Siempre queda la esperanza
Ícaro y Minerva comían de mi mano. Sólo entraban en su jaula para dormir. Revolotearon a su antojo durante un curso escolar, de septiembre a junio, y, aunque ensuciaran la casa, que así era, siempre tuvo fácil remedio: de muebles y trastos varios teníamos los justos.
La explicación que le encontraba a que se empeñaran cada noche en ingresar libremente en prisión, después de todo el día revoloteando a su antojo, era que sabían que la puerta de su jaula permanecía siempre abierta. Pero no. Es más sencilla y cruel: nacieron en una jaula. Ellos, sus padres, sus abuelos…; generaciones enteras de periquitos criados en cautividad, condenados de por vida a vivir entre barrotes. Quizás los hijos de Ícaro y Minerva, serían diferentes, pensaba.
No hubo tiempo. Minerva sufrió un accidente. Descansa para siempre en el paseo de la Isla, a los pies del río Arlanzón, en un lugar que sólo Héctor conoce.
A los pocos días, Ícaro escapó por la ventana. ¿En busca de Minerva? Quién sabe. Preferimos pensar que tuvo suerte. Que el sol no derritió sus alas. Que encontró a otra Minerva y que sus hijos nacieron libres.
Si nadie compra pájaros, a nadie se le ocurrirá atraparlos. Si nadie los atrapa, siempre serán libres…
Es una utopía, lo sé. Siempre habrá alguien que asegure que en su casa vuelan a su antojo. No volveré a ser yo. La libertad no está en una jaula abierta. La libertad está allá arriba, en el cielo.



Me llamo Montse. Soy filóloga y periodista; escribo cuentos para niños. Mi última adicción es la ópera y fue por culpa de un viejo baúl abandonado en una buhardilla. Tengo tres hijos. Mi casa no es un zoo, pero se le parece. Tengo un perro y dos gatos: Menorca, Calcetines y Figo. No se lo cuenten a Calcetines, pero él es mi preferido.