Archive for November, 2005

Su gato Calcetines

Wednesday, November 30th, 2005

El de José Angel (copio y pego):

“Hace muchos años tuvimos, en la familia, un gato llamado Calcetines. Era muy parecido al vuestro sólo que con la mitad de las patas atigradas. Lamentablemente, murió joven.

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Ahora tenemos otros dos gatos en la familia; por supuesto, los dos encontrados en la calle, faltaría más. Uno, en el cementerio, muerto de hambre, y al que bautizamos ‘Libre’.

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El otro, frente a un bar, de madrugada, y al que llamé ‘Fringus’.

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El que yo encontré, y que es mi dueño, es, también, muy parecido a vuestro Calcetines. Pero sólo parecido: en realidad no existen dos gatos iguales, aunque el profano no sepa distinguirlos.

Hace poco también me fui de casa, y dejé a los gatos con mi madre (tampoco los quería al principio, porque los felinos son demasiado gamberros, pero ahora le es imposible renunciar a ellos).

Cada vez que regreso, el gato que yo encontré me ronronea, y al día siguiente me da unos zarpazos, como castigo por haberme ido”.

Gracias, José Ángel.

¡Una barbaridad!

Monday, November 28th, 2005

El uno yéndose por las ramas. ¿Quién dijo miedo?

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Y del otro alguien diría que está castigado sin postre o sin merendar. ¿Le habrían llegado noticias del delantal?

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Que sí, Figuiño, que no es broma. Por un quítame allá esos pájaros, le encasquetan a más de uno el delantal. Y ya no se libra de él ni para ir a la verbena.

Que hoy las ciencias adelantan / que es una barbaridad. ¡Una barbaridad!

¿Demasiado humanos?

Saturday, November 26th, 2005

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Hay quien dice que los gatos son demasiado humanos.

El gran Rossini debía de compartir la misma opinión. Llamen a su gato, y escuchen.

¿Juegan o pelean?

Friday, November 25th, 2005

Teba, Zarza, Inca y Menorca.

En el corralito mandaron hoy las damas. Es un decir. Todas eran chicas.

Primer tiempo

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Zarza vence a Menorca por más de mil.

Segundo tiempo

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Menorca se las pira.

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Teba no pasó bola.

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Inca es la única que sabe si la pelea iba en serio o en broma. Pero no contesta.

‘La gineta Yenetta y el Gato Callejero’

Thursday, November 24th, 2005

La luna ilumina la noche de abril, y en lo alto de una encina centenaria, cerca de los chopos que señalan el caserón de El Inglés, entre Torija y Rebollosa, acecha la gineta Yenetta.

No ha logrado atrapar ni un triste roedor ni un conejillo desvalido ni un pájaro despistado ni una liebrecilla revoltosa, ni tan siquiera una escuálida lagartija con que calmar el ruido de sus tripas.

Sus crías acaban de nacer. Si Yenetta no come, de sus ubres dejará de manar leche. Si no hay leche, morirán sus cachorros.

Sus cachorros, dos hembras y un macho del color de los robles en otoño, la esperan al pie de la encina, en un hueco que hendió el rayo en una tormenta de verano.

Aún tienen plegadas sus orejas y cerrados sus ojitos. Sólo saben buscar la leche de su madre con su morro puntiagudo, el calorcito de sus cuerpos chiquitos contra el suyo.

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Si sus maullidos llegaran a oídos del Zorro del Cerro o a los de Papá Búho Real, que en las noches de primavera cazan por la zona… Prefiere no pensarlo.

Pegada al tronco de la encina, Yenetta parece una serpiente, una serpiente de casi un metro que mantiene el equilibrio con el contrapeso de su cola.

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Al menor atisbo de comida, bajará como un lince hasta su presa. “Y algún incauto tiene que pasar —se dice—. Sería la primera noche que me voy a la cama sin cenar…”.
(more…)

¿Una persona o un gato?

