Archive for December, 2005

‘¡Las quiero a las tres!’

Friday, December 30th, 2005

Las necesitaba para dormir. A las tres. Todas juntas y a la vez. Y si alguna le faltaba, no podía pegar ojo.

Una era blanca y negra, y a ella le parecía que olía a confites. La otra era amarilla y larguirucha, pero tan suave como su gato Calcetines. La tercera le recordaba a un caramelo de fresa y nata de los que se deshacen en la boca.

—Las quiero a las tres, pedía cada noche la niña cuando su madre la arropaba y le daba un beso, y ella se quedaba sola en su camita.

—¿Todas? ¿Y si se te pierde una? Luego despertarás hasta al gato para encontrarla. ¿No prefieres que te lea un cuento?

—Vale, mami, pero luego me las das. A las tres.

—¿No podías conformarte con una? Una sola, la que más te guste.

—¡Noooo! ¡Las quiero a las tres!

La niña sabía muy bien lo que quería. Sin ellas, sin las tres, el sueño no llegaba a posarse en su ventana. Y no le servía para nada contar ovejas ni nubes de algodón ni patitos de uno en uno.

Con “una oveja” y “dos ovejas”, le entraba un poco de sueño. Pero cuando le tocaba contar tres, escuchaba sus tres beeeees, y se asustaba ella también.

—¿Por qué estarán tan asustadas? ¿Se habrá colado en el rebaño un lobo disfrazado de cordero?

Pero ella estaba calentita y segura en su cama, y seguía contando.

—Cuatro ovejas.

Y afinaba el oído.

Algo raro pasaba. La oveja recién llegada balaba a moco tendido:
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Greenpeace enfrenta a balleneros japoneses

Thursday, December 29th, 2005

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«Mientras los activistas de Greenpeace estaban en el agua con las pancartas, dos balleneros aparecieron en escena con varios rorcuales aliblancos muertos colgando del casco listos para ser traspasados al barco nodriza de la flota, el Nisshin Maru».

En la web de Greenpeace, “Whale action on the Southern Ocean 1 y 2”, los vídeos.

El sexo también implica diferencias en la red

Thursday, December 29th, 2005

«Las mujeres y los hombres comparten muchos intereses al usar internet, pero ellos consultan frecuentemente las noticias, el estado de la bolsa, los deportes y pornografía, mientras que ellas se interesan más por webs sobre salud y guía espiritual, según un estudio de Pew Internet sobre el uso que los estadounidenses de ambos sexos hacen de la red».

“El permiso de paternidad ha de ser de 16 semanas”

Thursday, December 29th, 2005

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Entrevista en El Periódico con María Pazos Morán, feminista. Cañamero (Cáceres), 1953. Licenciada en Matemáticas y máster en Estadística (Harvard).

• Margarita Sáenz Díez-Trias

«Intuye que tarde o temprano sus reclamaciones serán atendidas porque la historia camina en esa dirección. Antes de ser portavoz de la Plataforma Cívica por el Permiso de Paternidad Intransferible, ya tenía la piel curtida en defensa de las mujeres. Como intenta que la llamada perspectiva de género haga acto de presencia en todas las políticas públicas, María Pazos no desperdicia ninguna oportunidad para reivindicarlo. Tiene madera de luchadora».

—No hay permiso de paternidad.
—Las costumbres condicionan las políticas públicas. Pero ahora se asumen metas de igualdad y por tanto debemos ser iguales ante la ley.

—Quien suele reponsabilizarse del cuidado de la familia es la mujer.
—Se proclama que han de incorporarse al mercado de trabajo por cuestiones de equidad y de eficiencia. La Agenda de Lisboa (programa de reformas económicas de la UE) fija una meta de empleo femenino del 60% para el año 2010. Pero lo que cuesta es traducirlo a las leyes.

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Se busca gato perdido (II)

Wednesday, December 28th, 2005

El día en que desapareció Calcetines, amaneció lloviendo. Lo echamos en falta poco antes de mediodía.

Lo buscamos por toda la casa.

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Por entre los tiestos y al pie de las rosas.

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Entre las muñecas y entre las mantas, por debajo de las camas.

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En la panera, dentro de la lavadora, entre la ropa de los armarios, por entre las botas y los zapatos.

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En las cestas que utilizamos como revisteros o papeleras.

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Dentro de las maletas de mis padres y de mi hermano Álvaro, que por aquellos días estaban en casa… ¡Ni rastro!

Hacia la una, tuvimos que admitir que no sabíamos cuándo, pero que definitivamente se había escapado el gato.

Se había largado Calcetines. Quizás en un descuido había bajado por las escaleras y salido a la calle en cuanto alguien abrió la puerta del portal.

Pregunté a todos los vecinos. Era la víspera de Nochevieja y no todos estaban en casa. Ninguno sabía nada de ningún gato.

Fue entonces cuando a mi hija se le ocurrió la idea de poner el cartel en el portal: “Se busca gato perdido”. Era evidente que, si se le buscaba, era porque se había perdido, pero no estábamos nosotros entonces para tales semánticas minucias.

