Mi gato Calcetines


‘La gineta Yenetta y el gato callejero’

La luna ilumina la noche de abril, y en lo alto de una encina centenaria, cerca de los chopos que señalan el caserón de El Inglés, entre Torija y Rebollosa, acecha la gineta Yenetta.

No ha logrado atrapar ni un triste roedor ni un conejillo desvalido ni un pájaro despistado ni una liebrecilla revoltosa, ni tan siquiera una escuálida lagartija con que calmar el ruido de sus tripas.

Sus crías acaban de nacer. Si Yenetta no come, de sus ubres dejará de manar leche. Si no hay leche, morirán sus cachorros.

Sus cachorros, dos hembras y un macho del color de los robles en otoño, la esperan al pie de la encina, en un hueco que hendió el rayo en una tormenta de verano.

Aún tienen plegadas sus orejas y cerrados sus ojitos. Sólo saben buscar la leche de su madre con su morro puntiagudo, el calorcito de sus cuerpos chiquitos contra el suyo.

búhookultimo.JPG

Si sus maullidos llegaran a oídos del Zorro del Cerro o a los de Papá Búho Real, que en las noches de primavera cazan por la zona… Prefiere no pensarlo.

Pegada al tronco de la encina, Yenetta parece una serpiente, una serpiente de casi un metro que mantiene el equilibrio con el contrapeso de su cola.

gineta007.JPG

Al menor atisbo de comida, bajará como un lince hasta su presa. “Y algún incauto tiene que pasar –se dice–. Sería la primera noche que me voy a la cama sin cenar…”.

Pasan las horas, y nada se mueve por el suelo. Sus tripas son ya un torrente desbocado. Afligida, regresa a su guarida: “Algo de leche me quedará. Algo de leche, y un montón de mimos”.

A la noche siguiente, Yenetta caza una lagartija; y a la otra, nada de nada. Y a la que viene, tanto de lo mismo. Tanto le acucia el hambre que piensa en ir a buscar moras… Moras, o uvas, o higos del huerto de Félix el Tejero…

Cañizar

Pero es abril, y en abril sólo florece la retama y el tomillo. En Cañizar, en la casa que antaño fue del cura, hay un palomar lleno y lleno de palomas. Palomas en el tejado, palomas en el corral, palomas en la morera, palomas en el granado del campillo de la Aurita…

Se le llenaba la boca de agua, con sólo imaginar tal revoloteo.

Cuando era un cachorro, su madre la llevó de caza allí una noche, con todos sus hermanos, se acordaba bien. Era septiembre, cuando los labradores prenden los rastrojos y hasta los ratones huyen de la quema.

Cañizar

—Escuchad, hijos míos —les dijo su mamá—. En los pueblos siempre hay comida, pero sólo en casos desesperados merece la pena atreverse a cazar cerca de los humanos.

Esa noche, la luna no acudió a su cita en lo alto de la encina. Un ligero airecillo balanceaba las nubes y la copa de los robles y las encinas.

Las gatas, y Yenetta también era una gata, aunque ella se sentiría ofendida si se lo dijeran, agarran a sus crías por la nuca y sin clavarles ni un diente, no se sabe cómo, las llevan entre sus fauces como si fueran farolillos. Atrapó al gatito y se deslizó precavida al campo abierto. Pero antes aleccionó a sus dos hermanas:

—Nos mudamos de cobijo, niñas. No se ven ratones ni conejos ni pájaros ni liebres; últimamente, ni lagartijas. Así que emigramos. Me llevo primero a vuestro hermano. No os mováis, no lloréis, ¡no se os ocurra decir este maullido es mío!

Las dos gatitas se hicieron un ovillo. Del susto, ni maullaron.

Cañizar, Rebollosa, la Muela y el Colmillo

Yenetta atravesó los campos de olivo, las lomas tapizadas de retama y tomillo, los arroyos de zarzamoras, los sembrados verdes de cebada temprana, los álamos blancos de la vega de La Rata… Para despistar, dio un rodeó y entró a Cañizar por las eras del Ojo Huero.

