Mi gato Calcetines


Cabía en el cuenco de la mano

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Cada vez que miro esta foto, me emociono. ¿Es éste mi Calcetines?

¿No me habrán dado el cambiazo?

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Pero no. Es el auténtico Calcetines. El famoso Calcetines que bufa siempre a quien no debe.

No recuerdo qué edad tenía exactamente en esa primera foto de su vida, pero con seguridad eran muy pocos días. Ya había engordado unos cuantos gramos desde aquella noche de otoño en la que alguien lo depositó a la puerta de nuestra casa. Hacía muchísimo frío. Es lo que suele decirse en estos casos, pero no es fábula. Digo más, ululaba el viento.

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No voy a decir ahora que lo acogí sin rechistar. Menos, que me entusiasmó la idea. Sabía que las gatas jamás abandonan a sus hijos, y a ello me agarré como a un clavo ardiendo. La madre de la criatura no debía de andar muy lejos.

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Allí estaba, a unas pocas zancadas, justo en la esquina de la casa de Julián. Dejé el animalucho sobre el felpudo. Cerré la puerta de la calle y esperé en silencio a que su madre viniera a llevarse a esa bola de patas blancas en la boca.

¡Que si quieres! Esa gata no era una madre, ¡era una madrastra!

Cuando abrí de nuevo la puerta, allí seguía su cría, tiritando de frío y maullando. De la madrastra, ni rastro.

Ya dije que nunca me gustaron los gatos. Eché una jícara de leche en un platito y le unté bien el morro sin excesivos miramientos. Ni una sola gota de leche entró en el estómago de ese obcecado minino que aún no se llamaba Calcetines.

Recordé en esos momentos la canción ‘Bella, ciao!’ y al perro que tuvimos en casa con ese mismo nombre. Bellaciao fue el perrito de caza recién nacido que nos regaló Juanjo y al que ni los biberones ni las bolsas de agua caliente ni el riguroso cambio de pañales le libraron de irse al otro barrio, también en una muy fría noche de otoño.

“¡Bellaciao se ha ido!”, les dije a mis hijos al día siguiente cuando vieron su camita vacía. Eran muy pequeños. Tanto, que se lo creyeron. Yo no dije esta boca es mía hasta muchos años después cuando Bellacio era una de esas ausencias que ya no duelen (¡a ver quién es el guapo que le dice a sus propios hijos que como criador de mascotas es un verdadero inútil!).

Lo demás ya lo saben. A la bolita de patas blancas le pusimos por nombre Calcetines. Biberones de muñeca al principio; igualitos que los de los bebés después. Pañales de trapo de los de usar y tirar, pero en la cesta. Muchos.

Meses más tarde, la veterinario de Calcetines, Rocío, nos dijo: “Es un milagro que salgan adelante los gatos recién nacidos criados sólo con biberón”.

Y tanto. Como que todavía hoy a mí me parece mentira.

A cada cual lo suyo. La gata que rondaba aquella noche fría de otoño la puerta de nuestra casa no era la madre de Calcetines. Ni siquiera su madrastra. Como diría Antonio, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, ¡porque era un gato!

Es que di notte tutti i gatti sonogrises.

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En: Calcetines, Del arco iris — Noviembre 23, 2005

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Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.

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