A Ignacio, que por entonces tenía una novia que sabía mucho de gatos, se le ocurrió decir que seguro que estaba debajo de un coche; que los gatos, cuando no saben dónde ir, permanecen muertos de miedo por entre las ruedas de los coches.

Dimos una batida por el barrio, inspeccionando los bajos de todos y cada uno de los vehículos aparcados por la zona. Mi hija le llevó sus juguetes preferidos: una pelota roja atada a una cuerda y otra más pequeña que tenía dentro un cascabel.

La gente nos miraba raro: seis locos por los suelos con pelota y cascabel, y gritando “¡Calcetines!”.

¡Ni rastro! Caía una lluvia menuda de las que amenazan nieve. “Pero no llores, que seguro que aparece”, le decíamos a la niña. “Si no lloro —respondía—, es que está lloviendo”.

Regresamos a casa. Comimos todos sin ganas. No sé cuántos ángeles o gatos perdidos pasaron, porque ninguno nos atrevimos a contarlos.

Organizamos una segunda expedición. Yo decidí quedarme, no fuera que algún vecino que hubiera visto el cartel y a Calcetines llamara por teléfono con alguna buena o mala nueva.

Así fue. Hacía las once de la mañana, el vecino del primero había visto cómo un gato caía desde el cielo al suelo del patio: “Se metió como un rayo por la primera ventana que vio abierta”.

Pregunté al vecino de aquella ventana. “No, aquí no hay ningún gato”. Insistí: “Seguramente está escondido”. El vecino del primero, sus hijos, sus nietos, un auténtico tropel, insistían conmigo: “Se metió por la ventana, tiene que estar ahí”.

Tanto insistimos todos que al final entré yo misma a comprobarlo: “¡Calcetines!”. Al instante, un maullido salió por debajo de la cama. Otra llamada, y abandonó Calcetines su escondrijo. Un poco magullado, pero enterito.

Un rasguño en el morro era la única señal de que se había lanzado desde un cuarto piso sin paracaídas ni ascensor, sin avisar y sin decir, aunque esto es mucho suponer, “este maullido es mío”.

Recordé entonces que Calcetines tenía ya la costumbre de saltar desde la ventana de la cocina a la ventana del baño. Él es un gato callejero. Los genes son los genes, aunque hasta ese momento, no hubiera ejercido nunca de trapecista en el tejado.

La noche anterior habíamos puesto en el poyo de la ventana de la cocina media cántara de vino de la Ribera del Duero; no en garrafón, sino en tetrabrik. Fue idea mía. Pensé que allí el vino estaría fresquito, como el tiempo. Otra genial idea como las de virutas del belén que se zampó un año después Figo.

A la mañana siguiente Calcetines, deduje después, tropezó con ese obstáculo que nunca estuvo allí, y cayó al vacío.

Regresó la segunda expedición. No los habían llevado a Oña ni a Ciempozuelos, y Calcetines ya estaba en casa. Ya no chispeaba, pero mi hija traía la cara como si durante todo ese tiempo hubiera llovido a cántaros.

Llevamos al veterinario al malherido. La que allí montó aquel día Calcetines es la razón de que, desde entonces, cuando hay que ponerle una vacuna, prepare Rocío esa especie de jaula en la que encierran a los gatos rebeldes para poder ponerles una inyección sin que bufen y saquen las uñas como si fueran el mismísimo demonio.

Es un decir. Ya dije que Calcetines no es que sea malo, es que no conoció a su madre.

Aparentemente, estaba bien. Realmente lo estaba. Nunca más se me ocurrió volver a utilizar el poyo de la ventana de la cocina como fresquera, pero en alguna ocasión más sí se le ocurrió a Calcetines ensayar su salto mortal de ventana a ventana.

No creo que sea porque no haya aprendido la lección, sino porque está convencido de que los gatos tienen siete vidas.

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De lo que ya no estoy tan segura es de si tiene conocimiento de que a él ya sólo le quedan seis.

Paidófilo por internet: clase media alta

Wednesday, December 28th, 2005

Entrevista en La Vanguardia con Parry Aftab, referente mundial sobre peligros en internet.

• Núria Escur

«Tengo 54 años y vivo en Nueva Jersey. Soy abogada especializada en los temas de privacidad y seguridad por internet. Estoy casada y tengo dos hijos que se llevan trece años. Soy cristiana protestante. Me interesa cualquier político que ayude a mi fundación. Nuestros hijos son ya ciudadanos de internet; nosotros, todavía emigrantes».

—Aquel día cambié mi vida. Yo era una abogada millonaria, famosa en televisión, y alguien me pidió que buscara una página web y encarcelara a sus autores.

—¿Qué vio?
—Un catálogo. Nombres de niñas y números. Cuando vi la fotografía de una niña de tres años y medio violada, tuve que parar.

