La vida del árbol
invadió mi vida
comencé a sentirme árbol
y entendí su tristeza.
Empecé a llorar por mis hojas,
mis raíces,
mientras un ave
se dormía en mis ramas
esperando que el viento
dispersara sus alas.
Yo me sentía árbol
porque el árbol era mi vida.
Dicen que no es bueno empeñarse en escuchar horas y horas la misma canción. Pero hoy me dejo, que ya queda menos para la primavera. ¿Es que este año no va a dejar de llover y de hacer frío? ¿No van a florecer los almendros?
“Tengo 65 años. Nací y vivo en El Masnou. Soy historiador y fotógrafo. Estoy soltero y sin hijos. ¿Política? Catalanista y demócrata. Soy creyente y no comulgo con el clero. Hubo 220 expediciones negreras catalanas de 1821 a 1845. El Masnou tuvo ocho traficantes de esclavos”.
• Víctor-M. Amela
—¿De aquí salían barcos esclavistas?
—En El Masnou hubo en el siglo XIX cuatro astilleros, decenas de armadores y 800 capitanes de barco.
—¡Ochocientos!
—Altísima proporción para una población de 4.000 habitantes, que era de pescadores.
—¿De la pesca al comercio marítimo?
—Sí: aquí hubo mestres d´aixa, pilotos, marinos… ¡y 400 navíos!, que se fletaban y zarpaban desde Barcelona u otros puertos.
—¿Hacia dónde?
—Hacían la “carrera de América”.
—¿En qué consistía?
—Exportaban naranjas, aceite, vinos y alcoholes, aceite, frutos secos, ladrillos, telas… E importaban de América azúcar, algodón, maderas exóticas, especias… Y traficaron a veces con esclavos.
—¿Fueron negreros? ¿Hay pruebas?
—Ocho casos documentados de capitanes negreros en El Masnou: Joan Maristany, Francesc Maristany, Carles Maristany, Pere Estapé, Joan Curell… Los hubo también en otras localidades catalanas. Aquí son ocho capitanes entre 800: es sólo el 1%, ¿eh?
—¿Hay memoria popular de eso aquí?
—Ha sido un asunto tabú, se ha hablado poco…
Fue una actividad muy rentable, sobre todo desde 1821: ¡entonces un solo viaje negrero hacía ricos a los capitostes del barco!
—¿Por qué desde 1821?
—Los británicos abolieron la esclavitud ese año. No por compasivos, sino porque ya no era rentable en su industria… Y se convirtieron en policía de los mares.
—¿Detenían a los negreros?
—Sí. ¡Los archivos ingleses rebosan de documentos sobre barcos catalanes!: falta quien vaya a estudiarlos… De 1821 a 1845 hubo 220 expediciones negreras catalanas. Continuar leyendo �
Los ojos de mi abuelo Petronilo están en los ojos de mi hermano Miguel, y en los de mi sobrino Álvaro. Era un buen mozo, como Miguel también, y como seguramente lo será Álvaro. Nació en Peral de Arlanza, un pueblecito de Burgos; por eso, cuando se casó con mi abuela, que era del Valle del Cerrato, a mi abuela empezaron a llamarle la Peralera. Cosas de los pueblos, que por entonces estaba muy mal visto echarse un novio de fuera.
No sé cómo se hicieron novios, pero sí escuché muchas veces contar a mi abuela —la mejor contadora de cuentos de la comarca; doy fe— cómo mi abuelo le rondaba la calle, cómo escuchaba el ir y venir de sus pasos frente a su ventana, y cómo se hizo de rogar hasta que le dijo que sí, que contigo pan y cebolla…
Mucho carácter el de mi abuela. Alta, esbelta, garbosa; no se la llevaba el aire. Muy mandona también. Muy diferente a mi abuelo, que nunca se hizo de notar y que era mago. Yo era tan pequeña que lo que mejor recuerdo es lo de la radio. Y a mi hermano Álvaro, insistiéndole:
—Abuelo, cuéntanos lo de las Islas Chafarinas.
