—Quiero un gato, quiero un gato, quiero un gato… —¡No!, que se carga el sofá
De cómo los gatos llegaron al corazón y la casa de Conxi. Los que se fueron y los que aún están. A todos los quiere. Y así lo nos lo cuenta:
Mi amor por los gatos es relativamente reciente. El culpable es mi querido maridín, que me hinchó la cabeza (“quiero un gato, quiero un gato, quiero un gato…”, y yo: “¡no!, que se carga el sofá; ¡no!, que se carga el sofá…”) y conspiró con mi cuñada, que tiene una siamesa, y nos la dejaron un mes porque se fueron de vacaciones.
El resultado: caí rendida ante las artimañas zalameras de Carisa, la siamesa con ojos de dibujo manga.
Y unos meses después (porque, claro, tras el regreso de sus vacaciones, la mantuve secuestrada unos días, y mi sobrina reclamaba a su gata día y noche), me trajeron a Nit, con la excusa de ser mi regalo de cumpleaños.
Ahí la tienen: una gata negra de ojos verdes y mirada un pelín estrábica (a lo Cristopher Lambert) que no pesaba más de un kilo a pesar de sus cuatro meses largos.
Había sido recogida de la calle por una amiga de mi cuñada, una “Francisca de Asís” que recoge todo ser vivo desvalido, y Nit acabó conquistándonos el corazón en un plis y… rompiéndome el sofá…
Luego vino Llum, de un mes de edad, hija de madre callejera recogida también de la calle por “Francisca de Asís”.
A los quince días de su llegada a casa, se puso a morir. Nos la llevamos de urgencias y nos confirmaron lo que sospechábamos: tenía leucemia.
Se aferró a la vida con uñas y dientes para ser una gata tan pequeñina. Le dimos interferón, cortisona, antibióticos, antitérmicos, hasta medicina homeopática. Pero, al final, Llum se rindió… Mi gatita bebé… Siempre la echaré de menos…
Y luego llegó Lluna, rescatada de una vitrina (porque para mí fue un rescate), con dos meses y tricolor carey.
Mi marido dice que tiene los ojos como los faros de un Twingo. Es una gata peculiar de los pies a la cabeza, en físico y en carácter. Las tonalidades de su pelaje recuerdan a un cuadro abstracto o a una camiseta marrón hippie de esas que se hacen metiéndolas en lejía.
Hay gente que no quiere este tipo de gatas porque las consideran gatas feas o gatas de pueblo. Pues a mi Lluna me parece preciosa (y lo es), y a pesar de ser de ciudad (y la gente de pueblo me cae fenomenal…).
Aúlla como un perrito y tiene una gran cantidad de registros polifónicos. A veces parece que se haya tragado un patito de goma, y otras un mono en plena selva amazónica. Pero es un dulce de gata, un ángel con patas y pelo que te trae un ratoncito de peluche en cuanto se lo tiras.
Y nada más, es un resumen de mis dos amores. Mi sofá vivió tiempos mejores, pero me importa un pito, me levanto pensando en ellas y me acuesto con ellas en los pies.
• Relato y fotos enviados por Conxi.







Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
Comentarios
Hola, me ha gustado tu relato. Lo del sofá es gracioso. Yo tengo un gato, Pocholo. Para solucionar lo del sofá: fundas de sofá y su sitio para arañar.
Un saludo
Gracias en nombre de Conxi, el relato es de ella. Sí, eso es… Saludos, Marina. Y también para Pocholo…;-)
M.
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