Mi gato Calcetines


La marcha de los pingüinos

El Emperador (Aptenodytes forsteri): imponente, el más grande de todos los pingüinos. Vive en la Antártida. De media, 30 kilos de peso y 1,20 metros de altura.

Tan ágil bajo el agua como patoso caminando sobre el hielo. Pero también sabe desplazarse deslizándose a impulsos, como si la superficie helada del mar fuese un tobogán.

Antes de que llegue el invierno antártico, en marzo, millares de pingüinos Emperador retornan al lugar donde nacieron. Decenas de kilómetros caminando sobre la banquisa hasta llegar a los territorios de cría, lugares algo menos inhóspitos donde el hielo es estable y los icebergs protegen de los vientos.

Avanzan en columnas muy densas, apretados unos contra otros, rotando regularmente de sitio. Una estrategia que recuerda la formación en tortuga del ejército romano. En el centro, unos 20 grados; al exterior, unos 40 bajo cero.

Otra larga caminata les espera a la vuelta, cuando aumente la familia y padres y retoños regresen todos juntos. Para entonces, habrán pasado muchas cosas.

El cortejo tiene lugar en abril. En mayo, la hembra pone el huevo, claro está, y se lo entrega ipso facto al macho. Un único huevo, blanco, de 450 gramos, que el futuro papá pingüino incuba en el pliegue abdominal que tiene entre las patas. Allí permanecerá bien calentito, a unos 35 grados. La hembra, en cuanto le pasa la bola, se las pira.

Tiene mérito este ‘padre-incubadora’. Durante el período de incubación (entre 62 y 64 días), puede llegar a perder hasta el 40 por ciento de su peso, unos 12 kilos. Ahí es nada: un ‘embarazo’ que no engorda. Pero no engorda, el pobre, porque no come. Durante esos dos meses se alimenta, es un decir, de nieve; para no deshidratarse.

Mientras los machos esperan pacientemente a que sus polluelos rompan el cascarón, hacen de nuevo ‘la tortuga’. Bien juntos, de espaldas al viento, desplazándose lo imprescindible, dormitando: el ayuno obligatorio y las temperaturas extremas que les rondan no dan para fruslerías.

En julio nacen los polluelos. Las madres están a punto de regresar -gorditas, como nuevas, después de haberse atiborrado a peces en el mar-, listas para regurgitar comida en el pico de sus hijos. Pero, si se retrasan, los papás pingüino sacarán fuerzas de flaqueza y alimentarán de urgencia a sus crías con una secreción de su esófago. Si la hembra no vuelve, ojo al dato, el macho abandona al polluelo y se larga. No le queda otra.

Llega la madre. Le toca a ella ahora cuidar del bebé pingüino. El macho se hace a la mar. También, para pescar. Necesita recuperar kilos y energías. A los 30 días volverá para turnarse con su pareja y alimentar a su polluelo.

La cría pingüino Emperador pesa al nacer unos 315 gramos, poco más que una manzana. Aún faltan cinco meses para que pueda lucir el elegante y antitérmico ‘chaqué’ de los adultos. Esto sucederá en diciembre.

Hasta que llegue ese momento, los padres seguirán haciendo turnos para viajar hasta el mar, pescar y, a la vuelta, dar de comer a su retoño.

En ocasiones, viajarán juntos. La cría será ya para entonces un joven pingüino; lo dejarán a buen recaudo, en ‘la guardería’.

A partir de diciembre, nueve meses después del primer viaje, padres e hijos parten hacia el mar. Entre idas y venidas, vueltas y revueltas, hembras y machos se han marcado para entonces unas buenas caminatas. Más la que les espera.

Han sorteado temperaturas extremas, vientos gélidos, depredadores como el leopardo marino, uno de sus más implacables enemigos… Muchos perderán la vida.

Es el precio que el pingüino Emperador debe pagar para lograr reproducirse: todo por sacar adelante un huevo.

Este ciclo vital es el que narra “La marche de l’empereur”, una película documental de “un año y ciento veinte horas de imágenes”, de Luc Jacquet.


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Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.

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