A veces accedía, y a veces nos decía que no, que ya nos lo había contado muchas veces. Esas otras muchas veces se me despintan. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy es verle buscar en la radio música árabe. Se podía pasar horas escuchando esa música que a nosotros nos sonaba a chino. ¿Qué le evocaba? Nunca nos lo dijo. Pero yo siempre pensé que había algo más que el hecho de haberle tocado hacer el servicio militar en las Islas Chafarinas. A inicios del siglo XX, la mili duraba tres años. Cuántas cosas pueden pasar en tres años…
El domingo, mientras conducía de vuelta a Madrid, escuché una canción que me devolvió aquella imagen de mi abuelo: sus ojos aún más grandes tras las gafas, su rostro ensimismado mientras escuchaba en la radio música mora —él decía mora. En Torresandino, su pueblo prestado, le llamaban el hombre del tiempo. Y acertaba en numerosas ocasiones. Sé que las cabañuelas tenían mucho que ver, y poco más.
También sabía quitar los clavos, una especie de verruga que a veces sale en las manos, con unas hierbas con las que elaboraba un ritual; en el campo, no muy lejos del Esgueva. Cuando las hierbas se secaban, se secaban los clavos. Siempre y cuando el interesado no supiera nada y siempre y cuando a las hierbas no se las comieran las ovejas o algún otro animal. Sobre el ritual, lo sé todo —se lo escuché a mi abuelo muchas veces y mi padre me lo contó otra vez el pasado domingo—, salvo las palabras que había que pronunciar y que mi abuelo jamás reveló a nadie.
A lo mejor era imprescindible para que la magia surtiera efecto. A lo mejor ése era uno de los secretos de las Islas Chafarinas.
Esta mañana lucía el sol. Luego se escondió. Y puede que este fin de semana llueva tímidamente, como dice a veces el chico del tiempo. Bueno, no es primavera, pero ya queda menos.
“Adiós, hermanos, camaradas y amigos
Despedidme del sol y de los trigos”, escribió Miguel Hernández en los muros de la cárcel poco antes de morir.
Con Miguel Hernández empecé a amar la poesía, y a Miguel Hernández regreso para seguir amándola.
El amor ascendía entre nosotros
como la luna entre las dos palmeras que nunca se abrazaron.
No puedo olvidar
que no tengo alas,
que no tengo mar,
vereda ni nada con que irte a besar.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra, que yo te escribiré.
Y una buena noticia que alegra el día: La familia de Miguel Hernández lleva al Supremo la nulidad de la condena: “El proceso sumarísimo contra Miguel Hernández ‘por rebelión contra el movimiento franquista’ se llevó a cabo el 18 de enero de 1940, cuando en apenas hora y media fue juzgado junto a otra veintena de presos y fue condenado a muerte por el Consejo de Guerra Permanente número 5, que posteriormente, el 25 de junio de 1940, le conmutó la pena por la inferior en grado de 30 años de prisión.
La Comisión y los herederos del poeta “queremos la anulación total de la sentencia y estamos dispuestos a llevarlo a todas las instancias que sean necesarias. Si hay que ir al Tribunal de La Haya, iremos”.
Retoñarán aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
aún tengo la vida.
“42 años. Nací en Alemania, me crié en Afganistán y vivo en EE.UU. Estoy casado y tengo tres hijos. Licenciado en Antropología. En política y justicia lo fundamental es la transparencia. La religión no me da respuestas a los horrores: debemos responsabilizarnos de nuestro destino”.
“Era un antropólogo en busca de las impresionantes ruinas mayas de Guatemala y se topó con la impresionante miseria humana, así cambió las piedras por los huesos. Lleva 18 años abriendo fosas comunes y desmontando las mentiras del poder. Eso ha hecho en Guatemala, Iraq, Honduras, Bosnia, Croacia, Ruanda, Argelia, Liberia y Afganistán, consciente de que detrás de cada esqueleto exhumado hay una o varias familias afectadas. ‘La justicia es mi única esperanza. La manera en que en los casos extremos de incomunicación podemos comunicarnos’. Ha participado en las jornadas Afganistan, un crit contra la impunitat (Associació per als Drets Humans a l’ Afganistan)”.
