucut, kuku), ese extraordinario pájaro que pone los huevos en nido ajeno, mientras se dedica a adivinarnos el futuro con su inconfundible canto.
Los primeros ya resuenan en los valles de medio país, potentes y decididos. «Cuco del rey, rabo de escoba, ¿cuántos años quedan para mi boda?». Ya saben, cada cu-cu es un año de espera antes de pasar por la vicaría o el juzgado.
Otra retahíla menos recomendable es la de preguntarle: «Cuco del rey, rabo de fierro, ¿cuántos años quedan para mi entierro?». Pero tampoco se lo tomen a pecho. Como reza la canción berciana: «Dejadle que cante, que canta mejor, señal de que llega la buena calor; que el cuco rubiello, como es holgazán, en llegando el verano parará de cantar».
• César-Javier Palacios

Escuchen cómo canta el cuclillo gris (cuclillo canoro). Pero no lo escuchen mucho, no les pase lo que a estos dos labriegos:
«El diccionario incluye como cuco al hombre astuto y taimado que solo mira por su medrar personal y asegura Covarrubias, en el “Tesoro de la lengua castellana”, que el cuclillo es pájaro de pésimo agüero para maridos celosos porque, a quienes tenían apaños con mujeres casadas, también les llamaban cucos, al no hacerse cargo de la prole resultante; por ello siempre hubo quien, al oír el cucú, sintió alusión a los cuernos. Cuentan de dos labriegos bercianos que, al ir juntos de camino, sonó el cuco y…».
‘La abeja y el cuclillo’ (audio), de Tomás de Iriarte.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
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