Thursday, November 24th, 2005

“Mi padre dice que el problema de Calcetines es que él, en realidad, está convencido de que es una persona y no un gato. Y que por eso tiene tan mal genio. Su historia es justo la contraria a la de Tarzán. Alguien muy animal —seguro que no fue una gata— le dejó frente a nuestra puerta y así le adoptamos. Se crió entre humanos. Durante varias semanas, mi madre y yo…”.

¿Lo cuento o no lo cuento?

Thursday, November 24th, 2005

Lo he consultado con Calcetines. Es lo menos que puedo hacer cuando él es el protagonista del relato.

Así, de un tirón: “¿Te parece bien que publique en tu blog el cuento de «La gineta Yenetta y el gato callejero»? Al fin y al cabo, el único personaje verídico que sale en ese cuento eres tú. Los otros son pura ficción, y eso se ve a la legua. ¿Qué te importa salir en un cuento donde sólo tú existes de verdad? Además, de ti no me invento absolutamente nada…”.

Mucho me temo que no lo he convencido. No ha dicho ni mu, pero ha torcido el morro.

Al poco rato lo he sorprendido cuchicheando a mis espaldas con Figo.

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A decir verdad, los ha sorprendido Menorca. Ella es la que me ha avisado ladrando de esa manera que lo hace cuando piensa que algo están tramando sus colegas felinos. Figo le ha puesto un mote: ‘Canelilla’, porque, según él, ni es blanca ni es canela, ni siquiera recién bañada y sin revolcarse en el corralito. No, si Figo es un santo, pero un santo bien guasón.

El caso es que al principio se han quedado muy sorprendidos de que yo apareciera por allí, ésa es la verdad.

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Luego han hecho como que hablaban tranquilamente del tiempo… (según Calcetines, este fin de semana va a nevar en Madrid).

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Poco después, Figo se ha puesto a verificar si aún andaba Menorca por debajo de la mesa. ¡Anda ya! Como que no sabemos todos que, en cuanto Menorca lo mira fijamente a los ojos, pone patas en polvorosa y sale zumbando pasando la mopa con la cola.

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Me parece a mí que Figo tiene pelusa. Da qué pensar, porque nadie como él para pasar la mopa.

He intentado explicárselo. “Mira, Figuiño, cuando yo escribí el cuento de ‘La gineta Yenetta y el gato callejero’, tú aún estabas para mí en el limbo, con aquellos angelitos… No podía ponerte a ti de protagonista porque ni sabía que existías…”.

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No ha torcido el morro, pero me ha parecido entenderle algo así como “tú sí que a partir de ahora ya no existes para mí”.

No quisiera parecer indiscreta, pero creo que ya sé lo que le está pasando a Calcetines…

Bueno, es que no quiere que todo el mundo se entere de que él anduvo enamoriscado de la gineta que sale en el cuento. Aunque no se llamara Yenetta… Pero esto mi Calcetines no lo confesaría ni aunque lo sobornase con jamón york. ¡Si lo sabré yo!

Cabía en el cuenco de la mano

Wednesday, November 23rd, 2005

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Cada vez que miro esta foto, me emociono. ¿Es éste mi Calcetines?

¿No me habrán dado el cambiazo?

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Pero no. Es el auténtico Calcetines. El famoso Calcetines que bufa siempre a quien no debe.

No recuerdo qué edad tenía exactamente en esa primera foto de su vida, pero con seguridad eran muy pocos días. Ya había engordado unos cuantos gramos desde aquella noche de otoño en la que alguien lo depositó a la puerta de nuestra casa. Hacía muchísimo frío. Es lo que suele decirse en estos casos, pero no es fábula. Digo más, ululaba el viento.

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No voy a decir ahora que lo acogí sin rechistar. Menos, que me entusiasmó la idea. Sabía que las gatas jamás abandonan a sus hijos, y a ello me agarré como a un clavo ardiendo. La madre de la criatura no debía de andar muy lejos.

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Allí estaba, a unas pocas zancadas, justo en la esquina de la casa de Julián. Dejé el animalucho sobre el felpudo. Cerré la puerta de la calle y esperé en silencio a que su madre viniera a llevarse a esa bola de patas blancas en la boca.

¡Que si quieres! Esa gata no era una madre, ¡era una madrastra!