Dejó a la derecha el campo de fútbol, la peña de los chicos del pueblo, el bar de Julián, y desembocó en la plaza de Abajo. Rodeó la iglesia, giró a la izquierda y se detuvo en el campillo de la Aurita. Sólo faltaba colarse por la verja y penetrar en la leñera.

Depositó con cuidado a su gatito, lo vistió de lametones, lo tranquilizó con cariños: “Enseguida vuelvo, mi amor. No te muevas, no llores, ¡no se te ocurra decir este maullido es mío!

En menos de tres horas, tuvo a sus tres hijos consigo. En un cesto de mimbre destartalado describió una “o” alargada, con su cuerpo y con su cola. En medio del redondel, felices, sus tres gatitos.

Cañizar.

Pero estaba hambrienta, terriblemente hambrienta. Salió al huerto, trepó por el almendro y saltó al tejado de la casa de la Aurita; del tejado a la morera, y de la morera al palomar, lleno y lleno de palomas.

Cuando regresó a su cobijo, empezaba a clarear. Por primera vez en cuatro días, sus crías se hartaron de mamar, durmieron como lirones y tuvieron, cómo no, un montón de mimos.

A las cinco de la tarde, Yenetta seguía con sus cachorros. Como todas las tardes, porque las ginetas no salen a cazar hasta la noche. De pronto, su finísimo olfato le puso sobre aviso.

Un intruso andaba cerca. No era un zorro ni un búho real; tampoco un halcón peregrino. El olor le resultaba familiar, había algo en él que…

—¡Juá, juá!, una gineta con sus crías. Si no lo veo no lo creo…

Al sentirse descubierta, Yenetta encrespó el lomo, bufó y lanzó un terrible maullido. En frente de ella, tenía un gato común, un gato romano callejero.

—¡Vaya, princesa! ¿Tan mal os va en el monte que ahora anidáis en las leñeras?

Pues has de saber que esta leñera es mía. Sus dueños sólo vienen los fines de semana, y yo, ejem…, se la cuido.

Y no quiero ginetas ni giletas, por muy ágiles y elegantes que parezcan. Si alguna vez invito a alguien a mi casa, será a una gata, princesa, a una gatita callejera.

Aunque, pensándolo bien, no me caes mal… Hasta podríamos entendernos.

—¿Entendernos en qué, so gato? A las ginetas, no giletas, que no sé de dónde sacaste ese palabro, nos gustan las ginetas, no queremos nada con gatos pueblerinos.

—No te enojes, princesa. Sólo trataba de ser galante. Y puesto que yo no te invité a mi territorio, lo menos que puedes hacer es presentarme a tus crías: ¿son guapas?

—¡Por supuesto! Pero no creo que eso te importe. Sé apañármelas sola, gatoncito.

Aunque parezca mentira, se hicieron amigos y compartieron su guarida. Ella en el cesto, con sus crías; él, en una hamaca de flores amarillas.

Cuando se acercaba los humanos, el Gato Callejero daba la alarma para que Yenetta aleccionara a sus crías:

—No os mováis, no lloréis, ¡no digáis este maullido es mío!

Cañizar

Y llegó el mes de agosto y los gatitos vagabundeaban por el huerto, olían las rosas y trepaban al granado y al lilo.

Yenetta añoraba los robles, las encinas, los olivos.

CUENTOagosto7.jpg

El monte estaría ya lleno de conejos, pájaros, liebres, y hasta lagartijas. Un mes más los cuatro juntos y cada uno seguiría su camino. Pero antes debía enseñarles muchas cosas.

Y así se lo hizo saber al Gato Callejero:

—Nos vamos. Fue un placer conocerte pero, si seguimos aquí, mis hijos no aprenderán a cazar solos. Y, sin ánimo de ofender, ¡son ginetas, no gatos callejeros!

—Lo entiendo, princesa. También fue para mí un placer compartir techo y estrellas con vosotros.

—¿Estrellas?

—Sí, princesa, las estrellas del cielo que se ven desde la leñera… Y dentro de ella, la más arisca, pero la que más brilla.

Yenetta no entró en el juego. No deseaba convertirse en una gineta pueblerina.

—¡Nos vamos, niños! Regresamos a nuestro monte de robles y encinas.

