‘¡Las quiero a las tres!’
Las necesitaba para dormir. A las tres. Todas juntas y a la vez. Y si alguna le faltaba, no podía pegar ojo.
Una era blanca y negra, y a ella le parecía que olía a confites. La otra era amarilla y larguirucha, pero tan suave como su gato Calcetines. La tercera le recordaba a un caramelo de fresa y nata de los que se deshacen en la boca.
—Las quiero a las tres, pedía cada noche la niña cuando su madre la arropaba y le daba un beso, y ella se quedaba sola en su camita.
—¿Todas? ¿Y si se te pierde una? Luego despertarás hasta al gato para encontrarla. ¿No prefieres que te lea un cuento?
—Vale, mami, pero luego me las das. A las tres.
—¿No podías conformarte con una? Una sola, la que más te guste.
—¡Noooo! ¡Las quiero a las tres!
La niña sabía muy bien lo que quería. Sin ellas, sin las tres, el sueño no llegaba a posarse en su ventana. Y no le servía para nada contar ovejas ni nubes de algodón ni patitos de uno en uno.
Con “una oveja” y “dos ovejas”, le entraba un poco de sueño. Pero cuando le tocaba contar tres, escuchaba sus tres beeeees, y se asustaba ella también.
—¿Por qué estarán tan asustadas? ¿Se habrá colado en el rebaño un lobo disfrazado de cordero?
Pero ella estaba calentita y segura en su cama, y seguía contando.
—Cuatro ovejas.
Y afinaba el oído.
Algo raro pasaba. La oveja recién llegada balaba a moco tendido:
—Baaa, beee; baaa, beee. Que éste no es mi cordero Caperucito, que yo lo sé muy bien. Baaa, beee. Y si es un lobo, ¿qué vamos a hacer? Baaa, beee.
Ya no le quedaba ninguna duda. En ese redil rondaba un lobo disfrazado de cordero.
Y, claro, luego tenía que avisar corriendo al cazador y esperar a que le abriera la tripa al lobo y sacara vivito y coleando al corderillo Caperucito que se acababa de zampar.
Y al final, todo acababa bien; pero entre una cosa y otra, ella seguía sin pegar ojo.
Con las nubes era peor. Mientras las iba contando, se las imaginaba de azúcar, de chocolate, de gominolas, de helado de menta y de regaliz. Y le entraba tanto hambre que, antes de llegar hasta 10, se las quería comer todas.
—Crunch, crunch, crunch. ¿Quién roe, roe? ¿Quién mis nubes me come?
¡Es la bruja! —pensaba la niña—. ¡La bruja malvada!
—Una nube, sólo una… Tienes casi diez, y una casita de chocolate enterita para ti.
—Tranquila, hermosa. Come cuantas nubes quieras, que nunca se gastan. ¡Cuantas más comas, más gordita te pondrás y más rica me sabrás!
—¡No me dejaré engañar, so bruja!
Y, claro, luego tenía que esperar a que la bruja encendiera el horno y, en un descuido, ¡zas!, darle una patada en el culo y meterla de cabeza entre las llamas.
Y todo acababa bien. Pero entre una cosa y otra, ella seguía sin pegar ojo.
Con las patitos era requetepeor, porque nunca pasaba del primero.
—¡Un patito!
—¡Qué horrible es! ¡Si será un pavo!, cuacqueaba su mamá.
—De pavo, nada, monada. ¿No ha visto usted cómo nada? ¡Qué va a pensar su marido, doña Pata desalmada!
—Tienes más razón que un santo, insolente niña. Ha salido a su padre, que tiene siete medallas de girasol en buceo bajo el agua. Y, bien mirado, tampoco es tan feo. Pero ha tardado tanto en salir del cascarón… ¡que mira qué grande y desgalichado me ha salido! Aunque también es verdad, que en un varón, la hermosura es lo de menos.
—No sé qué decirle, señora Pata. Porque mis hermanos mayores son grandes como un castillo, ¡y no vea usted qué presumidos han salido!
Y cuando el patito feo fue presentado en el corral, sólo recibía picotazos, empujones y malos modos de todos los patos y gallinas corralinos. Hasta del pavo.
Y nadie lo quería. Ni la niña que daba de comer al averío, ni su Alteza Pato Gordo, que hizo la vista gorda ante súbdito tan feo. Ni siquiera uno solo de sus hermanos quintillizos.
—¿Por qué no te atrapará el gato, espantajo?, le decían.
Y el pobre patito se largó a correr mundo, porque nadie lo quería. ¡Por feo!
Y, claro, luego la niña tenía que esperar a que pasara el invierno y el patito se volviera un guaperas y volara feliz con sus hermanos los cisnes en primavera.
Y todo acababa bien. Pero entre una cosa y otra, ella seguía sin pegar ojo.
La niña sabía muy bien lo que quería y no quería. No quería contar patitos feos ni nubes de golosinas ni ovejas asustadas. Para que el sueño se posara en su ventana, sólo necesitaba abrazarse a sus mascotas. A las tres. Todas juntas y a la vez.
A Cris, que era blanca y negra, y olía a confites, aunque fuera una mofeta. A Kit, amarilla y larguirucha, y tan suave como un gato, como todas las jirafas de peluche. Y a Rosi, su osita mimosa, que le recordaba a un caramelo de fresa y nata de los que se deshacen en la boca.
—¡Maaami, dame mis mascotas! ¡A las tres!
Y su madre, cada noche, después de arroparla y darle un beso, se las traía. Y ella se quedaba bien acompañada en su camita. Pero, por si acaso, les fabricaba una casita a cada una para que el lobo no pudiera entrar y zamparse a sus mascotas de una en una.
—Sopla, sopla y estornuda cuanto quieras, Lobocomemascotas, que no las derribarás, porque ninguna es de paja ni de retama amarilla, que las tres son de ladrillo y de tejas coloraditas.
Y todo acababa sin ni siquiera empezar, porque el lobo se volvía a su guarida sin intentarlo siquiera. Porque, claro, ya se sabía el cuento y que al pie de la chimenea le esperaba un caldero hirviendo donde escaldarse, por malo, las posaderas.
Y como el que no quiere la cosa, la niña cerraba los ojos y dormía toda la noche como un ladrillo, con las mejillas sonrosadas como tejas coloraditas.
Y entre una noche y otra, la niña se hizo mayor y, sin que nadie se lo pidiera, dejó de reclamar a sus mascotas. A las tres. Todas juntas y a la vez.
• Montse Román

Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.
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