• Ima Sanchís
—En 1987 me fui a Guatemala a estudiar arqueología maya.
—De fondo, la guerra civil.
—Sí, cadáveres tirados por las calles…, el sufrimiento de los civiles era inmenso. Y ahí estábamos los arqueólogos, haciéndonos los ciegos, una frustración que fui acumulando.
—Hasta que decidió actuar: no hay otra manera de sacudírsela.
—Mi primera exhumación fue una fosa llena de mujeres y jóvenes con un orificio en el cráneo. El ejército había afirmado que se trataba de gente que murió durante el combate, un argumento que no volvió a utilizar. Había encontrado una manera de combatir las mentiras y la represión.
—Y abandonó la arqueología.
—Sí, soy uno de los fundadores del equipo de antropología forense de Guatemala. Luego me marché a Florida a estudiar un máster en criminología y justicia criminal y trabajé con la policía estatal en identificación en la escena del crimen durante diez años.
—¿Qué descubrió y qué aprendió?
—Que yo siempre llego tarde. Continuar leyendo �
La otra noche te oí respirar. Como si estuvieras al lado. Me desperté sobresaltada. Un mal sueño. Un buen sueño. Un presagio. Desde septiembre no habíamos regresado. ¿Era eso?
Por el camino vimos huellas de corzo sobre la tierra tierna. Algunas piedras han descendido en tu ladera. Entre sus junturas, la nieve y la lluvia trazaron pequeños surcos. Buscamos por entre los olivos; reforzamos tu guarida. El óvalo de piedra bajo el que reposan tus saltos, bailarina. Al frente, hay una lavanda. Al pie, una encina y un olivo. Pequeños, como tú. Medio salvajes, como tú. Estás bien acompañada, Menorquina.
Qué tonta. Hasta te dije pórtate bien, como cuando no te podía llevar conmigo y te dejaba sola.
Éste es el cuento que nunca he sabido escribir. Transcurre en el desván de un pueblo castellano, entre un baúl con libros viejos, un montoncito de cebada con racimos de uvas en su ladera y un oxidado candil que se dejaba caer por entre las vigas del tejado. Desde la tronera, no tan lejos, el nido de la cigüeña.
Los personajes me los sé de memoria: yo misma fui todos ellos. Ring Ring Ratón al Habla, Diga, Me, La Bruja Coruja del Guay Guay Guay, La Vaca Voladora y una niña que se ponía la imaginación por montera y que se llamaba Telesfora. También había un padre y una madre, pero sólo salían en el cuento para preguntar: “Pero ¡¿dónde se habrá metido esta niña?!”. Jamás adivinaron lo que se cocía en el desván.
La guarida de Ring Ring era un destartalado paragüero: la rinronera (a la g la echamos sin contemplaciones la segunda vez que salió). Diga era un ratón de ciudad y dormía dentro de un zapato. Me era un ratón de campo y dormía dentro de un zapatilla.
Quien más éxito obtuvo fue La Vaca Voladora. Hasta tenía una canción, que aún podría cantar, pero que no voy a desvelar porque ni la letra se salva. Cuando la Vaca Voladora regresaba de sus andanzas, siempre decía: “¡Vaca va!”. A ese grito, o te ponías a cubierto, o una vaca te caía encima. La Bruja también entraba por la tronera, pero sin avisar. Calculaba bien: jamás aplastó a nadie.
Escenifiqué, conté y canté tantos capítulos de ese cuento que ahora son un ovillo de recuerdos felices imposible de devanar. Lo hilvanaba a medida… A medida que me lo iba inventando. Estaba reservado para los viernes, porque al día siguiente no había cole: el beso de buenas noches y el cuento de Ring Ring. Alguna vez me dejé engañar: “Venga, mami, que sí que nos dormimos luego”. ¡Mentira!
Las risas y las carcajadas fueron tantas que nunca podré volver a atraparlas en un cuento. ¡Me rindo!
Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.