‘Cuando Clara cambió a Geno’

«Se enamoraron porque no se parecían en nada. Ella era la vicepresidenta de una encuestadora española y él, un bajista de jazz. Ella vivía en una mansión de San Isidro y él, en un departamento de Barracas. Ella era formal y elegante, y él era desgreñado y transgresor. Ella era habladora y rápida, y él era lento y silencioso. Ella era ordenada y pragmática, y él era caótico y ciclotímico. Ella era amante de los deportes y la naturaleza, y él era sedentario y alérgico al sol. Se llamaban Clara y Geno».
• Fernández
La Nación
Se llamaban Clara y Geno, ella venía de dos matrimonios frustrados y él volvía de una catarata de convivencias confusas: se casaron a cielo abierto una noche primaveral de 1997.
Fernández, que había sido cliente de la encuestadora, asistió a esa boda con más fastidio que deseo, pero al rato notó el abismo que sobrellevaba la pareja despareja y sintió mucha curiosidad. A una determinada hora de la madrugada, Geno y su banda tocaron algunas versiones quebradizas de Benny Goodman y Charlie Parker, y Clara tomó el micrófono e improvisó un divertido monólogo sobre cómo se habían flechado a pesar de las enormes diferencias. La volvía loca, previsiblemente, aquella módica rebeldía que el músico exudaba. Fernández observó que los amigos y familiares de unos y otros aplaudían pero no se mezclaban nunca: pertenecían a tribus antagónicas y podía reconocérselas a simple vista por sus peinados, por sus ropas y hasta por la manera en que el champagne los achispaba.
La primera noticia que Fernández volvió a tener de los cónyuges fue cuatro años después, cuando la encuestadora le confesó al final de una reunión de trabajo que se acababa de separar. Se echaba la culpa de todo, estaba destrozada. Vistas en retrospectiva, las cosas no habrían podido ocurrir de otra forma. Y empezaron a ocurrir en la mismísima luna de miel, que se hizo donde ella dispuso, dado que le espantaba que él se hubiera perdido tantos lugares obvios y magníficos, tanto patrimonio de la humanidad. A su regreso, Geno ya no usaba barba. Sólo le quedaba un bigote ramplón que lo hacía más atractivo pero menos inteligente. Seis meses más tarde se había cortado el pelo y le estaban arreglando la dentadura: aquellas piezas encimadas y amarillentas por la nicotina comenzaron a formar una blanca hilera perfecta gracias a los puentes, las fundas y los implantes. Clara cargó luego contra ese estilo agreste y lo hizo virar hacia un elegante sport. Sus propias amigas, al principio cautas, lo veían ahora tan guapo y limpio que no podían resistir la tentación de flirtear con él. Geno se dejaba llevar, entre divertido y maravillado, por tantas transformaciones. Clara comandaba esos experimentos con amor legítimo y tenacidad de madre. Le estaba cambiando la vida, y le gustaba mucho ese papel de maestra y diosa bienhechora.
No quiso, en esa misma línea, que Geno siguiera tocando en tugurios, y le instaló un estudio impresionante en el subsuelo de su casa, adonde los otros músicos iban a ensayar, primero extasiados por la tecnología, luego a regañadientes por esa asepsia naïf de zona norte y al final irritados por la simple envidia. Un día le plantearon a Geno que ese “quirófano” pasteurizaba el jazz y que abandonaban esa locación o se desintegraban. Finalmente se desintegraron, y Clara convenció a su marido de que ingresara en el Conservatorio Nacional. Luego, por supuesto, introdujo a Geno en la cultura del gimnasio y la vida sana. Modificó sus horarios, sus hábitos alimentarios y sus expectativas. Y lo arrastró a los campos de golf, donde lo convirtió en un adicto, y a las pistas de esquí, donde acusó varias heridas. En esos ambientes, el bajista de Barracas conoció a hombres de negocios que lo tentaron lúdicamente en largas sobremesas con inversiones exóticas y ganancias fáciles. Geno entró en el casino financiero como una adolescente en un lupanar, pero con el tiempo le tomó el gusto al juego: la plata puede ser una pasión más absorbente que cualquiera. y la plata terminó sustituyendo a la música en el universo sensorial de ese hombre dispuesto a cruzar los límites y a cambiar hasta los vicios. Sus parientes no lo reconocían y aunque en un principio les había caído bien la mano protectora de Clara, a los tres o cuatro años la odiaban con activa militancia.
Nunca pudieron tener hijos, y cuando la encuestadora propuso pasar a los tratamientos especiales, el ex bajista se resistió por primera vez a una orden. Se había establecido entre ellos, para entonces, un leve desgano. La negativa sorprendió tanto a Clara que comenzó a verlo con otros ojos. El se estaba convirtiendo en ella, y había cada vez más discusiones en casa. Pero no discutían por diferencias, sino por rivalidades. Clara le dijo a Fernández que allí había comenzado la “etapa del envenenamiento”. Fueron envenenando paulatinamente la convivencia. Hubo algunos griteríos y pujas, y sobre todo largos y rutinarios silencios. Clara se dio cuenta de que para ella él había perdido el viejo encanto. Y viceversa.
Una noche, al volver de un viaje a Londres, la encuestadora no lo encontró por ninguna parte. Habían desaparecido su ropa, sus instrumentos y su bicicleta fija. Geno, que había dejado la ciclotimia, acababa de abandonar a su mujer sin explicación alguna. Clara estuvo buscándolo por teléfono varios días, humillándose ante sus propios amigos, y llorando por los rincones. Creyendo por un momento que había regresado a su antigua vida, lo buscó también por los viejos tugurios y por Barracas. A la semana, recibió una carta de Geno desde Nueva York. Era la despedida. Un texto más escueto que elocuente que terminaba con una frase paradójica: “No pensábamos lo mismo”.
—Claro que no pensábamos lo mismo —decía Clara, enojadísima—. ¡Y ésa era la gracia, imbécil! Esa era la gracia.
En el diván de su terapeuta fue canalizando su ira, aceptando sus errores y domesticando su depresión. A pesar de que ya había pasado por el fracaso matrimonial, nunca había sufrido tanto. Adelgazó diez kilos, comenzó a tomar ansiolíticos y antidepresivos, tuvo un accidente con su auto, se desmayó una tarde en un pasillo del Hilton, perdió dos o tres clientes de peso y su socio español le sugirió que se tomara un año sabático. Fernández no volvió a verla hasta el 2004, pero supo que al final ella vendió su parte y se retiró a las sombras. Nadie la vio nunca más en el circuito de las consultoras, y muchos creían que se había ido del país. Pero de pronto un amigo de un amigo vinculado a la crítica de arte le dijo a Fernández que ella estaba pintando. Fernández no quiso creerlo, pero un día recibió una invitación para una pequeña muestra. No pudo perdérsela. Era una salita más bien modesta, en los Village de Recoleta, y el vino y el jazz de fondo resultaban lo único de verdadera y legítima calidad: Clara era nada más que una empeñosa amateur con plata. Sus pinturas eran sombrías y sugerían desencuentros, atracciones, polos opuestos. Lo más sorprendente, sin embargo, no era su obra, sino su aspecto: le costó a Fernández reconocerla con el pelo largo hasta el coxis, envuelta en una camisola hippie y tocada por un sombrero bohemio. Cuando se acercó para saludarla le pareció que sus dientes estaban levemente amarillentos por la nicotina: ahora fumaba en boquilla de oro. En lugar de hablarle de sus cuadros, la ex encuestadora le dijo, entusiasmada: ¿Adiviná con quién cené anoche? Estamos volviendo.

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
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