* *

Dónde denunciar

(Gracias, Jesús)

* *
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Tecnología con sabor animal

Wednesday, December 28th, 2005

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«Entre los inventos, destacan los traductores de ladridos, los walkie talkies para periquitos, radios para gatos, localizadores GPS… Y lo último, teléfonos móviles para ‘charlar’ con las mascotas en la distancia».

J.K. Rowling, a punto de empezar a escribir el libro final de Harry Potter

Tuesday, December 27th, 2005

Leí Harry Potter en su momento. Lo confieso: por cuestiones profesionales. Me gustó. De haber existido cuando yo tenía 12, 13, 14 años, no me hubiera perdido ni uno solo de sus libros. Eso pensé con el primer volumen, y con todos los que le siguieron.

La saga tiene todos los ingredientes para encandilar a un adolescente. Y lo consigue. La película, ya es otro cantar. Pero eso me pasa con todas las novelas que pasan luego al cine. Siempre hay detalles por los que te dices: “Esto no aparecía en el libro”. O puede que sí, que sí estuviera, sólo que tú lo leíste con otros ojos. Ya saben, las vivencias lectoras son intransferibles.

Joanne K. Rowling asegura que no puede imaginarse la vida sin Harry Potter. Justo ahora, que está por empezar a escribir el libro final de la saga del joven aprendiz de mago. No me extraña. ¡Menuda mina!

Feliz Navidad

Saturday, December 24th, 2005

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Que ustedes lo pasen bien. En estos días, y siempre.

(La autora del dibujo es Marina)

Se busca gato perdido (I)

Friday, December 23rd, 2005

Cuando se acercan las Navidades, recuerdo siempre los dos hechos más graves que han acaecido hasta ahora en la vida de Calcetines y Figo.

Lo de Calcetines ocurrió cuando aún no había cumplido doce meses. Lo de Figo, justo un año después, por las mismas fechas.

Entre mi hija y yo pusimos el nacimiento: el portal, los Reyes, un par de pastores y un escuálido rebaño de ovejas.

Una servidora tuvo la genial idea de colocar las figuritas sobre una especie de virutas de plástico de las que nadie se atrevería a decir que no eran unas auténticas y enrolladas virutas.

Calcetines o Figo, o ambos dos, descabezaron en menos de lo que lo cuento a sus altezas reales los Reyes Magos. Uno detrás de otro.

Ya no montan un belén mis gatos con el nacimiento. No sé si por qué les ha entrado ya el juicio o porque ya no creen en los Reyes Magos.

La víspera de Nochebuena, Figo maullaba y maullaba. Levantaba la cola, y aún maullaba con más ganas.

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No estaba precisamente Figuiño para que le sacaran un retratito y llevarlo en la cartera, pero valga éste, que era de por aquellos aciagos días y aún se le ve con cara de preocupadiño.

Algo le sucedía, porque Figo es de los que dicen pocas veces “esta boca es mía”; pero, cuando lo hacen, es porque de verdad tienen algo que contar.

Me quedé a cuadros cuando lo miré de cerca: por entre la cola se le veía una tripa colgando.

No suelo ser exagerada, pero pensar que por ahí a mi Figuiño se le estaban escapando hasta los higadillos fue todo uno.

Les resumo porque, si no, nos van a dar las uvas: a urgencias pitando, reconocimientos varios, un par de ecografías…: ¡había que operar! Algo se había zampado Figo que le había sentado mal.

Mas hubo suerte. El veterinario, tirando, tirandito, logró sacarle a Figo esa tripa que resultó no ser tal cosa.

Para entonces, yo ya había descubierto qué era eso que Figo llevaba colgando: ¡esa especie de viruta de plástico de las que nadie se atrevería a decir que no era una auténtica y enrollada viruta!

Nadie descubrió que aquello no eran virutas de las de verdad, de las de madera. Ni siquiera Figo, que tanto se piensa las cosas antes de llevarse algo a la boca.

Aún hoy sigo preguntándome cómo es que le dio por ahí. Figo sólo come cereales. Ni las latillas para gatos, que a Calcetines le vuelven loco, le llaman la atención.

Eso no quita, porque los celos tienen estas cosas, que cada vez que le ofrezco uno de esos manjares a Calcetines, Figo exija también su platito y su ración, aunque luego se conforme con darle (a esa, para los humanos, guarrería) un par de lametones.

La aventura de las virutas acaeció, ya digo, un año antes del hecho más grave en la vida de Calcetines. De aquel aciago día en que Calcetines desapareció como por ensalmo.

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Así era por entonces mi gato Calcetines. Calcetines y su iglú.

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Y éste, el cartel que confeccionó mi hija y que colgó con el alma en vilo en el portal de nuestra casa. En lo que no se ve, figuraba la dirección y el teléfono de Calcetines. Lo escrito a boli es de mi cosecha.

¿Dónde diablos se había metido Calcetines? ¿Le había llegado la noticia de que bien pudiera ser casado con una gatita blanca sobrina de un gato pardo? ¿Se habría caído del tejado?