La querencia
Nunca me gustaron los gatos, pero desde siempre me gustaron las cestas. Nada tiene que ver una cosa con la Calcetines se crió en una de esas de mimbre que vendían antaño por la calle los gitanos.
En su cestita, siempre al lado del radiador, nunca le faltaron el “calorcillo” y unos cuantos trapos limpios sobre ese artilugio eléctrico que desprende calor durante unas cuantas horas.
Cada cuatro, aunque por la noche aguantaba hasta seis, nos turnábamos Ignacio y yo para darle su biberón. Aún hoy, un gato hecho y derecho, se cuela en su cesta, se hace un ovillo y se queda sopa.
No sólo le privan las cestas. También siente especial predilección por bolsos, mochilas y maletas. Te vas de viaje, preparas la maleta, y el primer inquilino que se instala es él. Intenta echarlo de allí, y verás… Defiende su cubículo con uñas y dientes si te empeñas.
Yo ya se lo digo a las visitas: “A ver qué llevas en el bolso, no te me lleves el gato”.
¿Será la querencia? ¿Todos los gatos son okupas en potencia? ¿Todos se ponen como un basilisco cuando intentas desalojarle por las buenas?

Me llamo Montse. Tengo tres hijos. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Calcetines se lo tiene muy creído, pero también está Figo, un gato persa señorito. Menorca danzarina se fue a perseguir a los corzos. Sus saltos aquí siguen.
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