Mi gato Calcetines


Santa, ilustrada y carpintera

Menorca se comió un día mis botas. No sé si eso tiene algún significado freudiano que se me escapa, pero fue al poco tiempo de que llegara a casa.

Seguramente me pasé siete leguas: le eché tal bronca que ella debió de pensar que esas botas eran mis únicos zapatos. Ella miraba la prueba del delito como diciendo: “No es para tanto, ¡si sólo le faltan los talones!”.

Debían de estar buenísimos, porque no dejó ni los pespuntes.

También le daba por comerse los envoltorios de chicles y caramelos que encontraba por la calle. Hasta la colilla de un puro estuvo a punto de zamparse un día (¡puag¡).

Ya no come esas guarrerías. Sabe que en cuanto lo intenta, le digo: “¡Tíralo!”. Y lo tira. Es una santa.

Una santa ilustrada, porque también come lomos. Los de los libros. Ni los abre, pero los devora.

Cuando cambié de estanterías, se dio un auténtico festín durante el par de días que anduve trasegando libros y haciendo montoncitos por el suelo, como las hormigas cuando hacen granero para mejor sobrellevar el escuálido invierno.

Poco imaginaba yo que la cigarra ladradora que andaba por los alrededores no podía cantar porque tenía la boca llena.

Y ahí no pude reñirla, porque dicen los expertos en psicología canina (me he informado bien) que a los perros que hacen picias sólo puedes montarles un número cuando les pillas con las manos en la masa. Que si lo haces después, no saben si es por las tortas o por las rosquillas o porque si ellos tienen la culpa de que funcionanara mal el flash.

Con las patas de las sillas, me pasa otro tanto. Ahí está la prueba de que se mete a carpintera cuando nadie la mira, pero ni una sola vez la he pillado jugando al ‘aserrín-aserrán’.

Perrita santa, ilustrada y carpintera. Si es que lo tiene todo.

Y hoy se comió el dinosaurio. Por segunda vez.


La primera, le arrancó a cuajo un brazo. Pasó casi un mes en galeras (el reptil); es decir, en la cesta de costura donde esperan y desesperan, aunque no reman, los dobladillos descosidos y los botones sueltos.

A los dos días de recuperar su libertad, le arrancó otra vez el brazo y, para que no se quejara sólo de ser manco, le vació la barriga.

Tampoco esta vez he podido pedirle cuentas ni acordarme hasta de su abuela —que seguro que también era una santa y carpintera—, porque el pobre dinosaurio apareció destripado en el pasillo y Menorca pasaba por allí (ningún teléfono cerca/ y no se pudo resistir) con cara de no conocer, ni siquiera en foto, al difunto.

Lo que digo, una perrita santa, ilustrada y carpintera que disimula mejor que si fuera de la farándula y en los fines de semana se largara a provincias a hacer bolos.

La culpa la tiene mi hija por jugar con ella a los disfraces.

¿Y qué hago yo ahora cuando vuelva del cole y pregunte por el guardían de sus peluches? ¡Con lo difícil que es encontrar un dinosaurio verde, fucsia y amarillo!

En: Del arco iris, Menorca — Diciembre 15, 2005

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  1. [...] de los zapatos que han pasado por su cuenta a peor vida. Y mira que la reñí la primera vez. Fue al poco tiempo de llegar a casa. Ni caso. Se ha convertido en mi zapatera oficial, y no precisamente para las medias [...]

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Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.

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