Cuando abrí de nuevo la puerta, allí seguía su cría, tiritando de frío y maullando. De la madrastra, ni rastro.

Ya dije que nunca me gustaron los gatos. Eché una jícara de leche en un platito y le unté bien el morro sin excesivos miramientos. Ni una sola gota de leche entró en el estómago de ese obcecado minino que aún no se llamaba Calcetines.

Recordé en esos momentos la canción ‘Bella, ciao!’ y al perro que tuvimos en casa con ese mismo nombre. Bellaciao fue el perrito de caza recién nacido que nos regaló Juanjo y al que ni los biberones ni las bolsas de agua caliente ni el riguroso cambio de pañales le libraron de irse al otro barrio, también en una muy fría noche de otoño.

“¡Bellaciao se ha ido!”, les dije a mis hijos al día siguiente cuando vieron su camita vacía. Eran muy pequeños. Tanto, que se lo creyeron. Yo no dije esta boca es mía hasta muchos años después cuando Bellacio era una de esas ausencias que ya no duelen (¡a ver quién es el guapo que le dice a sus propios hijos que como criador de mascotas es un verdadero inútil!).

Lo demás ya lo saben. A la bolita de patas blancas le pusimos por nombre Calcetines. Biberones de muñeca al principio; igualitos que los de los bebés después. Pañales de trapo de los de usar y tirar, pero en la cesta. Muchos.

Meses más tarde, la veterinario de Calcetines, Rocío, nos dijo: “Es un milagro que salgan adelante los gatos recién nacidos criados sólo con biberón”.

Y tanto. Como que todavía hoy a mí me parece mentira.

A cada cual lo suyo. La gata que rondaba aquella noche fría de otoño la puerta de nuestra casa no era la madre de Calcetines. Ni siquiera su madrastra. Como diría Antonio, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, ¡porque era un gato!

Es que di notte tutti i gatti sonogrises.

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La querencia

Wednesday, November 23rd, 2005

Nunca me gustaron los gatos, pero desde siempre me gustaron las cestas. Nada tiene que ver una cosa con la Calcetines se crió en una de esas de mimbre que vendían antaño por la calle los gitanos.

En su cestita, siempre al lado del radiador, nunca le faltaron el “calorcillo” y unos cuantos trapos limpios sobre ese artilugio eléctrico que desprende calor durante unas cuantas horas.

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Cada cuatro, aunque por la noche aguantaba hasta seis, nos turnábamos Ignacio y yo para darle su biberón. Aún hoy, un gato hecho y derecho, se cuela en su cesta, se hace un ovillo y se queda sopa.

No sólo le privan las cestas. También siente especial predilección por bolsos, mochilas y maletas. Te vas de viaje, preparas la maleta, y el primer inquilino que se instala es él. Intenta echarlo de allí, y verás… Defiende su cubículo con uñas y dientes si te empeñas.

Yo ya se lo digo a las visitas: “A ver qué llevas en el bolso, no te me lleves el gato”.

¿Será la querencia? ¿Todos los gatos son okupas en potencia? ¿Todos se ponen como un basilisco cuando intentas desalojarle por las buenas?

Los que no quieren ver

Wednesday, November 23rd, 2005

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Regreso de darle a Menorca su paseo vespertino. Han remozado hace muy pocos días el corralito. Taparon los hoyos, renovaron la arena, ni una sola plasta quedo sobre la pista.

Ya está sucio.

Hay dueños de perros que siempre llevan una bolsa de plástico atada en la otra punta de la correa, como una flor. Hay otros que jamás la llevan.

Hay dueños que nunca abandonan a su suerte las cacas de sus perros. Hay otros que no las recogerían ni por prescripción facultativa. Tampoco en el corralito.

Tienen por costumbre estos amos, aunque no todos, quedarse en la barrera. Entra el animalico, ellos lo esperan en la verja. Hace sus necesidades. Ellos miran al tendido, y ahí se queda el regalito.

Debe de importarles bien poco, como ellos no pisan el redondel… A lo que se ve, no tienen previsto regresar cualquier otro día y que su querido perro se tope con su propia mierda.