—¿Por qué, mami? Aquí estamos muy bien. Y siempre hay palomas.

—¿Por qué, mami? Aquí estamos de maravilla. Y siempre hay palomas.

—¿Por qué, mami? Aquí se está de vicio. Y siempre hay palomas.

—¿Por qué? ¿Por qué?… Cuando seáis mayores lo entenderéis. ¡No se hable más!

Cuatro meses después de su llegada al pueblo, Yenetta y sus hijos regresaron a la encina centenaria. Limpiaron el hueco hendido por el rayo y jugaron a contar estrellas.

—Es hora de cazar, niños. Que aquí no tenemos un palomar al lado, hermosos.

La luna iluminaba la noche de agosto y corría una fresca brisa que invitaba a pasear. A Yenetta le pareció distinguir entre las encinas la silueta de un gato callejero.

—Será de comer tantas palomas, pero no veo ni torta… Tendré que ir al oculista.

—Buenas noches, princesa. ¿Damos un paseíto?

Montse Román

En: Inventos míos — Noviembre 24, 2005

Trackbacks

Para hacer un trackback a este post usa esta URL


Comentarios

Los comentarios de este post en RSS
  1. Hola!

    Lo siento: no tengo los acentos espanoles sobre mi tecla francesa!!!
    Muy bien el cuento sobre la gineta y el gato romanero!!
    Quisiera preguntar a Montsé porque eligio la gineta.
    Estoy haciendo una tesis sobre la gineta y su relacion con el hombre en Francia y Espana.
    Creo que voy a elegir este cuento para mi trabajo: pone en relieve esta dualidad de la gineta: cerca de los hombres pero que guarde su independencia!
    Un saludo
    Virginia

    Virginie - Enero 14, 2007 @8:09 pm
  2. Muchas gracias, Virginie:-)

    El cuento está inspirado en una gineta alcarreña que se coló un buen día por la ventana de una casa y en mi gato Calcetines, un vulgar gato romano callejero (aunque de vulgar tiene bien poco:-)) que también nació en La Alcarria.

    Los pueblos que aparecen en el cuento son de la provincia de Guadalajara. En sus montes aún pueden verse (aunque cada vez menos) algunos ejemplares de gineta. Por esa zona, a las ginetas les llaman ‘giletas’. La primera vez que lo escuché me hizo mucha gracia, y por eso también hay una referencia a ello en el cuento.

    Una vez oí contar a un vecino del pueblo que una gineta se había metido por la ventana dentro de su casa. El caso es que ya no supo salir por donde ha venido y, cuando el buen hombre entró en casa, se encontró con que había una gineta en el cuarto de baño, ¡dentro de la bañera!

    De ahí partió la idea del cuento. Investigué sobre las ginetas (sobre las que sabía bien poco), y así fue saliendo la historia.

    Me encantaría leer tu trabajo. Quién sabe, a lo mejor de ahí sale otro cuento:-)

    Un beso.

    Montse - Enero 16, 2007 @10:11 pm
  3. Muchissimas gracias por tu contesta!!!
    Queria preguntarte si tu cuento esta publicado? Y que edicion?
    Queria preguntarte también si has oido otras anecdotas sobre la gineta (lo del cuarto de bano es maravilloso!!!)
    un beso
    Virginie

    Virginie - Febrero 1, 2007 @3:21 pm
  4. Gracias a ti, Virginie:-)

    No recuerdo más anécdotas, pero preguntaré si hay alguna nueva cuando me pase de nuevo por La Alcarria.

    Sólo está publicado aquí, en mi blog. Forma parte de un conjunto de relatos que espero ver algún día en papel.

    Un beso.

    Montse - Febrero 5, 2007 @9:25 pm

Añade tu opinión


(obligatorio)
¿Añadir la URL de tu blog?

Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.

migatocalcetines[arroba]yahoo.es

Secciones

Buscador

Pulsa ENTER al terminar de escribir

Archivo


Enlaces


Sindicar

Puedes Sindicar el contenido de este blog en tu lector de noticias usando alguna de las siguientes formas:



WordPress & Dalarnas

Mi gato Calcetines © 2010 — Algunos derechos reservados